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Migrarás

Por Alejandra Eme Vázquez:

Escribí mi tesis de licenciatura sobre el Quijote como estética de la recepción, hace doce años. Lo más difícil de esa primera investigación en forma fue aprender a citar como toda una académica: nota al pie para cada mención a fuente, los datos en el lugar correcto, el opcit-íbidem-cfr y demás abreviaturas de uso frágil que remataban el amor por el latín más que homenajearlo, en fin, una serie de marcas impuestas que me pusieron de cabeza unos cuantos meses hasta que logré dominarlas e incluso me enorgullecí del resultado. Todo bien. Pero ocho años después entré a la maestría y en el primer trabajo escrito, la profesora nos lo pidió en “formato MLA” como si todos estuviéramos más que familiarizados con el asunto y yo tuve que guglear para saber que mi dominadísima forma de citar ya se consideraba obsoleta, que se había sustituido por aparatos críticos más sintéticos, más modernos y más increíblemente difíciles para mí, ama y señora de los pies de página y de los opcit. Voy por ahí de la séptima revisión de la tesis y todavía no me acostumbro a la idea, cito en MLA y me siento falsa, intrusa, pero al final he debido aceptar que mi viaje de ocho años fuera la academia bastó para que al regresar a ella, como a mi Ítaca personal, encontrara todo cambiado y entonces ahora desconfío de APA y de MLA porque claro, si alguna vez me atrevo a volver para el doctorado seguro ya habrán encontrado una forma nueva de citar que haga parecer vejestorios a los paréntesis y años y números de página.

Me pasa igual con muchas cosas, por no decir con casi todo, y no creo ser la única: parece que dar algo por hecho o por seguro o por aprendido es garantía de que desaparecerá, más temprano que tarde, para dar lugar a otro escenario, a veces previsto y tantas otras, incomprensible o inesperado o extraño o providencial. Ni bien se acostumbra uno a un estatus cuando pasa algo que lo borra de pronto o bien, el día menos pensado lo vemos desde otra perspectiva y resulta que no es tan estable como jurábamos. No sólo es que mudemos de años, de lugares, de responsabilidades y de entornos, sino que no para nunca si lo analizamos o hacemos como que lo analizamos. Por mucho que marquemos metas en el calendario, la verdad es que cuando alcanzamos alguna, está ya impregnada de miles de matices que la convierten en un paso más para no sabemos qué pero más vale que para algo, un poco quizá porque necesitamos esa ilusión para mantener la otra de “estar vivos de veras” y otro poco porque estamos educados en la idea empresarial del continuo mejoramiento. Eso supongo. Parecería que la única certeza es la sensación de que nada está acabado nunca jamás, y quizá por eso algunos se obsesionan por pregonar entrañables aprendizajes todos los días, de las cosas más pequeñas porque hasta la caca del perro puede ser iluminadora si está uno en modo, como si encontrarle a algo su piso filosófico garantizara ¿qué?, como si no fuera también una estructura inventada cuya invención olvidamos a capricho, como si pudiéramos decidir cuál es el corte final de nuestra película y al dar nuestra gran lección de vida congeláramos ese aparente estado de iluminación o completitud mientras aparecen los créditos finales. Pero no es ni puede ser así. Los aprendizajes que pregonamos, y hasta los que no, se están yendo desde que llegan, como visitas de doctor, y hasta decir que el cambio es lo único que permanece es un discurso traicionero, porque tampoco es que le estemos dando permiso de existir a Don Caos como si le interesara de alguna manera que lo consideremos necesario para tener sentido nosotros mismos. Simplemente es o no, con o sin conciencia, y lo cierto es que a veces (la mayoría de las veces) los esfuerzos por asignarle una lógica son poco más que infructuosos si jugamos a tomarlos muy en serio.

No sé si así sea el diseño original o es mera interpretación, pero parecería que lo que terminamos llamando vida es el esfuerzo por validar todas las circunstancias que no elegimos mediante las que sí: satisface creer que las decisiones conscientes dan sentido a la familia en que nacimos, a nuestro nombre, a nuestro género, a nuestro aspecto físico, a todo aquello que ya estaba en el paquete cuando asumimos cierta identidad o a lo que nos sucede sin decidir. Y es un ejercicio entretenido (productivo, incluso) excepto cuando cambia, cuando el momento nos obliga a aceptar que algo era y ya no es, que la historia que nos narramos tiene que ser editada, que a veces nos toca ser personajes meramente incidentales (y qué golpe para el orgullo), que dejamos de ser importantes en cosas que nos importan y también somos importantes en otras que ni en el mundo hacemos. Que la vida en formato APA no es para siempre. Y todo va a pasar, todo, pero tampoco podemos estar todo el tiempo alertas ni adelantarnos a nada: las fórmulas de vivir están destinadas a dejar de serlo en cuanto se nombran, aunque eso no quiera decir que nunca más caigamos en la tentación de nombrarlas sino sólo que es inevitable darnos cuenta de ciertas reglas no escritas y jugarlas, a ver qué va pasando y cómo nos vamos sorprendiendo nosotros mismos por tantas veces que decimos que vamos a hacer tal cosa pero al final hacemos tal otra, como si fuéramos varias personas al mismo tiempo. Detenerse a pensar concienzudamente siempre es notar el caos de lo simultáneo y lo contradictorio, y luego volverse a aventar el clavado porque somos parte integral de ese caos. Quizá hasta nos necesite, no lo sé. Escribo esto justo el día que dejo de tener 35 años para tener 36, así que estoy justamente en ese modo: está pasando. Estoy pasando. Se antoja que uno puede decidir si algo significa todo o no significa nada y quizá así sea, por lo menos a veces. Y también hay que decidir cuándo parar de asignar significados a cada detalle. Después de todo, cada vez que nos enredamos preocupándonos por la vida y sus encantos, se puede escuchar una vocecita interior que nos repite, calmada y sabedora: “Migrarás”.

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