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Los sagrados alimentos

Por Alejandra Eme Vázquez:

Un jabalí, por Tutatis

Comer es invadirse. No: es permitir al invasor, o sea todo lo de afuera, acabar poco a poco con el cuerpo-adentro y en muchos casos hasta disfrutar de ese deterioro, provocarlo. De otro modo no podríamos sobrevivir, es cierto, pero ¿cómo se dictó por primera vez en la historia humana que además de un acto de preservación, comer sería un placer? ¿Quién fue el primer glotón? ¿Cómo se descubrió que una dosis de sal realzaba sabores y conservaba provisiones? ¿Cuánta memoria genética y de especie está archivada en nuestro paladar?

Hablar de comida es hablar al mismo tiempo de placer y de angustia, de carencia y exceso: yo nunca sé bien a bien si estoy comiendo de más o de menos, porque a veces mi cuerpo sólo traduce ansiedad en antojo o alegría en necesidad de recompensa mediante un chocolate, por ejemplo. Me confunde mucho el imperio que se ha erigido alrededor del comer y las contradicciones que aparecen en la búsqueda de instaurar una cultura para nutrirnos, con todo y los mitos (¿o verdades?) que circulan a todas horas. Por eso, si bien la  glotonería puede no ser precisamente una virtud en los humanos que andamos por la vida contando calorías, cuidando porciones y leyendo etiquetas, de repente sirve recordar que para eso también están los personajes de ficción, para representar ciertas fantasías que ningún cuerpo real podría encarnar en serio y en ese proceso, liberarnos de represiones.

En las caricaturas mastican poco, casi nada; en las historietas sólo se ve la expresión del personaje disfrutando (o no) lo que le ponen a la mesa y acaso dando un mordisco estático, pero en cualquier caso se trata de una representación más limpia de ese performance a veces salvaje y culpígeno que es comer. Por eso los glotones de esos mundos ficticios siempre me han causado un afecto y una ternura casi inmediatos, porque me parece que nos dejan devorarlo todo a través suyo. Y tengo, por supuesto, un favorito, uno cuyas historias leía y releía obsesivamente para detenerme en las viñetas que lo mostraban dando cuenta, él solito, de banquetes dignos de regimientos. Me refiero ni más ni menos que a Obélix, culpable de que durante toda mi infancia y todavía ahora, comerme un jabalí entero encabece mi lista de cosas por hacer antes de morirme, no le hace que el hígado graso y que el colesterol.

Porque de invasiones a invasiones, me quedo con la comida.

Corazón contento

Hace unos años, cuando todavía vivía en Aguascalientes, hubo un verano en el que mi ex pareja y yo no recibiríamos ningún ingreso porque apenas comenzábamos en nuestros respectivos trabajos, y los gastos que compartíamos no iban a darnos tregua; entonces pensamos en vender algo mientras terminaban las vacaciones y la respuesta fue casi obvia: comida. De manera que un buen día compramos todo para preparar chilaquiles, burritos, hot cakes y café de olla, y nos fuimos en auto a ofrecerlos en negocios y oficinas. A ambos nos gustaba mucho cocinar desde entonces y también hacer las compras era altamente disfrutable, así que pasamos alrededor de un mes y medio viviendo de y para la comida.

Fue un éxito, uno agotador pero uno al fin. Recibimos reseñas muy estimulantes y establecimos con mucha gente un vínculo basado en sus gustos y hábitos al comer, que son más importantes de lo que parecieran: pronto aprendimos que a aquél no le gustaba el queso, que aquélla prefería un extra de piloncillo en su café, que al de más allá los chilaquiles rojos le recordaban a su mamá. Aunque el negocio fue breve en duración, alcanzó a ser bautizado oficialmente con un nombre: “Corazón Contento”, un poco por el refrán y un mucho por el espíritu.

Terminamos el verano con excedente de ganancia y comida, pero además con una satisfacción que al menos yo no había experimentado así y que no me esperaba: alimentar a otros es un placer, también, y cuando terminó la aventura fue bastante descorazonador pensar en todos quienes fueron nuestros leales clientes y que ya no tendrían algo bueno-bonito-barato que llegara a acabar con su hambre todas las mañanas, a las puertas de su trabajo.

Por eso no dudo ni tantito que mi vocación de profesora tenga que ver con la historia de la palabra educar, una de cuyas posibles etimologías es el verbo educare con significado de “alimentar”; la verdad es que no está corroborado, pero me gusta tanto pensar que es cierto, que todavía me doy el lujo de asumir que los tres tiempos de una clase bien pueden equivaler al menú de una comida corrida y que nuestros comensales pueden salir de ahí con una revelación similar a la que dejan los sabores más entrañables, los que perduran y detonan. Porque alimentar(se) es conectar(se).

Tercer tiempo

Nuestra relación con la comida está mediada por tantos factores y significa tanto, que ya es casi imposible desmontarla y llegar al fondo de algún asunto relativo. Lo cierto es que de alimentar y ser alimentados está hecha una base fundamental de la sociedad, y que saboreamos al mundo de acuerdo con la educación gustativa que nos ha tocado recibir; la misma que se extiende a muchos otros ámbitos: el entusiasmo se traduce en ansias de comerse el mundo, la libido sabe bien de apetito sexual, un cierre espectacular es la cereza del pastel y la época en la que el mundo más sintoniza con las ideas de unión y reflexión, esta época, no puede pensarse sino protagonizada por un consumismo extraordinario,  comilonas incluidas.

Dicen que si nos ponemos estrictos, la verdadera fecha de nacimiento de Jesucristo correspondería más bien a abril. Dicen. Pero imaginemos que corrigiéramos el error, cambiáramos la época para la temporada navideña y horneáramos pavos en plena primavera o pusiéramos a competir el calor del ponche con el del ambiente. No se podría, al menos no en esta mitad del mundo: todo el imaginario de la Navidad y el fin de año se construye alrededor de conceptos que nos motivan a estar muy cerca de nuestro prójimo y sobre todo, a compartir la comida y la bebida como el festejado hubiera querido, o eso decimos nosotros.

Hay miembros en mi familia, y supongo que en todas las familias, que se quejan de las cenas navideñas y de fin de año porque son básicamente un montaje forzado: nadie come así normalmente, ni a esas horas, ni en esas cantidades; no somos tan unidos como hacemos creer por algunas semanas; cocinamos durante días para casi ni tocar la cena y terminar normalizando tanta exquisitez en el invaluable ritual del recalentado, responsable de que a veces sea marzo y todavía tengamos porciones de pierna mechada en el congelador. Pero ahí estamos. Limpiando romeritos, inyectando pavos, ansiando el primer sándwich de bacalao: ahí estamos. Podremos cuestionarlo todo sobre las tradiciones obsoletas, pero apenas nos sentamos a una mesa donde todo está puesto para imitar patrones determinados desde quién sabe cuándo, lo único que nos resta es desear que el disfrute del paladar se acompañe por conexiones entrañables, porque pese a todo, la comida sí tiene ese poder adquirido.

Así que lector, lectora: le deseo que esta pausa necesaria y este inevitable remolino festivo le dejen con ganas de saborear un 2016 en el que todo salga a pedir de boca.

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