Por Óscar E. Gastélum

«Napoleón decía: “Si el crimen y los delitos crecen, es evidencia que la miseria va en aumento y que la sociedad está mal gobernada”. Aplica.»

Tuit de Andrés Manuel López Obrador

 

En el otoño de 2014 publiqué, en este mismo espacio, una columna titulada: “La responsabilidad del presidente” (usted puede leerla aquí). En ella argumenté que Enrique Peña Nieto era parcialmente responsible de la muerte de los 43 normalistas de Ayotzinapa, no sólo por el alto cargo que ocupaba, sino porque en lugar de acatar el mandato que los electores le dieron en las urnas convirtiendo el tema de la violencia y la inseguridad en su prioridad número uno, había dedicado los primeros años de su gobierno a crearse una falsa imagen de joven reformista para venderla en el extranjero, al tiempo que profundizaba la estrategia fallida de Felipe Calderón y presionaba a los medios de comunicación para que desaparecieran cualquier noticia relacionada con el crimen organizado de sus primeras planas y noticieros estelares. Como si un problema tan complejo y urgente fuera a desaparecer mágicamente insistiendo en una estrategia fracasada o barriéndolo bajo el tapete.

Hoy, cuatro años y medio después, no me cabe la menor duda de que Andrés Manuel López Obrador y su esperpéntico régimen son en gran medida responsables por el trimestre más violento de nuestra historia y por los eventos de este fin de semana, que incluyeron las masacres de Minatitlán y Comalcalco. En la primera, trece personas perdieron la vida, incluyendo un bebé de poco más de un año de edad llamado Santiago, mientras que en la segunda dos mujeres fueron ejecutadas a sangre fría frente a dos menores, un niño y una bebé de brazos, que resultaron heridos. Decir que las imágenes que emergieron de ambos eventos son dantescas es quedarse muy corto, pues son escenas que estrujan el corazón y producen una sed de justicia que, todos lo sabemos muy bien, seguramente jamás será saciada.

“¡Es que nadie puede resolver un problema tan grave en unos cuantos meses!” Responderán echando espuma por la boca los paleros del demagogo. Y no podría estar más de acuerdo con ellos. Pero hay dos pequeños problemas al tratar de aplicarle ese sensato argumento a este caso. En primer lugar, no debemos olvidar jamás que fue el propio López Obrador quien prometió, en innumerables ocasiones, que la violencia desaparecería como por arte de magia desde el instante en que ocupara la presidencia. Sí, la gente que se dejó engañar por semejante promesa merece ser arrollada por un autobús de decepción, pero el demagogo también tiene que pagar un precio político muy alto por comportarse como un charlatán perverso e impúdico, y por ser uno de los más desvergonzados profetas de la posverdad. Y es que si aspiramos a vivir en una auténtica democracia, no podemos normalizar los hechos alternativos ni la mitomanía. Y el demagogo es eso: un mitómano incapaz de abrir la boca sin vomitar un caudaloso torrente de patrañas delirantes.

En segundo lugar, ni López Obrador ni su abominable régimen han dado un solo paso que nos haga pensar que el problema de la violencia y la inseguridad están en vías de solucionarse, todo lo contrario. Y es que desde la campaña el demagogo tabasqueño abordó este delicadísimo tema, la prioridad número uno de millones de votantes, con una falta de seriedad exasperante. Para empezar, se valió de lemas insultantemente frívolos para ocultar la vacuidad de su oferta: “abrazos, no balazos”, “becarios sí, sicarios no”, etc. Y quizá crear formulitas pegajosas y huecas para vender refrescos o detergente sea un pecado venial, pero hacerlo para tomarle el pelo a una sociedad hastiada y herida es una vileza imperdonable, y tarde o temprano el electorado al que engañó terminará pasándole la factura.

Porque más allá de la banalidad de los eslóganes, las propuestas del demagogo en materia de seguridad nunca fueron más que una colección de ocurrencias obscenas: traer al Papa a pacificar México, publicar una cartilla para “moralizar” al país, sugerir una vaporosa “amnistía” para criminales, regalarle dinero a los huachicoleros, crear programas clientelares que combatan las “raíces” imaginarias del problema (pues en la limitadísima y primitiva mente del demagogo los criminales matan, torturan y descuartizan por “necesidad”), decretar el fin de una guerra que todos los días produce decenas de víctimas, hacer un llamado a las “madrecitas” para que metan en cintura a sus sanguinarios retoños, nominar a Alfonso Durazo, un improvisado que sólo es experto en oportunismo, como secretario de seguridad, y un interminable etcétera. Lo más irónico del asunto es que después de todo ese circo, el demagogo decidió darle una puñalada trapera a sus votantes, no sólo continuando con la misma estrategia fallida de Calderón y Peña Nieto, esa que tanto criticó desde la oposición, sino inyectándole esteroides al modificar la Constitución para perpetuar la militarización de la seguridad pública.

Pero los terribles eventos de este fin de semana no sólo sirvieron para recordarnos que el demagogo jamás ha tomado en serio el lacerante problema de la inseguridad, sino para poner a prueba su estatura de líder y exhibirlo como el tipo diminuto, rencoroso y mezquino que siempre ha sido. Y es que cuando las imágenes del cuerpecito ensangrentado y sin vida del pequeño Santiago comenzaron a circular en las redes sociales, un país consternado y en duelo volteó a ver a su presidente en busca de consuelo, lucidez y sabiduría en medio de la tragedia, pero lo que obtuvo fue un escupitajo de hiel en forma de tuit. Un exabrupto patético, e indigno de un jefe de Estado, que incluyó momias, pregoneros, conservadores y sepulcros blanqueados, pero ni una sola mención de los terribles hechos de Minatitlán y mucho menos de las víctimas. Y después, un ensordecedor silencio que se prolongó durante casi dos días y que sólo fue roto por otra retahíla de ataques en contra del neoliberalismo y los “conservadores”. Esa actitud inexplicablemente ruin, distante e inhumana, me recordó mucho a la que adoptó Peña Nieto tras la noche de Iguala.

En aquel texto sobre Ayotzinapa que publiqué hace más de cuatro años, me dejé llevar por la rabia y terminé exigiendo la renuncia de Peña Nieto. Pero creo que ese fue un error, y que lo que tenemos que hacer hoy no es pedir la renuncia del demagogo tabasqueño, sino exigirle, a él y a la fauna que lo rodea (paleros, maromeros, voceros, propagandistas, neosofistas, intelectuales orgánicos, politicastros, tontos útiles, compañeros de viaje, oligarcas, etc.), un cambio radical de rumbo en materia de seguridad. Urge que este régimen con ínfulas autocráticas deje de invertir toda su energía en la destrucción de nuestras incipientes instituciones democráticas y en concentrar todo el poder en manos de un solo hombre, y empiece a obedecer la estruendosa orden que recibió del electorado en las urnas. Porque si no lo hacen, no me cabe la menor duda de que tanto el demagogo como los integrantes de su bochornoso freak show acabarán en el basurero de la historia, y se habrán ganado a pulso el odio eterno del pueblo al que defraudaron.