Looking for Something?
Menu

Mentiras habitables

Por Nerea Barón:

¿Cuándo una mujer se vuelve mujer? ¿Cuándo si no acaricia la cabeza de un niño a la orilla de un río, si no se trenza el pelo, si no espera a su amado en una estación de tren mientras el viento la despeina? Un mujer es una mujer aunque su risa no borbotee, una mujer es una mujer que es como decir que una mujer no es nada. Podemos traer a la imaginación la sangre manchándole los muslos y sus lágrimas que son oxígeno purificando al mundo. Pero aún sin sangre y sin lágrimas hay una mujer, en alguna parte, escapándose de todo lo mujer. No hay forma de nombrarla y sin embargo ahí está, inimaginable, inclementemente mujer.

¿Quién traicionó entonces primero a quién, el mundo o la palabra? ¿De dónde surgió la primera mentira, de una boca titubeante o de una cosa —una flor, quizá— que amaneció un día sin ganas de parecerse a sí misma? Nombrar es mentir, es obviar al tiempo, como quien se guarda en el bolsillo un papel que dice, tal vez, “es de noche” o quizá “descubro que te quiero” y siente que con ello captura la luz de la luna o la redención de aquella mirada aunque al rato, el sol se asome a lo lejos y a él, a ella, no se le encuentre por ninguna parte.

Hacemos nido entre las grietas. Hacemos nido en las palabras. El mundo no es el mundo, pero habemos de olvidar esa discordancia para habitarlo. Me siento en un café de la ciudad (repito en voz baja: café, de la ciudad, se multiplican las imágenes y ese café se vuelve cientos de cafés, coyuntura de atributos, de significados) y sé que mi hoy es distinto al de la señora que se sienta a mi lado en el café, de la ciudad, que mi tiempo no alcanza a converger con el suyo, pero aquí estamos, aunque decir aquí estamos sea una licencia poética.

Mentiras habitables. Levrero decía que había que nombrar a los objetos para que no se movieran de lugar (café de la ciudad…). Nombro el cigarro que me fumo para diferenciarlo del resto de las cosas, ¿pero no lo nombra mejor el humo?

El instante: un tiempo en el que el que el tiempo se ha anulado, se ha anulado su transcurrir; un tiempo que se escapa en gracia de su cualidad extraordinaria de tiempo porque pasa sin medición y sin mesura –recién acaba de pasar– y da la sensación de habérsenos fugado, de nunca haber sido nuestro.

¿Cómo aglutinar tan vasta antología de evanescencias? Aglutinar toma tanto, tanto tiempo y al final uno acaba con la boca seca y el sentido igual de roto. No sólo las palabras se desgastan, también se desgastan los orgullos, la necesidad de defender la relevancia, de conmemorar la pérdida.

No se trata de sustituir formas con formas. De dejar al lenguaje limpísimo de frases hechas e innovar, girandianos, cortazianos, hasta sentirnos vírgenes de nuevo. Requiere más osadía soportarse a uno mismo como un recipiente vacío del devenir y ser un simple testigo. Los antiguos le llamaban a eso inspiración, a la conciencia de que uno es sólo una oquedad por la que confluyen los dioses, la luz, el sol, las moléculas de agua y de carbono que más tarde se pronunciarán con un palabra, con un suspiro, con una nueva nada que en tanto nueva parecerá llena hasta que caiga de nuevo. Uno es una oquedad sonora y hay que abrir la boca para que los sonidos no hagan necrosis en la garganta. ¿Qué tengo qué decir? ¿Quién tiene que decir qué?

Mentiras habitables: concibámonos nosotros, continuos, discursivos y encarnados; ya el tiempo encontrará sus formas de desanclarse.

Puede interesarte

Underfox
Kintsugi
¿Y todo para qué?
Onironautas

Deja un comentario

Efemérides

uncached

Twitter