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Más que mil palabras

Por @alejandraemeuve.

 

«Para todos tiene la muerte una mirada. Vendrá la muerte y tendrá tus ojos».
Cesare Pavese

 

En 1994, el fotógrafo Kevin Carter ganó el premio Pulitzer por la foto de un niño sudanés, víctima de pobreza extrema, en una posición similar a la fetal y con un buitre observándolo a pocos metros. Por mucho tiempo se vio en esta foto a una niña moribunda acechada por un ave de carroña, porque la imagen se deja interpretar así a la perfección, y a Carter lo acusaron de inhumano por no haber ayudado, comparándolo con el buitre de la imagen. Movido por las críticas, el fotógrafo declaró: «Es la foto más importante de mi carrera pero no estoy orgulloso de ella, no quiero verla, la odio. Todavía estoy arrepentido de no haber ayudado a la niña»; y su suicidio, poco después de recibir el Pulitzer, no hizo más que alimentar la especulación.

Una posterior investigación periodística reveló no sólo que Carter tenía más asuntos pendientes que explicaban su trágico fin, sino que la supuesta niña de la foto en realidad era un varón de nombre Kong Nyong y que en un acercamiento puede vérsele puesto el brazalete blanco que identifica a quienes son apoyados por el Fondo Alimentario de la ONU. El buitre estaba esperando que Kong desalojara el intestino para comerse las heces, no acechando un cadáver. Pero la imagen representó lo que sí puede pasar y escandalizó porque lo captado era posible de interpretarse como una realidad: las fotos son el hubiera que sí existe, y el ojo del espectador hace el resto.

El poder de las imágenes radica en que son capaces de sintetizar no sólo los referentes que aparecen en ellas, sino la propia historia personal del espectador. El morbo aparece cuando ese instante congelado destapa y conecta una información que antes no era consciente en el interior del que mira, lo absorbe y le impide dejar de mirar aunque lo intente. El deseo de ver es muy poderoso cuando eso que vemos es, al menos en apariencia, una puerta hacia entender o actualizar algo que teníamos guardado, incluso escondido: así de fuertes pueden ser los sentidos.

Especialmente desde hace unos días se nos han llenado los ojos con las imágenes del conflicto bélico entre israelíes y palestinos por la ocupación de la Franja de Gaza. Pasar por un puesto de periódicos, abrir Facebook o Twitter es suficiente para acceder, sin ediciones ni concesiones, a abrumadores testimonios gráficos de niños muertos durante los ataques, familias huyendo, soldados apuntando sus armas, humo y fuego de bombardeos, cielos turbios, ojos desorbitados. Y una sola imagen puede ser capaz de despertar más enojo, tristeza o repelencia que todos los artículos juntos escritos al respecto, porque nos mueve a completar la escena con lo que intuimos que está alrededor.

¿Es necesaria la crudeza?, ¿es ético apelar a lo que nos pasa adentro cuando vemos, por ejemplo, la muerte en una imagen que convenimos cierta? Respondamos lo que respondamos, no podemos negar que reaccionamos más rápido y más fuerte a lo que presencian las vísceras que a lo que pueda armar la razón, ni que están sucediendo cosas terribles en todas partes y que las fotos nos recuerdan el compromiso que nuestra humanidad construida nos exige sobre valorar la vida y tomar posturas, porque somos parte también de ese mundo. Las fotografías nos involucran sin remedio.

Para escribir esto, realicé una búsqueda de imágenes alrededor del conflicto en Gaza. No soporté mirar ni los primeros resultados arrojados, porque los más “populares” son los que nos detonan una clara narrativa de campo de guerra, con todo el horror que esto conlleva: los que involucran niños, sobre todo, como aquella foto de Parker. Ver tantas escenas que me recordaban la caprichosa “suerte” que tengo por no estar ahí me provocó mucho impacto y el deseo de abandonar cuanto antes la pantalla, como me sucede cuando estoy navegando en Internet por diversión y alguien comparte fotografías similares.

Descubrí así que me basta un vistazo para activar la culpa milenaria de saber que eso no me está pasando a mí y que aunque no elegí mis circunstancias, puedo escribir de ello cómodamente sentada frente a un teclado que abandonaré después del punto final para irme a un concierto que disfrutaré, pese a todo. ¿Es eso condenable? No lo creo: la identificación visceral con testimonios gráficos de una guerra, un accidente, una casa hogar en condiciones infrahumanas no se contradice con el deseo de vivir nuestras circunstancias personales, y buscar maneras de autorrealización no significa que ignoremos lo que sucede. Al contrario.

La circulación de duras imágenes es un asunto que puede analizarse desde la ética periodística y hay mucho qué decir, pero esta vez quise centrarlo desde quienes miramos y no sabemos qué hacer con lo que nos significan. Las vísceras son traicioneras: la culpa, el escándalo y el morbo pueden acabar sobrepasándonos al grado de inmovilizarnos; nos hacen querer endosarle a otros esa culpa y desear resolver el problema con urgencia para no sentir que le fallamos al mundo cada vez que nos sentimos felices, pero podemos terminar terriblemente insensibilizados como inconsciente método de defensa ante la imposibilidad de incidir en esa gran escala a la que nos enfrentan.

En esa percepción inasible de “gran escala” corremos el riesgo de creer que con reaccionar visceralmente o instalarnos en el discurso ya cumplimos y dejar pasar lo que de verdad está en nuestras manos, los campos en los que sí tenemos acción directa: desde buscar que lo que decimos en el discurso sí tenga verdadera coherencia con lo que llevamos a la acción y autoevaluarnos constantemente, hasta cuidar nuestra relación con cada persona y cada situación que tenemos enfrente. Es decir, tomar las riendas de lo que podríamos llamar “pequeña escala”, pero que no lo es. Estoy convencida de que la única manera de evitar ser el buitre de la fotografía de Kevin Carter al ser testigos de los horrores del mundo es hacernos totalmente responsables de nuestro yo, que no es poco. Si saben de un método mejor, no duden en avisarme.

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