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Momentos perfectos

Por Deniss Villalobos:

“Orden y desorden —dijo Ender—-, ambos tienen algo de belleza.”

Orson Scott Card, La voz de los muertos

En lo que va del año he visto un montón de películas animadas japonesas. Volví a mis favoritas de Studio Ghibli, vi algunos estrenos que al parecer todo mundo esperaba y descubrí algunas que ya se consideran clásicos dentro del género, y aunque a veces veo anime y Miyazaki es uno de mis directores favoritos, no me considero ultra fan ni sé mucho sobre el tema, pero en los últimos meses le he tomado un especial cariño ya no solo a esas películas que me atraparon desde niña, como La princesa Mononoke o Mi vecino Totoro, sino a la animación japonesa en general.

¿Qué es lo que tienen estas películas que cautivan a tantas personas, no solo a aquellas interesadas en Japón? Por supuesto que las historias y personajes tienen mucho que ver; aunque a veces parece que nada pasa, con frecuencia hay mensajes que te hacen sentir nostálgico o te dan esperanza, pero creo que lo más importante es la parte visual: en el anime todo es hermoso. Un plato de sopa, un gato tomando el sol, una bicicleta estacionada junto a un arbusto, un complejo de edificios gigantes, una sandía, un suéter invernal. Esos son algunos de los momentos que me han cautivado y en los que pausé la película que veía solo para contemplar por unos segundos más un momento que solo puedo describir como perfecto.

Y claro, a cualquiera le gusta ver cosas bonitas, pero para que una película estéticamente placentera se vuelva entrañable tiene que haber algo más. “El anime limpia el alma”, dijo mi novio el otro día, un poco en broma, después de que vimos La chica que saltaba a través del tiempo de Mamoru Hosoda. Y digo un poco en broma porque, aunque quizá suene exagerado, creo que es justo eso lo que estas películas pueden hacer. Un ejemplo: después de la muerte de alguien muy cercano, es normal perder el interés por muchas cosas; las personas que se enfrentan al duelo con frecuencia dejan de disfrutar cosas que antes les emocionaban, y eso fue lo que pasaba con mi novio y el cine hasta que lo convencí de ver El viaje de Chihiro.

A partir de entonces las películas animadas se volvieron algo así como una terapia. Escapamos a ese mundo de brujas torpes, viajes al pasado, niños lobo, padres-cerdos, criaturas del bosque y comida deliciosa para tener un rato de orden entre el caos de la realidad. No es que él olvide que alguien a quien ama murió, y no es que yo olvide que alguien a quien amo está sufriendo, pero de alguna forma esas dos horas en las que vemos un mundo perfecto —no porque no existan los problemas o el dolor, sino porque todo es bonito— nos ayudan a volver a la realidad sintiéndonos más tranquilos.

Ése es, creo, el superpoder del anime: la sensación de orden y su belleza. Puedes detener Recuerdos del ayer de Isao Takahata o Your name de Makoto Shinkai en cualquier momento y lo que verás quedaría perfecto enmarcado y colgado en la sala de tu casa, haciéndote sentir que todo estará bien. Quizá la historia es triste y conectas con un personaje porque está pasando por un mal momento, pero al final de la película te sentirás más preparado para enfrentarte al desorden del mundo, ése en el que faltan personas, en el que las cosas salen mal, en el que constantemente duele estar, gracias a la belleza de lo simple que te ofreció una caricatura japonesa por un rato, porque en lugar de hacer que el caos de la realidad se vuelva insoportable, te recuerda que los detalles más pequeños, como el humo que se eleva sobre una taza o el gesto en el rostro de un desconocido en el metro, son pequeñas islas en las que puedes descansar cuando sientes que te estás ahogando.

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