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Los jefes: lotería

Por Alejandra Eme Vázquez:

Cuando salí de la licenciatura, yo tenía casi 25 años y la convicción de que haber estudiado la carrera que elegí había sido lo mejor que pude haber hecho, después de una larga ruta de vocaciones: de dirección de cine a relaciones internacionales, de relaciones internacionales a arquitectura, luego una pausa de hacer otras cosas que me llevó a descubrir las letras inglesas y finalmente, asunto resuelto: lo mío eran las letras hispánicas. Para 2005, mis materias habían concluido: tenía un título listo para enmarcarse, una tesis del Quijote y un abismo enfrente llamado vida laboral, que no me era ajeno pero que nunca había enfrentado sin el respaldo de mi estatus de estudiante. Ya no había becas ni apoyos, ya tenía una cantidad de créditos académicos que me validaban como profesionista y ya tenía también una vida independiente que me exigía hacerme cargo de mí misma, así que mi mayor preocupación se resumía a una pregunta: “¿Y ahora en qué diablos voy a trabajar?”.

Encontré el aviso de ocasión en la sección de Empleos del diario El hidrocálido. “Se solicita corrector de estilo para diario de prestigio”, decía en letras grandes seguidas de los teléfonos y el domicilio a los que había que dirigirse. Con la esperanza de no engrosar por mucho más tiempo las filas de los desempleados, acudí a la entrevista de trabajo en aquel enorme edificio de la calle Zaragoza. Me hicieron pasar a una oficina y corregir dos notas; yo me esforcé por recordar todos y cada uno de los signos de corrección que había visto en los manuales de redacción y así ejecuté la edición más minuciosa que pude. Pregunté el horario: de cuatro de la tarde a once de la noche, excepto los días de cierre del semanario que podía salir hasta las dos de la mañana.

El diario de prestigio era algo así como el periódico de izquierda de Aguascalientes, que compartía dueño y equipo editorial con el popular semanario de nota roja que cada lunes satisfacía el morbo del hidrocálido y la hidrocálida. Yo fui contratada como correctora del periódico de izquierda, pero al final hice las mismas labores para el semanario de nota roja, lo que a veces me parecía muy divertido y a veces, perturbador.

Mi jefe era El Periodista, un hombre que daba miedo y lo sabía, y lo disfrutaba. Tenía una oficina opulenta, con una silla que sólo he visto igualada en ciertos villanos de James Bond, y su vozarrón se escuchaba hasta la sala de redacción. Pero por alguna razón, le caí bien. El Periodista me llamaba con un diminutivo y me sonreía con cierta ternura cada vez que llegaba a su oficina por las noches, antes de irme, a darle el informe que él había estipulado que le entregara y a despedirme de él. Una vez me llamó a su oficina para decirme que tenía grandes planes para mí, que me esforzara el doble, y mi emoción fue tal, que acepté con alegría las tareas multiplicadas que iban añadiendo a mi puesto.

Cuando El Periodista me pidió que le escribiera un informe detallado de todos y cada uno de los errores que había corregido a los reporteros, yo no vi nada malo en ello, sino al contrario: era otra oportunidad para ponerme un nuevo reto laboral y ver qué tanto cumplía las expectativas de tan exigente jefe. Así que elaboré un minucioso documento con cada punto, coma y grafía incorrecta que había encontrado en las notas locales. Craso error: al final de ese día, El Periodista nos llamó a los reporteros y a mí a la sala de juntas y ahí comenzó un regaño de aquéllos en el que no bajó a los reporteros de ineptos. “Para comprobarlo –agregó—, aquí La Correctora hizo un documento en el que especifica todo lo que hicieron mal, a ver si no les da vergüenza”.

Me hizo leer el documento en voz alta y en cada punto me interrumpía para humillar de la peor forma a quien había cometido el error. Era la situación más insostenible que hubiera podido imaginar, pero El Periodista la sostuvo durante una hora y media. Terminamos, e hizo a los reporteros prometernos, a él y a mí, que cuidarían más su forma de escribir porque “La Correctora no estaba para enseñarles el abecé”. Obviamente, los reporteros me hicieron la ley del hielo inmediatamente y yo me quedé con uno de los peores remordimientos de mi vida.

Aproximadamente una semana después, vi a los reporteros hablar entre ellos y mirarme con insistencia. Me van a boicotear, pensaba, y con toda razón. Pero no; a cambio de eso, se acercó a mi lugar de trabajo el reportero de más experiencia y me pidió unos minutos para hablar. Comenzó diciéndome que sabían que no había hecho el documento para molestarlos, pero que había sido de muy mal gusto; que ahora desconfiaban un poco de mí, pero que también me conocían inexperta y que era la primera vez que pasaba algo así, por lo que me la iban a perdonar. Yo con eso me daba por bien servida, pero El Reportero no había terminado. Cambió su expresión por una casi paternal y me dijo estas palabras casi exactas: “Nunca te vendas a los jefes, su naturaleza es que siempre te van a usar para su beneficio y no pueden ver las consecuencias de lo que te piden, tú las sufres sola”.

Luego me soltó la frase que yo repito cada que puedo con mis alumnos y con quien se pueda: “Ante todo, son los compañeros los que importan”. Los compañeros, los amigos, la gente que está de veras contigo: El Reportero tenía razón y me sembró una filosofía que nunca he dejado de aplicar. De modo que mis compañeros me devolvieron la palabra y el alma me volvió al cuerpo, pero algo había cambiado y terminé decidiendo renunciar. Las palabras de El Reportero se hicieron efectivas enseguida, pues en cuanto le comuniqué a El Periodista que iba a dejar de trabajar ahí, su amabilidad se esfumó por completo y me trató como si hubiera cometido alta traición. Los siguientes días, en lo que se cumplía el plazo para mi renuncia, mi jefe hizo lo posible para que viviera un infiernito; y cuando pasé a su oficina para despedirme lo más dignamente que pude, luego de resistir sus groserías y su encarnizada cacería de mis errores, El Periodista me puso la sonrisa más burlona de su inventario ante mis ojos llorosos y me dijo: “Pero quería hacerlo a su modo, ¿verdad?”.

Y así fue como aprendí lo que hay que aprender sobre la vida laboral.

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