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Los sonidos de la noche

Por Juan Francisco Morán:

Todo ocurre a los pocos minutos de cerrar los ojos. Los sonidos de la noche, que se escuchan cavernosos, me introducen al laberinto en donde me debato con mis propios demonios. Mientras más se acrecientan los ruidos nocturnos, más ansias siento, igual que las ansias que se perciben cuando se escuchan los violines en una película de miedo. Sin darme cuenta ya estoy en el dédalo, en espera de que cualquier cosa suceda. Puedo sentir un aliento soplar mi cuello; el viento que sale de unas fauces se escucha nítido y me hiela el cuerpo. Me quedo pávido en un punto entre el sueño y la vigilia. No distingo en qué mundo estoy, solo estoy tieso y pienso en un monstruo que me ha atrapado. Estoy consciente de mi parálisis: mis manos, pies y cabeza están pegadas al colchón, o puede ser que estén enredadas en los tentáculos de aquel demonio invisible; no lo sé, no veo. Me imagino cómo sus extremidades van reptando mi cuerpo, tratando de exprimirlo como si fuera una naranja. La sensación me sofoca, me angustia.

Abro los ojos y veo la espalda de mi mujer frente a mí, durmiendo en paz como duermen los inocentes. Intento alcanzarla con mi mano, pero me es imposible tocarla. Le de grito, pero mi voz se ahoga con el ruido hueco y siniestro de la respiración de la bestia, y solo veo cómo ella se retira en lontananza sin darse cuenta de lo que estoy sufriendo, como un barco que se aleja del náufrago. Con todas mis fuerzas trato de zafarme y no logro. La parálisis se extiende por todo mi cuerpo, como si estuviera envuelto en una crisálida, hasta que me despierto bañado en sudor como si hubiera salido del baño vapor. Siento que el corazón se me sale por la boca como una trucha brincando fuera de un estanque.

Estoy en mi cuarto, en la cúspide de la madrugada, en el punto en donde la noche es más oscura y el silencio es tan mudo que lastima los oídos. Me acomodo para conciliar el sueño, pero tan pronto lo intento, el silencio se violenta por los ruidos sordos y sufridos de una respiración que parecen ser las de un nuevo intruso, recordándome que aún sigo en el laberinto. Esta vez puedo correr y lo hago con todas mis fuerzas. Me persigue un carnero con dos patas. Sus ojos son rojos y sus cuernos de un blanco pálido. Escucho sus pezuñas detrás mío y su aliento soplándome al oído. Me da un lengüetazo para probarme, saborearme, seguido de un estruendoso balido. La galería es infinita, húmeda y fría y yo corro en ella sin sentido. La bestia está a punto de alcanzarme; volteo a verla y solo veo un hocico abierto del tamaño de mi cabeza, con una hilera de dientes que parecen serruchos, con intención de cercenarme. Me tropiezo quedando a merced de él. Sus ojos se encienden más y su boca se abre chorreado sangre. Mi grito me saca del laberinto y despierta a mi esposa. –¿Estás bien?, me dice. Se voltea y de nuevo empieza a roncar.

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