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México

Por Alberto Sánchez:

Este fin de semana se festejó otro nuevo aniversario de esta locomotora del progreso. El pozole, los pambazos, los cohetones, el tequila y la violencia intrafamiliar fueron grandes protagonistas.

La verbena popular clásica en el zócalo esta vez fue más priísta que nunca. El zócalo fue cerrado a la población y los niños fueron cateados por granaderos. Sólo tuvieron preferencia las decenas de camiones con gente que sólo le gusta gritar el nombre de nuestro guapo presidente.

Gente que llegó desde lugares más lejanos hizo notar su inconformidad, sobre todo cuando una de las princesas de la patria e hija de nuestra hermosa primera dama trató de abrirse paso entre todo el pópulo con su camioneta blindada, misma que fue bloqueada por la gente que reclamaba por qué la hija política de nuestro presidente sí puede llegar tarde para salir en las fotos y ellos no pueden entrar a la plaza pública más famosa del país.

Gente que sí llegó temprano pero que tuvo que esperar que toda su familia, incluso los más pequeños, fueran revisados por temor a que tuvieran artefactos que constituyeran una posible amenaza. Así el miedo, así la incoherencia.

Y es que no sólo es el miedo a que atenten contra el propio presidente, sino que atenten contra la propia gente que va a festejar, tal como sucedió en Michoacan donde granadas fueron detonadas contra los asistentes.

Gente que ahora en lugar de ver el 15 de septiembre como una fecha para festejar la ve como luto por los familiares arrebatados. Gente que vive tiempos difíciles en su negocio por la reforma fiscal. Gente que tiene que vivir el estancamiento de su estado porque al tesorero de su gobierno se le ha hecho buena idea traficar millones de dólares del presupuesto.

Para muchos no hay nada qué festejar, la situación de seguridad no ha mejorado en mucho tiempo, el crecimiento económico sigue siendo mediocre, la mitad de la población sigue ganando apenas una miseria y la misma mitad no puede costearse una computadora y tener acceso a Internet.

No confiamos en las instituciones que nos respaldan, en la policía que nos cuida, ni en los legisladores que nos representan. No confiamos ni siquiera en nosotros mismos, nos han fragmentado y alienado en colores que ni siquiera sentimos nuestros. Sentimos pertenencia por una bandera, un escudo y un himno, pero todos estamos en esto y pensamos en quedarnos, no en huir, aunque sea lo más fácil.

Pero al final, amigos, este país, aunque parezca broma, ya tiene más de 200 años y eso debe significar algo. A pesar de todo, mi voto de fe es con las generaciones de Internet que tienen toda la información a su alcance y miles de percepciones distintas de todo el mundo.

Quizá no me toque a mí, ni a la generación después de mí, pero confío que las generaciones siguientes no se dejarán llevar por la publicidad panfletaria de los que, con los métodos de siempre, poseen el país.

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