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Luis González de Alba: congruencia radical

Por Frank Lozano:

Falleció Luis González de Alba. Como liberal y racionalista, llevó a sus últimas consecuencias su capacidad de elección: eligió el día y la forma de irse. Tenía que ser un dos de Octubre, para que cerrar el ciclo que nació de una herida nacional y terminó con una bala alojada en su pecho.

Luis era un erudito. Conversar con él era adentrarse a un mundo lleno de referencias históricas; de citas a los clásicos; de anécdotas narradas a flor de piel, sobre los inicios del cambio en este país.

En vida, Luis fue un alegre divulgador de la ciencia, especialmente de la física. No escatimó en acercarla a un pueblo ajeno a ella ni en utilizarla como estandarte contra los prejuicios.

En sus charlas, nunca faltaban las referencias a la música clásica y la ópera. Como escritor, exploró el género de la novela, el cuento, la poesía y el ensayo. Pocos, como él, encararon la ficción histórica nacional; así lo hizo en su libro Las Mentiras de mis Maestros, publicado por Cal y Arena; una recopilación de reflexiones que desnudan los mitos fundacionales, históricos y confesionales del mexicano, dejando expuesto el esqueleto de una nación que ha forjado su identidad con calzador.

Gracias a su memoria, el país conoció de primera mano los horrores de lo que significó vivir bajo la represión del Estado. Sus años de cárcel, junto con sus compañeros de lucha, no lograron silenciar su voz crítica. De las paredes de la prisión de Lecumberri, surgieron las semillas de futuras instituciones sindicales y partidistas. Irónicamente, quienes intentaron una y otra vez callarlo fueron izquierdistas. Líderes de opinión, vacas sagradas de la izquierda, activistas que mutaron en burócratas, editores mezquinos a quienes les incomodaba que Luis tuviera el arrojo de exponer ideas que les resultaban muy arriesgadas.

Luis fue crítico de esa izquierda conservadora, contradictoria, panfletaria y simplista que ha privado al país de una alternativa seria, contraria al centro y a la derecha. El pago que recibió por su postura, fue la censura, las descalificaciones y el menosprecio.

Luis fue un pionero en la lucha por los derechos sexuales. Vivió su homosexualidad abiertamente. Documentó que la homosexualidad no era una enfermedad, ni una aberración, nuevamente, mediante la ciencia. Logró ligar la preferencia homosexual al activismo político. Como empresario, hizo de sus negocios plataformas de inclusión y, en cierto sentido, mecanismos a favor de la tolerancia.

En sus últimos años, y siguiendo el hilo conductor de denunciar las contradicciones de los movimientos sociales, hubo quienes lo acusaban de reaccionario. Su posición, cruda y dolorosa frente al tema de Ayotzinapa, y la firmeza con que denunció la vacuidad, mentiras e irresponsabilidad de Andrés Manuel López Obrador, lo convirtieron en blanco de una porción de activistas digitales y de muchos “izquierdistas”.

Evidentemente, quienes lo atacaron no sólo no comprendieron los argumentos de un hombre que escenificaba la injusticia y la contradicción que denunciaba exigiendo la reivindicación de Gonzalo Rivas Cámara, aquel trabajador de una gasolinera que dio su vida para salvar otras; sino que tampoco conocieron su trayectoria.

Al final, el tiempo y la historia le tienen un lugar asegurado como un hombre de una congruencia radical, consistente con sus ideas, valiente y firme. Su muerte no se llevará su legado, su pensamiento y obra lo mantendrá con nosotros, como una luz en tiempos de oscuridad.

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