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¿Quién quiere ganarse la lotería?

Por Nerea Barón:

Conocemos la conversación: dos señoras (dos adolescentes, dos padres de familia, no importa en realidad) preguntándose qué harían si se ganaran la lotería. La lluvia de apetencias no se hace esperar: podrían viajar por el mundo, comprar casas lujosísimas, invertir en la bolsa y ayudar a sus seres queridos, no sin antes dejar ese trabajo inmundo que los tiene enajenados, por supuesto.

Ser millonario es poderlo todo. No tener que volver a perder el tiempo en tareas extenuantes, trámites burocráticos o protocolos sociales, no necesitar caerle bien a nadie. Si retomamos la famosa frase de Ortega y Gasset “yo soy yo y mis circunstancias”, el millonario es él y el mundo a sus pies. La figura del magnate seduce tanto porque encarna la fantasía del más gamberro hedonismo: con todo resuelto, no necesita más que tronar los dedos para que sus deseos se materialicen, sin esfuerzo mediante. El millonario es la medida de todas las cosas.

Camus afirmaba que el único problema filosófico verdaderamente serio era el suicidio. Habría que precisar: el suicidio es sólo una respuesta, pero la pregunta detrás del dilema existencial es más específica: cómo diablos hacernos cargo de nuestra propia temporalidad. Del tiempo que cae sobre nuestras cabezas y de la angustia que nos provoca se deriva el resto: el arte y la cultura, la recreación, el placer, la miseria, el trabajo y claro, el suicidio.

Volvamos entonces: ¿qué haríamos si ganáramos la lotería? Sin las limitantes materiales que nos “obligan” a invertir nuestros días en tareas específicas que requieren esfuerzo, tendríamos todo el tiempo a nuestra merced. Maravilla. No hay sueño más grande para quien está acostumbrado a estar ocupado. Podríamos escribir nuestras memorias, ir a un templo shaolin a meditar o tomar un diplomado sobre historia del arte, ¿pero cuál sería la motivación última si no hay prisa ni necesidad de resultados? No sería difícil que acabáramos pareciéndonos al estudiante que planea leer todos sus pendientes en vacaciones y termina comiendo cheetos frente a una consola durante dos meses.

El tiempo es más pesado de lo que parece. Pasada la euforia inicial de los viajes, las drogas y las fiestas llegaríamos a nuestra casa de lujo y desde el fondo de nuestra sobreabundancia resonaría la inquietante pregunta: “¿y ahora qué?” Ser la medida de todas las cosas tiene un precio alto: en un mundo hecho a tu imagen y semejanza todo refleja tu propio deseo, desarticulado e intrascendental. La prisión ya no está afuera.

Se suele decir que el trabajo es un mal necesario y quizá sea verdad, después de todo. No porque nos dignifique de suyo, sino porque nos hace ser más de lo que de otra forma seríamos. Pienso en mis satisfacciones diarias: la broma del alumno, la sensación de haber dado una buena clase o entregado un texto redondo. Todas ellas tienen un común denominador: quizá, de tenerlo todo, no las habría elegido. No habría elegido levantarme temprano, gastarme la garganta e invertir una hora de tráfico. El esfuerzo tiene ese doble filo: ahí donde preferiríamos no estar, aparecemos redimidos.

Qué alivio, en el fondo, que haya otras fuerzas operando sobre nosotros además de la de nuestro siempre caprichoso deseo, aunque sea fácil olvidarlo a la hora de pagar la renta.

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