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Manual del perfecto náufrago

Por Alejandra Eme Vázquez: 

El juego (¿de salón?, ¿de ingenio?, ¿de pura ociosidad?) que consiste en preguntarle a una persona supuestamente aficionada o profesionalmente dedicada a la lectura cuáles serían los diez libros que se llevaría consigo en el hipotético caso de que se marchara a una isla desierta, no tiene más que una respuesta sensata: basta un ejemplar del Manual del perfecto náufrago, que alguien tuvo que haber escrito alguna vez porque no se concibe un mundo con una carencia semejante. Todo lo demás sale sobrando.

Rosario Castellanos

 

Existen notables ocasiones en las que los libros han salvado vidas humanas. Aquélla, por ejemplo, en que el coronel Prime sobrevivió milagrosamente al tiro certero del mayor Brass por llevar guardado en el pecho el volumen I de los ensayos de Montaigne en pasta dura; o aquella otra en que los seis miembros de la familia Friedner se vieron orillados a esconderse en lo alto de los estantes de su biblioteca y usaron los pesados volúmenes de la enciclopedia británica como armas para defenderse de los cuatro soldados alemanes que irrumpieron sin saber el descalabro que les esperaba.

Se documenta de igual forma el caso del multipremiado químico orgánico Carlos Front, quien en 1989 experimentaba la elaboración de libros con tinta y papel hechos de sustancias comestibles cuando se quedó encerrado en su laboratorio por un descuido del vigilante de la facultad, justo el día en el que comenzaban las vacaciones. Front fue hallado dos semanas después, ojeroso y malhumorado, pero en perfecto estado de salud según los médicos de la universidad, quienes muy sorprendidos sacaron sus conclusiones: devorar los libros le salvó de la inanición.

Durante la tristemente célebre plaga de ranas en las islas Falcon, fechada en la primavera de 2007, la población vio con horror cómo una horda de batracios amenazaba con acabar los plantíos y propagar enfermedades para las que nadie estaba preparado. Una vez declarada alerta extrema y con el riesgo inminente de que aquellas islas pasaran a la historia como la primera población humana entregada al gobierno de otro ser vivo, la solución vino de manos de la chef amateur Linda Romero y su libro Mil y un formas de cocinar ranas. De ser depredadora en potencia, la raza invasora se convirtió en materia prima de los más deliciosos platillos y ahora los turistas se fascinan con la variedad gastronómica falconiana, en los que se aprovecha hasta la última propiedad de las ranas; se recomienda especialmente el mousse de ancas con menta negra. Las islas gozan de una prosperidad nunca antes vista, libres de amenazas naturales devastadoras, y todo gracias a un libro.

No alcanzarían los minutos de silencio disponibles si se invocara cada una de las tragedias que los libros pudieron haber evitado. Luego de que la doctora Emma Emeret descubrió por accidente que pararse sobre ellos reducía considerablemente los efectos de la electrocución y las quemaduras, mientras intentaba arreglar los fusibles del miserable cuarto al que la había confinado su fracaso profesional, la comunidad científica le ofreció apoyos para desarrollar su investigación; el resultado, How books saved me from hell, fue publicado e inmediatamente traducido a diversos idiomas. Poco después se demostraría, no sin algunas tragedias de por medio, que el “principio Emeret” carecía de fundamentos y la comunidad científica expulsó a la autora de sus filas; pero su fama se acrecentó con la publicación de Everybody makes mistakes, un libro de superación personal que fue éxito en ventas y que una vez más, salvó a Emeret de la pobreza y el anonimato.

Como si estas virtudes fueran pocas, múltiples estudios han demostrado que estar en compañía de libros aumenta en hasta 43% la calidad de vida de cualquier persona, por lo que en todo el mundo se trabaja en leyes incluyentes sobre la adopción y convivencia con estos seres extraordinarios. Destaca el caso de Alexander Finn, activista fundador de la asociación Books for Love quien en 1992 consiguió que se aprobara su unión matrimonial con una primera edición de The book of nonsense. Les sobreviven dos tesis.

Actualmente existen varias iniciativas globales para aprovechar los beneficios de los libros. Fuentes confiables han confirmado que la NASA trabaja en la construcción de los llamados “cohetes bibliográficos” construidos mayormente por ejemplares de literatura fantástica que, como sabemos, permiten viajar a otros mundos y por ende, prepararnos para cuando éste ya no tenga remedio. De igual forma, es sumamente loable la investigación que lleva a cabo desde 2013 la Organización Mundial de la Salud respecto a desarrollar prótesis inteligentes para sustituir partes humanas usando como material los más selectos títulos de la literatura universal, a partir del principio por todos conocido de que los libros nos hacen mejores personas.

Estamos en un mundo complejo y de muchas maneras, terrible. Es por eso que vale la pena difundir información que permita salvarnos y tener opciones de calidad ante acontecimientos que pueden poner en riesgo nuestra integridad: aboguemos por que las instancias correspondientes realicen una campaña exhaustiva para informar a la población que es necesario estar preparados para cualquier emergencia teniendo a la mano sus documentos personales, un sobre con dinero, una lámpara de mano y por supuesto, diez libros que nos garanticen vivir otras vidas por si no salimos bien librados de la catástrofe.

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  • José Alfonso Quiñones Guzmán

    No solo comparto lo aquí dicho, yo agregaría que los libros llegan a cambiar el rumbo de la vida de muchas personas.

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