Looking for Something?
Menu

Mi abuelita leyó Los juegos del hambre

Por Alejandra Eme Vázquez:

Entre mis recuerdos más preciados se encuentra ver a mis dos abuelos maternos leyendo muy entretenidos en la sala de su casa de la colonia Doctores. Antonio gustaba mucho de los libros sobre historia de México y comentaba emocionado sus hallazgos, mientras María de los Ángeles (María, Ángela, Angelita) leía más narrativa, pero casi siempre terminaban leyendo lo mismo porque lo intercambiaban. Por eso educaron hijos lectores y mi generación se vio ampliamente beneficiada con ello. De eso platiqué con María, Ángela, Angelita, a quien entrevisté justamente el día del segundo aniversario luctuoso de mi abuelo, fallecido el 23 de julio de 2013, mientras preparábamos todo para la merienda in memoriam que organizó la familia.

«A tu abuelo y a mí nos gustaba mucho leer. Él me decía, “Mira, María, este libro”, o yo le decía. Nos compartíamos las lecturas. Tenía yo un sillón que se hacía cama y a veces me iba yo a la recámara chiquita de allá, y ahí me estaba leyendo las horas. Me gustaban las novelas, pero también me gustan los libros históricos: leí de la toma de Zacatecas, de Felipe Ángeles, me gustaba mucho leer historias de la Revolución». Cuando murió quien fue su compañero por más de sesenta años, tuvo que adaptarse a esta nueva vida y estoy convencida de que su gusto por la lectura le ayudó a sobrellevar la ausencia. Y de alguna manera lo confirmé al preguntarle por qué le gusta leer: «En primer lugar por no sentirme sola, pero aunque no esté tan sola lo hago desde hace años: un libro es una buena compañía».

Mi abuela nació en diciembre de 1930 cerca de Santiago Tulantepec, Hidalgo, en una fecha que se convino cuando ella estaba ya crecida porque entonces no había registros. Tampoco había gran entusiasmo por mandar a los niños a la escuela, así que tuvo que pasar mucho tiempo antes de que ella buscara los medios para cumplir su ilusión de leer, como ella la llama: «Yo aprendí a leer porque yo tenía muchas ganas de saber para poder mandar algunos recados a las personas y fui con una tía, Petra, que enseñaba a leer. Fuimos todas, mis hermanas y yo, desde la más chiquita hasta la más grande. Yo no sé si alguien más aprendió ahí pero yo sí aprendí con ella a leer, porque sí era mi ilusión».

«El primer libro para aprender fue el Poco a poco y después, ya como mi tía no pudo darnos más clases, con mucho esfuerzo nos fuimos al asilo en Tulancingo, que era una escuela de monjas, y ahí cursé el segundo y el tercer año. Ahí sí leía yo algunos libros que nos dejaban, porque como era católica la escuela, teníamos que aprendernos algunos libros para después leerlos en presencia del obispo de Tulancingo. Ante el obispo leí un párrafo de uno de esos libros que no me acuerdo el título; pero no me puse nerviosa, yo era joven y no sabía lo que era lo nervioso. Luego ya no fuimos a la escuela por cuestiones económicas, por cuestiones de trabajo y por cuestiones también de que a mi papá no le gustaba que fuéramos. Yo tenía 16 años».

Dos años después, en 1949, una María de casi 19 años se casó con Antonio, quien compartía su gusto por leer aunque ella es tajante al respecto: «A tu abuelo le gustaba leer desde que se casó conmigo, pero yo ya tenía ese gusto también desde antes, independientemente de él». Ellos tuvieron seis hijos que se acostumbraron a tener letras alrededor y encontraron padres que justamente por sus carencias anteriores, se preocuparon por que fueran a la escuela. Ángela se encargaba de organizarlo todo y también les ayudaba con sus tareas; especialmente le gustaba aprenderse los poemas que les dejaban para recitar. Por eso es que mis tíos, y muy especialmente mi madre, crecieron también como lectores ávidos.

Angelita trabajó durante 15 años en una revista, Fem, gracias a la que conoció a gente del ambiente cultural y político. Es una delicia escuchar la anécdota de cuando conoció a Carlos Salinas de Gortari, quien además de ubicarla por trabajar en la revista, la saludó con efusividad por ser cuñada de Alejo Vázquez Lira, uno de mis tíos abuelos paternos, quien era caricaturista del Unomásuno. Sólo que a ella el ex presidente no le dio confianza porque antes de que la saludara tan amablemente, lo había escuchado hablar en su oficina con puras majaderías. Y, como espero que se note en esta columna, si algo cuida mi abuela es su lenguaje.

«Antes también iba a las librerías y me llamaba la atención por el título, y ya ves que antes en las librerías te dejaban leer los libros, y como yo era clienta de Gandhi de Miguel Ángel de Quevedo pues me dejaban leer los libros y los iba viendo. Luego hasta me los regalaban, porque me conocían de que iba yo a entregar revistas. Ya ahí ya elegía a mis escritores: de Luis Spota me gustaban sus novelas, o Elena Poniatowska, y luego leí un libro que no me acuerdo cómo se llama pero que me impactó mucho, de uno que se fugó de la cárcel, Kaplan…». Según Google, el libro se llama Kaplan, fuga en 10 segundos y de verdad parece fascinante.

«Luego leí El caudillo, leí varios libros, muchos. Buscaba yo o me recomendaban. Por ejemplo, de Isabel Allende leí varios, empezando desde Paula y debí haber leído como siete. De García Márquez sólo he leído El amor en los tiempos del cólera y Cien años de soledad. O La suerte de la consorte, y muchos, muchos más. Y los que me han traído ustedes: unos que me compró tu tía Norma, Todo por un dólar y Rebozo de aromas, que me gustaron mucho; luego ese ladrillote que me trajiste tú, Noticias del imperio, y luego pues he leído de Vargas Llosa, primero uno de cuentos muy bonitos, luego La tía Julia y La fiesta del chivo. Y después Los juegos del hambre, que me pareció muy interesante. La verdad, cuando les agarro la onda todos me parecen interesantes y me sigo y me sigo hasta terminarlos. Ya este año hasta me pasé de los que dicen que debe uno leer».

Cuando supe que María estaba leyendo Los juegos del hambre, a sugerencia de mi hermana, mis esquemas se pusieron en crisis. Es un libro con tema futurista, best seller clasificado como juvenil que se refiere a un mundo post-yanqui y a una dinámica que muy seguramente no relacionaríamos con una mujer de casi 85 años. El truco fue que ni esta mujer de casi 85 años ni el libro supieron que no estaban destinados a coincidir porque sus etiquetas no correspondían, así que establecieron en libertad una relación más allá de la expectativa que se podría tener sobre su encuentro. Y funcionó: «En Los juegos del hambre logré usar mucho mi imaginación, que vuela hasta donde te lleva todo lo que te va diciendo el libro, de la muchacha que luego me da coraje porque no se quedó siempre con el muchacho. A lo mejor en los siguientes, ya lo veremos».

A mi abuela le encanta que le presenten libros y no tiene una línea determinada para ellos. El libro por leer es el que llega a sus manos, porque ha descubierto un método que garantiza el disfrute: establece con su lectura una relación afectiva que comienza desde la recomendación de quien se lo regala o presta, y busca momentos y sitios que le sean cómodos para abrir el puente con lo que lee. Sabe bien que los inicios suelen ser difíciles pero ya ha identificado que después de las primeras veinte páginas, más o menos, se va encariñando con los personajes y entendiendo el universo. Platica lo que va descubriendo y siempre está dispuesta a probar cosas distintas; además, tiene la política personal de nunca dejar un libro sin terminar. Y si ella escribiera uno, dice, lo escribiría sobre su familia: «Pero no empezaría desde que yo era niña, porque sería muy triste para mí; empezaría desde cuando me casé, porque te voy a decir que era una vida muy estrecha en cuanto a lo económico, pero yo era feliz».

Como todo lector que asume su libertad, Angelita ha establecido su propio trayecto de lectura desde el momento en que deseó descifrar ese universo de letras y lo consiguió. Por eso es que más allá de las etiquetas, cualquier libro puede funcionarle: ella lo hace funcionar. Y creo que eso se aplica a todo lo que hace. Cuando le pregunté qué libro recomendaría de los que ha leído recientemente, no logró decidirse entre Noticias del imperio, La tía Julia y el escribidor y Los juegos del hambre; cada uno de tema y tono diferente, dice, pero todos capaces de absorber su atención, absolutamente disfrutables por razones que explica de tal manera, que dan ganas de ponerse a leerlos o releerlos ahí mismo.

Ahora está leyendo Mujercitas.

Puede interesarte

Poseer o destruir
Mala Vibra
México
Del otro lado del telón

Feedback

1

Deja un comentario

Efemérides

uncached

Twitter