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Make America White Again

Por Oscar E. Gastélum:

“Politics, these days, is no occupation for an educated man, a man of character. Ignorance and total lousiness are better. A demagogue must be neither an educated nor an honest man; he has to be an ignoramus and a rogue.”

Aristófanes

“The Demagogue is one who preaches doctrines he knows to be untrue to men he knows to be idiots.”

L. Mencken

“It is a terrible spectacle when irrationalism becomes popular.”

Thomas Mann, 1944

Desde muy niño, motivado por razones personales y esa voraz curiosidad intelectual tan típica de la infancia, desarrollé un interés tan insaciable por la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto que predeciblemente terminó mutando en una auténtica obsesión. Uno de los misterios que más me intrigó desde el primer instante fue esa incomprensible e incondicional devoción que un bufón caricaturesco como Hitler fue capaz de despertar en un pueblo tan sofisticado como el alemán. Nunca hubiera podido imaginar que en el curso de mi vida tendría la oportunidad de atestiguar de primera mano un fenómeno de delirio colectivo tan escalofriantemente parecido al que encumbró al líder nazi. Una contagiosa y virulenta epidemia de odio e imbecilidad, esparcida por un ser grotesco y sin virtudes conocidas, y capaz de volver a poner en jaque a nuestra frágil civilización.

Y es que no podemos engañarnos, los paralelismos entre esta desastrosa coyuntura histórica y el colapso de la República de Weimar son inquietantes e incontrovertibles. Todos los ingredientes están ahí: Amplios sectores sociales sumidos en un profundo malestar, provocado principalmente por una aguda crisis económica global y niveles de desigualdad tan obscenos como los de los años 20. Pero a estos conocidos y recurrentes factores habría que agregar otros nuevos: una vertiginosa y agobiante avalancha de avances tecnológicos y sociales, que buena parte de la humanidad aún no ha sido capaz de asimilar, y un tsunami migratorio sin precedentes que ha transformado la fisonomía de naciones enteras y ha despertado instintos tan primitivos como el racismo y el chovinismo xenofóbico, que creíamos prácticamente desterrados del discurso político convencional y respetable.

Ese malestar se ha manifestado en el surgimiento de turbas indignadas, ignorantes, histéricas y amnésicas, en busca, no de justicia, sino de venganza. Y la historia nos ha demostrado una y otra vez que esos rebaños rabiosos son un ingrediente indispensable para garantizar el ascenso al poder de regímenes tiránicos y asegurar el colapso de civilizaciones enteras. Y aunque busquemos excusas y explicaciones para tratar de racionalizar el extravío de estas muchedumbres enardecidas, en realidad nada puede justificar su odio cerril en contra de los “otros”, ni su supino antiintelectualismo, ni su desprecio bilioso en contra de instituciones cívicas venerables, ni mucho menos la miopía suicida que los llevó a renunciar a su dignidad y a sus facultades críticas para seguir ciegamente al primer charlatán carismático (en el caso de Trump, como en el del propio Hitler, dicho carisma no es más que una enfermiza alucinación colectiva) que se atravesó en su camino. Es un triste consuelo tener la certeza de que tanto los acólitos de Trump como los votantes que provocaron el triunfo de Brexit terminarán pagando muy caro su berrinche pueril e irresponsable, pues, en su desvarío, arrastraron al abismo al mundo entero.

Pero continuemos con las semejanzas históricas y hablemos del protagonista de esta espeluznante historia: Donald J. Trump, un demagogo fascista, psicópata, racista, misógino, mitómano y mórbidamente enamorado de sí mismo (¿les suena?). Un troglodita con la capacidad expresiva y el temperamento de un niño de cinco años, y cuya insondable ignorancia respecto a todos los temas importantes, y de dominio obligatorio para cualquier estadista moderno, puede compararse solamente con su injustificable arrogancia y descomunal ego. Una repugnante masa de grasa, amorfa y flácida, cubierta por pellejo anaranjado (salvo alrededor de los ojos) y coronada por un esperpéntico mechón de cabello, cuidadosamente esculpido en un “peinado” abstracto e indescifrable. Un abusador sexual que, a pesar de ser la personificación misma de la antiestética y el mal gusto más soez, va por la vida calificando los atributos físicos de las mujeres con las que se topa, humillándolas e imponiéndoles su repulsiva e indeseable lascivia.

Un inescrupuloso déspota que lucra políticamente con el odio, el miedo y la ignorancia (“I love the poorly educated!”), y promete soluciones mágicas a problemas complejísimos, usando a minorías vulnerables como útiles y sacrificables chivos expiatorios. Un tiranuelo bananero en potencia que amenazó con perseguir a los medios de comunicación que se atrevan a criticarlo, prometió encarcelar a su rival y amagó con no aceptar el resultado de la elección. Un charlatán detestable que, a pesar de ser un heredero mimado y de haber quebrado sus empresas y estafado a sus socios y empleados en innumerables ocasiones, se jacta de ser un genio de los negocios y miente sin pudor al presumir que construyó su fortuna desde cero. Un billonario populista que evade impuestos y se roba el dinero de su fraudulenta fundación altruista, pero se presenta frente a su deplorable rebaño como defensor del pueblo y la clase trabajadora.

Un narcisista patológico para el que el prójimo es sólo un instrumento al servicio de sus intereses, y por eso es incapaz de cultivar amistades sólidas y de forjar relaciones con el sexo opuesto que vayan más allá de una cruda transacción de dinero a cambio de estatus. Un sociópata bravucón que desprecia y humilla a los débiles. Un bufón vulgar y zafio que cree que el cambio climático es un fraude que inventaron los chinos. Un fiel admirador de los tiranos más sanguinarios y corruptos del mundo, que profesó su entusiasmo por los métodos represivos de Saddam Hussein, celebró públicamente la masacre de Tiananmén y sueña con legalizar la tortura. Un lacayo servil a las órdenes de Vladimir Putin, y la pieza clave en el plan del sátrapa ruso para destruir a Occidente. Un demente que amenaza con hundir la economía mundial incumpliendo con la deuda norteamericana y que prometió desmantelar la OTAN abandonando a su suerte a los martirizados civiles sirios y a los vulnerables vecinos de su amo ruso.

La descripción que acabo de hacer es precisa e irrefutable, pero habla peor de sus descerebrados simpatizantes, votantes y apologistas, que del propio, vomitivo, personaje. Y qué se puede decir de sus innumerables cómplices, empezando por unos medios de comunicación irresponsables y codiciosos que, con dignísimas excepciones (El New York Times y el Washington Post merecerían un Pulitzer por su heroica defensa de la democracia a través de un periodismo impecable), privilegió los ratings y el sensacionalismo por sobre su deber informativo, y en lugar de denunciar las innumerables mentiras y exhibir los perturbadores vicios y defectos del demagogo fascista que hundirá al mundo en una era de tinieblas, prefirió legitimarlo, normalizándolo y confundiendo a su audiencia, enredándola en una pegajosa red de falsas equivalencias, al interior de la cual resultaba casi imposible distinguir entre la insólita e incomparable vileza de Trump y la muy humana imperfección de su rival.

Y hablando de cómplices y semejanzas inquietantes con la Alemania nazi, en esta ocasión la izquierda dogmática y mojigata volvió a hacerse presente, exhibiendo nuevamente su desprecio por la democracia liberal y colaborando con las fuerzas del fascismo, ya sea activa y descaradamente, como en el caso de Julian Assange y su membrete Wikileaks, que se transformó en el órgano  propagandístico oficial de la campaña de Trump, o de manera más taimada, repitiendo hasta la náusea el ridículo sofisma que pintaba a Hillary Clinton, una experimentada, pragmática y brillante política de centro izquierda, como una amenaza mucho más seria para el mundo que el bufón anaranjado que ha prometido deportar a millones de seres humanos y amenaza con hundir a su país y a la humanidad entera en la barbarie. El filosofastro esloveno Slavoj Žižek se transformó en el principal representante de esta infumable fauna que incluye a especímenes de la calaña de Susan Sarandon, Jill Stein y miles de idiotas más alrededor del mundo.

Pero esta lista de nocivas e inexcusables complicidades quedaría imperdonablemente trunca si olvidáramos mencionar la cobardía criminal del partido republicano, que pasó décadas empollando el huevo de la serpiente y cuando el monstruo finalmente emergió de su cascarón fue incapaz de hacerle frente o denunciarlo. Y tampoco podemos olvidar la deshonrosa traición del gobierno mexicano, que se las arregló para interpretar dos papeles indignos en esta trágica farsa: el de Chamberlain y el de Pétain. Pues fungió como el enemigo pusilánime que en lugar de defenderse con dignidad y convicción, claudica y trata de apaciguar al monstruo que terminará devorándolo. Y para rematar este cuadro de deshonor, recordemos también la maliciosa y alarmante influencia que ejerció el FBI sobre la elección en las últimas semanas de la campaña, violando la neutralidad que una agencia de seguridad debería mantener frente a procesos electorales.

Hay quienes creen que el ascenso de Trump a la presidencia de la potencia militar y económica más poderosa de la historia no será un cataclismo civilizatorio, pues dicen confiar en la fortaleza de las instituciones norteamericanas. Pero subestimar la amenaza que representa un movimiento fascista de estas dimensiones y olvidar que, por más antigua que sea, la democracia siempre será una bestia frágil, es un error garrafal que las élites alemanas también cometieron en la década de los treinta. Quisiera que quienes piensan así me explicaran: ¿Quién demonios va a detener a Trump? ¿El congreso controlado por los mismos republicanos pusilánimes que fueron incapaces de enfrentarlo como candidato? ¿Los medios masivos que crearon a este monstruo y están más preocupados por lucrar con la frivolidad y la banalidad que por cumplir con su misión informativa? ¿Los pocos periódicos respetables que quedan, que son leídos por una minoría raquítica y que ya han sido amenazados por el tirano en ciernes? ¿La Corte Suprema que Trump reconfigurará a su gusto designando a jueces reaccionarios desde el primer día, y que tendrá como misión principal anular el matrimonio igualitario, el derecho de las mujeres al aborto y destruir décadas de progreso social?

No, Trump estará libre de contrapesos durante los primeros años de su mandato y sería ingenuo pensar que actuará con ecuanimidad o generosidad. Lo más probable es que hayamos sido testigos del fin de la democracia moderna y que nos encaminemos rumbo a una nueva y tenebrosa era. El mimado electorado norteamericano ha decidido prenderle fuego a su añeja democracia y el mundo entero, incluyendo a millones de seres humanos que aún no han nacido, tendrá que pagar las consecuencias.

 

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