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Minuta de silencio

Por Alejandra Eme  Vázquez:

«porque estar vivo en México

es un acto subversivo,

porque estar vivo en México

es una conspiración de la vida

una insurgencia de vida,

un disentimiento cuando digo que mi país

empieza aquí, en este metro cuadrado»

 

Javier Raya, “Disentimientos de la nación”

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Después de un día frustrante, llega buscando refugio a su casa, el único lugar que le promete desde lo lejos arroparla y reconfortarla. Pero frente a la puerta del edificio, la peor sorpresa: una enorme, qué digo enorme, una descomunal cucaracha negra está justo sobre la cerradura donde ella debía introducir su llave. Y entonces se paraliza, y entonces ya no ve posible acceder a la promesa de bienestar. Por una cucaracha. Ni siquiera sabía que le daban tanto miedo. Y está sola, ella frente al monstruo, así que debe reunir fuerzas para alejar ese miedo que es irracional e ilimitado cuando no hay un otro que nos recuerde sus fronteras.

Hasta que desde algún sitio de la memoria le viene esa voz adulta de madre, tía, maestra, que en la lejana infancia repetía el sabio mantra: «La cucaracha te tiene más miedo a ti que tú a ella».

Y logra entrar.

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¿A qué amos sirve nuestro miedo?

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Asesinaron al fotoperiodista Rubén Espinosa en el departamento del Distrito Federal a donde había llegado, huyendo de la inseguridad a la que se exponía en Veracruz por ejercer su profesión. Rubén ya había denunciado persecución del gobierno de aquel estado y había hecho explícita la necesidad de salir de ahí por las constantes amenazas y hostigamiento. Su testimonio está registrado. En el mismo lugar asesinaron a cuatro mujeres de las que hemos ido sabiendo a cuentagotas nombres, ocupaciones, perfiles, y cada vez el horror nos alcanza con mayor potencia; pero también la indignación, la solidaridad, la certeza de que si nosotros permanecemos es para buscar alternativas que nos devuelvan la potestad de ese bien común que es la justicia.

Asesinaron a un periodista comprometido, que es asesinar nuestro vínculo de confianza con lo que sucede allá afuera. Asesinaron a una promotora cultural y activista, asesinaron a una estudiante de belleza, asesinaron a una trabajadora doméstica, asesinaron a una modelo originaria de Bogotá. Les torturaron, hicieron de sus últimos momentos de vida un infierno que no podemos ya resarcir pero duele, nos duele a todos quienes compartimos horizonte porque entre ciudadanos, nada sucede lejos. Mucho menos cuando se asesina por ser quien se es, por lucir como se luce o por ejercer el modo de vida que se ama. Cada asesinato abre la puerta a un profundo horror que se intensifica cuando las víctimas sufren una tortura más por parte de quienes deberían honrarlas: la de ser criminalizadas cuando ya no tienen voz.

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Buscamos en los actos colectivos maneras de reconectarnos con el mundo, pese al mundo mismo. Qué sentido tiene la sociedad si no que nuestra risa y nuestra muerte sean un poco de todos: si dejo de estar, se quedan los demás para que mi existencia tenga sentido más allá de mí. No es lo ideal, pero es lo único que tenemos para lidiar con el comprensible miedo que provoca la tan hostil realidad. Por eso quienes permanecemos no podemos más que depositar toda la energía posible en reclamar que la justicia póstuma para Rubén Espinosa, Nadia Vera, Yesenia Quiroz, Olivia Alejandra Negrete, Mile Virginia Martín y todas las víctimas de un poder criminal nos acerque un paso a ese equilibrio que por momentos parecería impensable. Y quizá eso es lo que buscan quienes perpetran estos crímenes: que el miedo y la rabia sin cauce terminen por apagarnos.

Porque espanta, y mucho, pensar en que además de la fragilidad propia de la vida, a la vuelta de cualquier esquina podemos encontrarnos con la mitológica maldad, encarnada en personas cuyo poder sobre nosotros es ejercido de la peor manera. El monstruo de un sistema podrido ha acallado ya tantas voces y cobrado tantas víctimas, que parece haber tomado posesión de nuestros espacios más preciados. Nuestras casas, nuestros amores, nuestra risa. ¿Hasta dónde podemos dejar que se adueñe?

*

Para que no nos coma el miedo, necesitamos del otro. Y de la otra. Y de los otros. Necesitamos la certeza de que somos muchos y no estamos solos. Cobardes son quienes traicionan, quienes asesinan, quienes han perdido la dimensión de lo humano.

Y no hay que olvidar que las cucarachas nos temen más que nosotros a ellas.

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