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Manual de/construcción

Por Alejandra Eme Vázquez:

La primera regla del club de la deconstrucción es que nadie habla del club de la deconstrucción. ¿No les llegó el memo? Primero, el término deconstrucción y sus derivados podrían ser la mayor trampa de nuestro tiempo si les asignamos el poder para cambiarlo todo nada más con pronunciarlos. Y no sólo eso sino pronunciarlos a cada rato, con toda la seguridad del mundo, como si haber encontrado un mecanismo en el que se puede desarmar una idea o una conducta nos confiriera una certificación universal para legitimar y ser legitimados bajo el amparo de repetir, una y otra vez: estoy trabajando en ello, ya me di cuenta, soy una persona nueva, vi la luz. No hay trampa más grande que comprarse el letrero de: “Cuidado, persona en deconstrucción” y quedarse a vivir ahí.

Porque por mucho que seamos capaces de encontrar reversos y apropiaciones a modo, podemos partir de aceptar que deconstruirse y estacionarse no pueden coexistir como parte del mismo proceso. Decir una vez una idea tajante sí es un descubrimiento capaz de parar el mundo, nuestro mundo; sin embargo, cuando se repite ad nauseam no estamos haciendo algo distinto a lo que se supone que estamos evitando. Debajo de cada idea tajante existe un mundo pantanoso en el que cada eureka es puesto en duda casi de inmediato, en el que nada puede endurecerse al punto de la ideología autoconclusiva. Es cierto que podemos decidir no entrarle a ese terreno vulnerable, pero tendríamos por lo menos que cuestionarnos las razones que alguien puede tener para hacer como que dice verdades absolutas y al mismo tiempo hacer como que es una voz autorizada en deconstrucción.

También es que la carta de la deconstrucción no tiene por qué pagar todas nuestras cuentas. Ni se puede ni se quiere desarmar todo en la vida como para que vengamos a justificar cada uno de nuestros actos poniendo por delante los –ismos que abrazamos y que son preciosos pero no están hechos para sustituirnos en el ejercicio de hacernos cargo de nosotros m-ismos. En efecto, hay asuntos que no son sujetos de deconstrucción y hay prácticas o ideas que por mucho que nos hagamos de nuevos filtros no se van a ir, a veces porque no las vemos y a veces porque no queremos que se vayan. Vale más ir reconociendo esos límites si tenemos el privilegio de llegar a este punto en el que podemos reconocer un margen de acción, que es el principio de la deconstrucción en tanto que desmontar esos grandes relatos que nos han contado desde siempre es una herramienta poderosa si, y sólo si, la usamos para construir algo distinto y ponerlo a disposición de las alteridades. Porque como sea que cada quien entienda esto de deconstruirse, no hay manera de que no genere, ante todo, una responsabilidad ética; y negarla es repetir, con agravantes, ese gran relato ya clásico del lobo disfrazado con piel de oveja.

Darle la vuelta a todo es el nuevo negro, por supuesto. Se comienza por enunciar, en lo privado o en lo público, discursos en oposición a lo que ha sido sistemáticamente marginado o rechazado por un gran sector: “En defensa de los malos hombres”, “En defensa de las malas mujeres”, “En defensa de Ricardo Arjona”, “En defensa de los panditas verdes”, “En defensa de la pizza hawaiana”, todo puesto en el mismo nivel porque lo que satisface es la sensación de insurrección, más que el objeto. Y es comprensible, porque el solo hecho de saber que se puede pensar la antípoda de algo que parece incuestionable es seductor y estimulante de por sí. El riesgo es que muy pronto, ese discurso en apariencia disidente tiende a revelar su trampa genética: depositar la deconstrucción en reproducir estas defensas de lo supuestamente indefendible muy fácilmente se convierte en tomar una posición presuntamente antisistémica para pedir aprobación y legitimación al propio sistema, reforzándolo. Eso, sin mencionar que tales diatribas parten solamente del terreno de lo visible, cuando precisamente lo que nos importa al deconstruir es poner la luz en todo aquello que pierde foco ante lo que existe “demasiado”.

No hay disidencia si el mecanismo de deshacer un constructo se usa solamente para reacomodarse en la estructura en que se originó la inconformidad; de hecho, todo sistema tiene prevista su propia detracción y confía plenamente en los mecanismos que la diluyen sin hacerle daño. Asumirnos como entes radicalmente incómodos sólo por ocupar este lugar de detractores previstos es un espejismo cuyas salidas vuelven al punto de inicio, con la terrible novedad de que al posicionar desde ahí el discurso supuestamente antisistémico, terminamos respaldando justo lo que decimos que no queremos respaldar.

Nos han contado un mundo en el que importan los resultados y es difícil rehacer las ideas desde el inicio. Habrá quienes no tendrán ese impulso y no serán verdaderos interlocutores porque no hay manera de crear horizontalidad desde lo unilateral; habrá quienes ignorarán las responsabilidades éticas que proclamarse disidente implica para con la “el mundo del tú” del que habla la filosofía del diálogo; habrá quienes nunca se sentirán incómodos o normalizarán su incomodidad; habrá quienes no tendrán acceso a la serie de privilegios que hacen posible buscar la des-construcción de lo que identificamos como nocivo, opresor y tóxico, para construir ahí algo distinto, algo que verdaderamente no existía en la estructura; habrá quienes sigan equivaliendo “deconstruirse” con “rehabilitarse” porque es más fácil legitimar lo que ya está que enfrentarse al vértigo de lo que necesitamos que esté. Ver todo esto es parte del “dispositivo deconstruccionador” y probablemente lo único que puede garantizarnos es la certeza (también deconstruida) de que la conclusión es que no hay conclusión, de que tal vez esto se trata de que en la medida de nuestras posibilidades elijamos desde dónde y con quienes vamos a movilizarnos, nos hagamos cargo real de todo aquello que resulta en el proceso y dejemos de tenerle miedo a lo inacabad

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