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Mientras no hago nada

Por Deniss Villalobos:

…doing nothing is hard to do.”
Rebecca Solnit, Wanderlust: A History of Walking

Tengo esta imagen en mi cabeza que ha estado dando vueltas durante todo el día: estoy en un pequeño sofá que parece muy cómodo para leer, uno de esos que veo en fotografías o tiendas departamentales y que, a pesar de ser bonitos, suelen ser tan caros que ni siquiera me atrevo a ver el precio. Pero estoy ahí, con algunos años más. Muchos. Parece que envejecí bien; no veo medicinas en la mesita junto al sofá, no estoy conectada un tanque de oxígeno y no hay una enfermera en la habitación. Estoy ahí, en mi sofá color azul, donde podría leer cómodamente, pero decido ignorar los libros y cualquier otra cosa. Estoy sentada  y solo estoy sentada, siendo la Oblómov de ese pequeño mundo.

Lo fascinante de esa imagen es que mientras no hago nada no siento ninguna clase de culpa. En esa imagen no hacer nada es exactamente lo que debería estar haciendo, aunque no tenga mucho sentido. Porque, ahora mismo, no hacer nada es algo que no debería hacer. Pasar mucho tiempo sin salir, sin hablar, sin leer y sin casi todo excepto respirar es, para casi todo el mundo, desperdiciar el tiempo. Supongo que hay algo de razón en eso, pero también creo que todos merecemos largos ratos en los que se nos permita ser un mueble o un pájaro disecado. Estar quietos sin que alguien nos eche una mirada que grite “¡deberías estar haciendo algo!”.

Decía Chesterton que nunca entendería a esas personas que, luego de trabajar tanto y esforzarse por tener vacaciones, las arruinaban jugando a los naipes o pateando una pelota. Por mi parte, nunca tendré bastante de no hacer nada. Seguramente Bartleby habría estado de acuerdo con el buen Gilbert.

En mi caso, aunque muchas veces estoy a favor de pasar el mayor tiempo posible en mi cama con los ojos cerrados, también disfruto mucho de jugar a los naipes y patear pelotas. O algo así. Cambiémoslo por jugar Mario Kart y que otras personas pateen una pelota mientras yo me cubro el rostro, solo por si acaso. Hacer cosas no siempre es tan malo. Algunas clases en la universidad, un par de años en el mejor trabajo del mundo, salidas con grandes amigos, un par de visitas a museos y cientos de películas en el cine están en mi lista de cosas que no he odiado hacer. Pero al final del día siempre querré llegar a mi habitación a no hacer absolutamente nada además de ocupar ese espacio que, si bien alguien más podría sacarle mejor provecho, es mío y tengo derecho a usar o no usar como mejor me plazca.

Me gusta pensar que mientras veo el techo o un punto fijo en la pared alguien en alguna parte del mundo está componiendo una canción grandiosa o escribiendo una novela que odiaré cuando decida que es tiempo de hacer algo. Qué alivio siento al saber que sin importar que yo pase horas solo respirando, en el mundo cosas extraordinarias pasan todo el tiempo. Y cosas aburridas. Y cosas injustas. Lo importante es no sentir ninguna carga sobre la espalda.

Por supuesto que después de un rato la magia termina: me pongo ansiosa y recuerdo que debería estar comiéndome el mundo a mordidas; recuerdo que algunas personas, pocas pero insistentes, esperan de mí algunas cosas. Ganar un Nobel o por lo menos un concurso estatal de calaveritas. Descubrir la cura del cáncer o recoger a mi sobrina de la guardería. Ir a la luna o terminar un ensayo para la clase de mañana. Quizá esperan que sea, de vez en cuando, una de esas personas que hacen que en el mundo pase algo.

Así que la imagen sigue ahí, como una promesa. Algún día estaré en el sofá azul y no sentiré que debería estar haciendo algo más. Respiraré y volveré a respirar sin pensar en nada más. El mundo será perfecto. Y entonces alguien me invitará a jugar naipes o pateará una pelota que se estrelle contra mi ventana.

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