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Los libros que adoptamos

Por Deniss Villalobos:

Conozco el color, la textura, el peso, la ubicación y la vecindad que tienen los libros que son míos. Olvido dónde dejé las llaves, pero detecto cualquier cambio en un librero.

Juan Villoro, Conferencia sobre la lluvia

¿A qué edad le decimos a nuestros libros que son adoptados? Porque, si yo fuera un libro, me gustaría que en algún momento me dijeran la verdad. Tenemos que decirles que no nos sentamos y escribimos hasta ponerles el punto final; que alguien más lo hizo, alguien a quien nunca van a conocer, y si lo hacen será solo para conseguir algún garabato en la primera página e inmediatamente serán devueltos a nosotros. Porque, seamos realistas, quien los creó no puede ni quiere conservarlos. Necesitamos decirles lo que pasó, que crearon cientos, miles o millones de copias, que las repartieron en un montón de librerías, y que nosotros entramos en alguna y pagamos por ellos o, peor aún, que algunos son robados, que algunos incluso fueron olvidados en nuestro hogar por otras personas que los adoptaron y luego decidieron que no eran tan interesantes.

Qué difícil es la vida de un libro.

Algunas personas, buenas personas, intentan hacer que la vida de sus libros adoptados sea lo más tranquila y agradable posible. Consiguen para ellos enormes y maravillosos libreros en los que serán acomodados por orden alfabético, por editorial, por tema, por fecha en que llegaron a casa e incluso por color. Los tratan con todo el cuidado del mundo, los sacuden, intentan no doblar ni por accidente una página de ellos y no mancharlos de café mientras los leen. La vida de aquellos libros es tan pacífica que, cuando reciben la noticia de su adopción, se lo toman muy bien. Abrazan a sus padres adoptivos, siguen estudiando duro y se convierten en grandes doctores, abogados o ingenieros.

Por otro lado están las personas como yo, personas descuidadas, que aunque adoran a sus libros no son capaces de darles el hogar que se merecen. Varias veces he intentado buscar algún librero para ellos, pero solo me encuentro con pequeños estantes de colores en los que cabrían unos pocos, muebles que dan la impresión de estar diseñados para cargar con todo: figuras de superhéroes, tacitas de porcelana, barbies de colección, fotografías enmarcadas; cualquier cosa, excepto libros.

Y luego me los imagino ahí, uno junto al otro, sin poder respirar, obligados a permanecer siempre junto a un título o autor con el que no se llevan bien, a vivir en una posición que les incomoda, sin poder ensuciarse nunca ni jugar en el parque… Claro que tal vez pienso eso solo para consolarme por no ser capaz de cuidar de ellos. Intento justificarme por dejarlos en pequeñas montañas por todo el cuarto, por adoptarlos y luego ni siquiera tener la decencia de leerlos, por mancharlos de chocomilk o dejarles migajas de galletas, por doblarles algunas páginas y escribir en sus bordes.

Probablemente, cuando sepan que yo no los escribí, que están aquí cuando podrían haber caído en mejores manos, sufrirán una crisis de la que tal vez nunca salgan. Sé de libros que abandonaron el hogar, tomos que desesperados pidieron la ayuda del can de la casa y terminaron destrozados antes de llegar a la puerta, poemarios que decidieron dejarse morir y rápidamente volvieron sus páginas amarillas. Quizá mis libros terminen huyendo a otro país, cometiendo algún crimen o me anuncien que quieren convertirse en administradores de empresas, lo cual me partiría el corazón, y yo me consolaré pensando en sus días de infancia, cuando volvimos tan contentos de la librería y todavía no pensaba “maldición, creo que no comeré una semana”.

Nadie nos enseñó a adoptar libros. Nadie nos explicó cómo tener la biblioteca perfecta. Cada uno hace lo que puede, y algunos hacen maravillas y otros simplemente dejamos libros por todos lados, algunos sin terminar, otros sin comenzar, pensando que así serán libres, que serán felices cambiando de lugar según lo deseen, sin enojarnos porque uno aparece en la cocina y otro debajo de la cama.

Ojalá mis libros sepan que he hecho lo mejor que puedo, ojalá los libros que he adoptado y decidan quedarse lo pasen bien aquí, tanto como para permanecer a mi lado —un poco sucios, subrayados y sin librero—, hasta que se me llene la cabeza de canas, mi esposo muera por una extraña enfermedad, mis nietos no me visiten mucho porque soy rara y hasta que descubra que, tal vez, fueron los libros quienes me adoptaron a mí.

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