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Maestros contra políticos: miopía pura.

Por Frank Lozano:

La disputa que actualmente tienen entre sí un sector del magisterio y el Estado, tiene más qué ver con el control político y con el poder que con la educación.

En los hechos, el gobierno atiende los preceptos que le ordena la Constitución producto de la reforma educativa. Por su parte, un segmento del magisterio se opone a la reforma y se declara en resistencia.

Unos y otros enarbolan sus razones, pero ninguno es capaz de ir a la médula del asunto: en México el sistema educativo no sirve. Se trata de un sistema obtuso que produce zombis. Este sistema descansa en una pedagogía ineficaz, que homogeniza a los estudiantes. No desarrolla habilidades de pensamiento, domestica la mentalidad. No está basado en la reflexión, sino en la sumisión cognitiva. No provoca preguntas, impone respuestas. No profundiza en la creatividad, la mata a golpe de repeticiones. No evalúa al alumno como una realidad única, que posee sus propias aptitudes y formas de aprendizaje, lo clasifica y califica a través de un único molde.

Bajo esa misma lógica, la evaluación magisterial es estéril. Muchos maestros aprobarán, pero si el modelo educativo no cambia, la evaluación sirve para un carajo. Eso debe de entenderse con urgencia.

Ni el Estado ni el magisterio están entendiendo lo que está en juego. La coyuntura invita a pensar más allá de lo formal. Lo formal es la constitución. Lo formal es el juego político. Lo formal es una suerte de semilla revolucionaria que pretende orquestar un choque contra el Estado desde las bases más radicales del magisterio.

Las bases más radicales del magisterio, parecen ver una oportunidad revolucionaria. Esta visión es torpe y oportunista. Pervierte el sentido de la lucha por la educación. Es miope en cuanto a que no pone a revisión los problemas de fondo del gremio, ni del estado, ni del modelo educativo. Es mezquina porque sucede en el marco de una debilidad institucional del Estado que, dicho sea de paso, no tiene mucho margen para cometer más errores.

Pensar más allá de lo formal y más allá de la fantasía revolucionaria sería precisamente abandonar las formas y sí, revolucionar el campo educativo, pero modificando la pedagogía.

Y no se trata de enarbolar un nihilismo dogmático que tire por la borda una estructura dada, se trata de un replanteamiento de fondo en la orientación, es decir, una reforma pedagógica aparejada de una reforma social.

La transformación del paradigma educativo tiene que pasar por la ruptura en las diferentes dimensiones del problema: hay una dimensión política, hay una dimensión social y una dimensión del desarrollo que no se toman en cuenta ahora, y que tampoco se tomaron en cuenta al momento de hacer la reforma educativa.

La reforma educativa parece estar dirigida para depurar política e ideológicamente la estructura magisterial, no para elevar la calidad docente. La calidad de la docencia parece ser una especie de consecuencia accidental.

Tristemente, se ve lejana una modificación de este tipo, que pondere algo más que el control político de un gremio; una que ponga en el centro del debate el tipo de país que se quiere construir y qué papel juega la educación en ello.

Independientemente de quién se imponga en este conflicto, el estado de las cosas se mantendrá igual. Por ende, pierde el país y pierden las nuevas generaciones.

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