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Luciérnaga de conciencia

Por Nerea Barón:

Del poema que depende de la repetición, de la aliteración, de la anáfora, de la concatenación; del día que se repite y se repite hasta recibir un nombre –éste se llama martes y se mira así, se siente así, acércate para que lo compruebes tú mismo–; de los teamos que se repiten año tras año y cuerpo con cuerpo, y nunca son el mismo pero sí –que me perdone mi viejo amor por considerar al nuevo el primero, decía Szymborska, que me perdone la vieja huella por pisarle encima–; de la tendencia irresistible a envejecer, a cortar la fruta por las mañanas, a prender la licuadora, a asomarse al internet, a preocuparse; del chiste local, del apelativo íntimo construido entre risas, del secreto que salta de charla en charla traicionando su carácter de secreto –y qué más da–; del tiempo que pasa y pasa, de la procrastinación, de la distracción ­–atracción por el reverso del mundo–, del cielo despejado y la película a medias se desprende –tal vez– eso que llamamos yo.

Toda constelación es un invento, un mero recurso de la imaginación que tiene a las estrellas sin cuidado. Hoy que amanecí tan piel siento el llamado a ponerme pornográfica, pero bien podría haber amanecido, qué sé yo, siendo sólo un hilillo del ayer, la posesión de un recuerdo, el pánico de Garfio frente al reloj-cocodrilo que persigue y que persigue, la copia viva de la selfie, el cuerpo atrapado en la telaraña del halago, los premios, los dineros, los cuadernos del clóset. Soy el intersticio entre mis propias narrativas y un par de ojos, esos sí, esos siempre, un par de ojos afanados en mirar detrás de sí mismos.

¿Tiene acaso voz propia el cenzontle? ¿Hincha su pecho cuando confunde a la congregación de pájaros y centenares de aleteos despiertan bajo su canto-espejo? ¿Qué nos tiene que decir el abuelo cenzontle sobre la soledad, sobre su alma que es el alma del bosque? Tal vez el yo no sea más que un gozne más del nosotros, un eco, un gesto, un tintinar de agua.

Tengo una vida de brazos, de piernas, de voces entrelazadas. Tengo una familia que me repite mi nombre, que lo reinventa a cada paso y me dice sí y me dice ven y me abraza con su tarareo distraído, con su borboteo y con su tiempo. Soy una serpiente más del nudo-nido y cuando abro los ojos en medio de la danza digo yo, y me da risa.

Repetición, gozne e intersticio. ¿Qué haré hoy con el resto de mi mañana? ¿En dónde me pronunciaré, qué destello perseguiré con la mirada? Discúlpame, mundo, por obviar tus ejes de tiempo, tus ritmos, tus deberes. No me lo cobres muy caro. ¿Qué no ves que estoy aprendiendo a ser yo –luciérnaga de conciencia– mientras mi cuerpo se hunde en el agua? Una hebra de sol se escurre por la loma de los árboles y sólo queda cerrar los ojos y soltarlo todo: memoria, afán y ansia.

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