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Los irreductibles

Por Alejandra Eme Vázquez:

“Estamos en el año 50 antes de Jesucristo.

Toda la Galia está ocupada por los romanos…

¿Toda? ¡No!”.

Nos gustan las historias en las que aquellos desprovistos de grandes poderes vencen al poderoso. Reflejarnos en David contra Goliat, en el sastrecillo contra el gigante, en la gota de agua que triunfa sobre la piedra no por potencia sino por constancia. Con eso nos enfrentamos cada día, finalmente: con fuerzas que parecen sobrepasarnos y que, desde lo individual, debemos sortear porque de ello depende nuestra continuidad en este mundo al que nos aferramos, pese a todo. Con suerte logramos pequeñas victorias que apenas alcanzamos a celebrar tímidamente antes de que nos abrumen las otras historias, las de los caídos, las de quienes no libraron el obstáculo. Y así nos la pasamos, entre el éxito individual de seguir vivos ante una realidad abrumadora y el fracaso colectivo de una comunidad que se desmorona al contacto de un poder mal ejercido. Qué distinto sería si tuviéramos una poción que nos volviera un pueblo invencible, ¿no? Como la aldea de Astérix.

Yo siempre le he llamado “Ásterix”, aunque se escribe “Astérix” y se pronuncia “Asteríx”, dicen. Es una historieta francesa que nació en 1959 del ingenio de René Goscinny, guionista, y Albert Uderzo, ilustrador, y que a mí me acompaña desde que tengo memoria lectora; quizá desde antes. No recuerdo un solo momento en el que no haya disfrutado las aventuras que viven los habitantes de esta pequeña aldea gala que resiste la invasión de los romanos gracias a una poción mágica preparada por el druida Panoramix, que da fuerza sobrehumana a quien la beba. Yo qué iba a saber a mis siete u ocho años que lo que estaba leyendo en esos  libros coloridos y hermosos era la historia del imperio romano que invadía los pueblos de Europa occidental. Yo qué iba a saber que mientras me reía con los disparatados nombres de personajes como “Caius Noterrajus” para un romano, “Edadepiedrix” para un galo o “Cinematograf” para un normando, estaba iniciándome en el entendimiento sobre sufijos y palabras compuestas. O que los nombres de los pueblos antiguos se referían a lo que yo conocía como España antes Hispania, Francia antes La Galia, Suiza antes Helvecia; o que esas frases latinas que decían los personajes con tanta soltura luego serían de ayuda para impresionar a más de uno con mi “cultura general”.

Yo qué iba a saber las múltiples lecturas que tenía una historieta que pronto se convirtió en mi favorita. Todavía hace poco volví a pensar en ello cuando Albert Uderzo se unió a la condena del trágico atentado contra el semanario Charlie Hebdo con un cartón en el que Astérix hace volar por los aires, de un golpe, a un musulmán caricaturizado. Quién sabe qué hubiera pensado Goscinny si aún estuviera vivo, pero como lectora de la historieta desde hace casi treinta años, no me sorprendió el código porque estoy acostumbrada a que Astérix y sus amigos resuelvan todo a puño limpio: en ese universo, la violencia es la única posible resistencia ante el voraz imperio que quiere destruirlos. Pero es cierto que la coyuntura era muy sensible y que al aislar al personaje del contexto ficticio, el cartón mostraba una postura ideológica muy cuestionable, así que la polémica no se hizo esperar. Como otras veces, lo vertiginoso del pensamiento colectivo no me dejó afianzar una opinión al respecto y el de Uderzo fue uno entre muchos cartones polémicos que se hicieron sobre el atentado, pero el episodio me dejó con la idea de que los clásicos personales nunca dejan de actualizarse.

Eso es: tengo la sensación de que leer Astérix es un presente continuo. De la primera colección completa que tuvieron mis padres en mi infancia, conservo once ejemplares a los que vuelvo a la menor provocación. Los tengo aquí, frente a mí, mientras escribo esto. Asocio un fragmento de mi pérdida de inocencia con la certeza de que si yo estaba leyendo sus aventuras era porque Astérix y sus amigos habían sido derrotados por el imperio romano, y que éste ya también había desaparecido. Luego entendí que Astérix no está hecho de Historia, sino de historias, y que si hay una constante en sus aventuras es el pensamiento creador como arma contra un sistema aplastante, cuando se usa en beneficio de una comunidad construida sobre el entendimiento. Por mucho que el pescadero Ordenalfabetix se pelee con el herrero Esautomatix y éste golpee al bardo Asuranceturix porque siempre quiere cantar pero canta horrible, es cuestión de que alguien atente contra la integridad de la aldea para que todos piensen y luchen en conjunto. La poción del druida es sólo un elemento mágico que ayuda a potenciar la fuerza que el pueblo ya posee.

Más que recordarme mi infancia, los libros de Astérix han ido renovándose al paso de los años. Siguen inteligentes, reveladores, llenos de guiños y descubrimientos. Por eso me gusta tanto pasear cada que puedo por esa aldea gala donde me siento segura y feliz, entre esos personajes entrañables a quienes conozco desde hace tanto y me emociona saber ahí, contenidos en los libros que van llenándose de edad junto conmigo y junto conmigo esperan la siguiente aventura que siempre es la primera. Porque de eso se trata, de reiniciarse una y otra vez como si hubiera esperanza. Y la hay, mientras el cielo no caiga sobre nuestras cabezas.

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  • Angel Buendia

    Me sería imposible recordar todas las anécdotas, lugares y nombres que me llegan a la cabeza al pensar en este personaje y su genial amigo Obelix. Sin embargo, no puedo dejar de probar suerte y hacer una lista, sumamente incompleta, de las mas memorables:

    -Los legionarios Pideperdonus y Sanluisblus.
    -El Tribuno Wolfgangamadeus.
    -Ocatarinetabelachitchix, el corso. Quien por encima de todas las cosas, es susceptible.
    -Los Sumerios, que confunden a nuestros héroes con Acadios, porque están en guerra con ellos.
    -Los Visigodos, Ostrogodos y Godos a secas.
    -Los jabalíes con pinchitos. (Jamás he sabido que son los pinchitos).
    -Tragicomix, con “T” de “Timeo danaos et dona ferentes”.
    -Los Acadios, que confunden a nuestros héroes con Hititas, porque están en guerra con ellos.
    -El perro vikingo Kampfdølvärsa.
    -La organización de la Legión Romana: La 1ª Legión, 2ª Cohorte, 3ª Manipula de la 1ª Centuria.
    -El druida Setentaisix.
    -La Esposa de Ordenalfabetix, Ielosumarin.
    -Tutatis, Belenos y Belisana.
    -Los Hititas, que confunden a nuestros héroes con Asirios, porque están en guerra con ellos.
    -Los Piratas (“Los ga…, los ga…ga… ¡LOS LOCOS!”)
    -El distinguido latinista pirata (“Felix qui potuit cognoscere causas.”)
    -Las orgías romanas, que mas bien eran banquetes o bacanales, pero bueno. (¡Zim…Bum…Zim…!)
    -Los belovacos, suesiones, eburones, atuatucos, nervianos, ceutrones, grudii, leuvacos, -pleumoxii, geldumnos y menapios que habitan Bélgica y comparten un apellido.
    -Los Asirios, que confunden a nuestros héroes con Medas, porque están en guerra con ellos.
    -“¡Ferpectamente Asterix, ferpectamente!”
    -Sopaconondas, el griego
    -Los guerreros Medas que luego se pierden en los desiertos 🙂

    • Alejandra Eme Vázquez

      ¡Qué emoción, tu lista! Me acordé del diálogo bilingüe entre Ideafix y el perro vikingo, de que nunca he sabido para qué sirve un menhir, del druida espía Ceroceroseix y su mosca, del jefe Prorromanix, del inmundo Acidonitrix, de los normandos que querían conocer el miedo, y ay, como bien dices ningún recuento hace justicia. Mil gracias por comentar.

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