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Medio sobre índice

Por Alejandra Eme Vázquez:

También jugabas tú a pedir un deseo cruzando los dedos cada vez que veías un vocho rosa y descruzarlos cuando veías un perro, para que se cumpliera. También a veces tuviste dudas sobre si ese color era más bien rojo y si eso que había pasado era más bien un gato grande. También sentiste la incomodidad de tu medio sobre tu índice, que por sí mismos nunca te molestan, pero cruzados eran de pronto imposibles de ignorar. También te pasó que te distrajiste y de pronto tus dedos estaban uno junto al otro, tan campantes, ajenos al deseo irremediablemente frustrado. Y también hubo veces que pasaste toda la mañana con dedos cruzados hasta que dominaste la técnica de comer con ellos, reír con ellos, abrazar con ellos y cuando viste al perro ya se te había olvidado el conjuro.

Cruzas los dedos para que ése que se avecina sea el camión que te llevará a tu casa, a pesar de que ese camión lleva al menos media hora de trayecto desde su base y si hubo un momento para desearlo quizá fue cuando el conductor lo puso en marcha

o cuando imprimieron el letrero de su destino

o cuando fundieron el metal de la hojalatería

o cuando te mudaste al sur de la ciudad

o cuando se gestó la palabra ruta. Bien lo sabes, nunca deseamos si nos sentimos satisfechos: el origen del deseo es la impaciencia, la necesidad súbitamente revelada, el recuerdo de la carencia o la aspiración. Cruzas los dedos y ajustas cuentas con este momento del mundo sin pasar por el trámite de considerar las causas y los efectos; cruzas los dedos y pones a trabajar el reverso de la lógica, como si tu invocación fuera capaz de alterar una realidad ya puesta en marcha.

Y a veces pareciera que sí, por eso no dejas de hacerlo.

Cruzas los dedos para que se enamoren de ti. Para terminar pronto la eterna corrección de tu tesis. Para que tu país deje de estar gobernado por imbéciles, todo al mismo tiempo y de pronto te faltan dedos. Piensas en tu hermana, que puede cruzar hasta los del pie; seguro que a ella se le cumplen más deseos. Cruzas los dedos para que haya otra forma de desear, una que no limite pero que tampoco nos haga sentir impotentes. Recuerdas la infancia en la que estabas preparada para que un ser mágico te ofreciera tres deseos y tú pedirías dos solamente: el tercero sería tener tres más y así hasta la eternidad.

Entonces te gustaría ser capaz de pedir por otros, también, y por todos los órdenes universales que no te incluyen.

Para que ese señor llegue bien a su casa,

para que la ropa de todos los tendederos huela a primavera,

para que en este momento se esté formando el agua que saciará la sed de los futuros hijos,

para que las letras de cada palabra existente se mantengan unidas,

cruzas

los

dedos.

Tu alumna L. escribió en clase un cuento sobre María Antonieta, una niña que al darse cuenta de que está en su día de suerte, pide un deseo con todas sus fuerzas y se emociona cuando pocas horas después lo ve cumplido: pidió cenar tacos. De entre sus infinitas alternativas, decidió desear lo posible, ¿por qué? ¿El deseo que renuncia a ser escape para ser eslabón es conformista,

es absurdo,

es generoso,

es inútil,

es subversivo?

Cruzas los dedos para que pase lo que tenga que pasar y entonces, María Antonieta, todo te satisface. “Miren cómo me obedece el mundo”, anuncias, y te meces en los días de estar completa. Te pones la pijama a las cuatro de la tarde para invocar a la noche y cuando llega, asumes que el universo te ha obedecido. Te levantas justo antes de que amanezca y no sólo deseas que salga el sol, sino que hay una sorpresa legítima cuando sucede. Y estás segura de que si ahora mismo recuperaras tu tradición de antaño, cruzarías los dedos frente al vocho rosa deseando que tarde o temprano pasara un perro.

Ahora se trata de buscarles la mecha a los deseos. Del placer de anticipar y la necesidad de margen. No quieres que haya un poder superior que manipule las circunstancias por ti, ni por nadie. Nada a tu favor, nada en tu contra: sólo camino. Has generado

¿aprendido?

¿interiorizado?

                                                                           la convicción de que si vas a desear algo será la permanencia de esos pequeños puentes que te permiten hacer tú misma lo que quieres, lo que debes, lo que te toca. A manos abiertas.

 

No se te olvide, pues, cruzar los dedos. Hay un mundo esperando a descruzarlos.

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