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Mikio y Elsie

Por Deniss Villalobos:

Un director de cine japonés y una decoradora de interiores estuvieron en el mundo al mismo tiempo por algunos años, pero dudo que alguno de los dos haya sido consciente de la existencia del otro y, si alguien me pregunta, así estuvo bien. Quizá el mundo no habría cambiado mucho si se hubiesen encontrado en un café o cruzado por una calle en Nueva York. No todos los encuentros entre personas grandes terminan siendo un evento enorme, así como a veces dos cuerpos celestes pasan muy cerca el uno del otro sin que haya una colisión.

El verdadero nombre de Lady Mendl, la decoradora de interiores, era Elsie Anderson de Wolfe y, cuando era pequeña, su madre solía decirle que era fea. Pero Elsie no sabía lo que “ser feo” significaba. En su autobiografía cuenta que una vez, al volver de la escuela, encontró que sus padres habían redecorado su habitación favorita de la casa. El papel que utilizaron para tapizarla le pareció tan aberrante que sintió como si un cuchillo la atravesara y, entonces, se tiró al suelo a llorar y a gritar “it’s so ugly! It’s so ugly!”.

En el mismo libro, Elsie declara: I was not ugly. I might never be anything for men to lose their heads about, but I need never again be ugly. This knowledge was like a song within me. Suddenly it all came together. If you were healthy, fit, and well-dressed, you could be beautiful.

Además de decorar espacios, Elsie fue conocida por vestir siempre de manera elegante y sobresalía por ello en cualquier lugar. Esto, para Elsie, jamás fue algo superficial. Llevar el vestido más bonito o elegir una hermosa silla victoriana para una habitación iba mucho más allá de algo visual. Vestía y decoraba el exterior para mostrar la belleza del interior, para darle vida a lo muerto y color a lo gris. Así que Lady Mendl me enseñó algo; esa fealdad de la que habla, de la que se desprendió cuando era niña, existe en muchas formas. Hay que llorar porque el papel tapiz de un lugar o de un alma es feo, y luego levantarse para seguir otro de sus consejos: I am going to make everything around me beautiful, that will be my life.

Mikio Naruse, el director, nació y murió en Japón. Filmó noventa películas de las cuales veinte están perdidas y de todas ellas solo quiero mencionar una: Cuando una mujer sube la escalera. Keiko, la protagonista del filme, tiene que subir todas las noches unas escaleras. Literal y metafóricamente. Su vida está llena de desgracias, pero Naruse no quiere que sintamos lástima por Keiko. La chica sube cada escalón con fuerza, sin la ayuda de nadie. Es tímida, ni siquiera se atreve a vestirse como las otras mujeres de su época, no se adapta a su círculo social y, como confesó el escritor Paco Umbral a Lola Flores en una entrevista, pareciera que no pertenecía al siglo en el que vivía. Keiko se enfrenta a un problema en cada escalón, en cada momento, y cada uno de ellos es tan desolador como el anterior. Y, al ver la película, pensé en Elsie de Wolfe. Me gustaría poder decirle a Keiko que su mundo era feo pero ella hermosa. Que las escaleras que la torturaban se volvían bellas cuando ella se esforzaba por subirlas.

Entonces Mikio, a través de Keiko, me enseñó otra lección: la vida es, casi con certeza, un sueño en el que lloramos y, al despertar, descubrimos que tenemos lágrimas en las mejillas. Pero hay que ser fuertes como un árbol, fuertes como Keiko y como Elsie. Y así es como dos personas que nunca se conocieron forman parte de una sola historia. Fuera de mí nada los unía pero dentro Elsie y Mikio toman café mientras yo recuerdo que en la vida hay que intentar que todo sea bello y que, aunque a veces parezca imposible, hay que subir las escaleras.

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