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Los intelectuales y el derecho (sobre la burocracia), Alejandro Rossi

Es lamentable caer en la desesperación porque no hemos entregado a tiempo un papel o porque un señor todavía no ha firmado un oficio. Es imperdonable que esas miserias produzcan angustias y, a veces, desgracias. Es metafísicamente escandaloso que causas insignificantes tengan tanta importancia en nuestras vidas. La burocracia –salvo en paraísos sin duda artificiales– es esa desproporción, esa alquimia que transforma a un vejete pálido o una cincuentona gelatinosa en personajes decisivos e inevitables. Un universo de reyezuelos, sellos, prosa nauseabunda, cuchicheos equívocos, falsos problemas, reglamentos, pasillos, salas de espera, sillones grasientos, incertidumbre y despotismo. He soportado ese mundo, pero sobre todo he padecido a los cónsules.

Cuando fui a la Secretaría de Gobernación, al cabo de cinco meses de estar en México, los cónsules aún eran figuras mediocres y neutras. La metamorfosis comenzó cuando me informaron que sería más rápido cambiar la “calidad migratoria” en algún consulado cercano a la frontera. Laredo, por ejemplo. Me indicaron la lista de los documentos necesarios y en un tono tranquilo y amable enfatizaron que en tres días lo arreglaría todo. Pensé, sin ninguna malicia, que la sugerencia era algo rara: la oficina central le dejaba la solución a una sucursal periférica. Acepté el consejo, sin embargo. Llegué a Nuevo Laredo, me recogieron la tarjeta de turista, cruzamos el puente y entré a las dependencias migratorias norteamericanas. El empleado comenzó a revisar el pasaporte, se detuvo en mi fotografía, pasaba las páginas después de haberlas examinado a fondo, las vio todas, aun las que estaban en blanco. Lo cerró, no dijo nada, volvió a abrirlo e inició una segunda lectura. Menea la cabeza y me pregunta por qué me otorgaron una visa válida sólo por cinco días. Le explico que en realidad necesito apenas unas horas, presentar mis documentos en el Consulado de México y regresar, si es posible, hoy mismo. La respuesta no le gusta nada. Quiere saber más, y entonces le cuento que estudio en la Universidad y que vine a Laredo porque así me lo señalaron. Le repito que el trámite es muy simple. Ahora no habla, se concentra, yo también me quedo callado, no sé qué añadir, no entiendo cuál es la dificultad. Pregunta, de pronto, qué ocurriría si el cónsul de México no me concediera la visa de estudiante. Le digo que el problema no es ficticio, no hay bases para plantearlo, no me falta ningún papel. Insiste. Le sugiero, entonces, que se comunique con el cónsul: la reacción es una sonrisa extraña, como si mi propuesta fuera la prueba que esperaba. Se levanta y me informa que él no puede dejarme entrar a los Estados Unidos. Le pido que me permita hablar con el cónsul o que un policía me acompañe al Consulado. Otra vez la sonrisa. El caso será turnado a una autoridad superior, haga el favor de esperar en el corredor. Una hora después me introducen a un cuarto en el que se encuentran seis o siete personas. Están de pie, en silencio, y a los costados de la puerta hay dos agentes uniformados. Al fondo está una mesa colocada sobre una plataforma y detrás de ella, sentado, un hombre canoso y flaco. Ordena unos papeles, no levanta la cabeza, dice unas palabras que no entiendo, una fórmula jurídica –creo– para iniciar el acto. A continuación pronuncia el nombre de alguien. Cuando llega mi turno, el procedimiento es el mismo: lee una media cuartilla que resume las conversaciones sostenidas con el funcionario de inmigración y, sin agregar absolutamente nada, concluye negándome el permiso. Me acerco para protestar, señalo que no puedo volver a México, pregunto cuál es la razón de esa decisión y lo único que logro es una explosión de rabia: he sido juzgado, me llevarán hasta el puente y ellos pagarán la cuota para atravesarlo – diez centavos de dólar, si no recuerdo mal.

El jefe, desde el primer momento, aseguró que mi caso era claro y sencillo: se comunicaría con el cónsul y mañana o pasado podría volver a la capital. Que no saliera de Nuevo Laredo, que, por favor, regresara al día siguiente, que encantado de conocerme. Esa noche dormí tranquilo. Una sensación de alivio que se reforzó cuando el jefe anunció la buena noticia: el cónsul estaba de acuerdo y probablemente vendría esa misma tarde. No vino, pero no me alarmé. Un cónsul, claro lo entiendo, es un hombre ocupado. Charlé con la secretaria, salí a comprar una novela policíaca y me refugié en el café. El segundo y tercer día no cuentan, porque me informaron que el jefe había salido de la ciudad. Mucho trabajo. ¿Y el cónsul? No, no sabían nada. Por la tarde, aunque era inútil, regresaba a las oficinas para evitar el calor de la calle. Una o dos horas, paseaba por el corredor, hablaba con los empleados, veía cómo atendían a los turistas. Simpático, el jefe, se asombró de verme –¿no había venido el cónsul?–, lo llamaría por teléfono, que no me fuera, era una cosa rápida. Expuso el asunto con corrección y hasta con fervor, estaba sin duda de mi lado. Sí, no era posible que siguiera esperando. El cónsul estaría aquí mañana. Cuando me marché, a las tres de la tarde, aún no había llegado. Ya no volví ese día, fui al cine y luego me senté en la plaza. El jefe me animaba, no entendía por qué me habían aconsejado la frontera, qué mala suerte lo del cónsul, bueno, así sucedía a veces, se acumulaba el trabajo, un poco de paciencia, no era para tanto, el octavo día fue definitivo. A las doce y media el jefe me recibe, lamenta la ausencia del cónsul y me pregunta, con cierta exasperación, si tengo dinero. Le digo la verdad: apenas para pagar los gastos indispensables. Levanta las cejas, respira hondo, promete insistir. En la calle encuentro al agente con quien había hablado el primer día. Regresaba de vacaciones. Un alma a la vez caritativa y ávida. Fui al correo y puse el telegrama. A las veinticuatro horas llegó la respuesta. Me esperaba en su oficina a las cuatro; no mencionó ni al cónsul ni al jefe. Me extendió una tarjeta de turista. Saludé a la secretaria y me enteré de que el jefe nunca se había comunicado con el cónsul. El hotelero, al liquidarle la cuenta, se burló un poco de mí: le hubiera avisado, él conocía a todos.

Incidentes pequeños, de acuerdo, pero los animales asustados saltan ante cualquier ruido. Cónsules y agentes migratorios han sido, en este siglo de persecuciones y asesinatos, personajes infinitamente importantes. Pueden condenar o salvar. Como siempre, ha habido de todo. Casos Ilustres y porquerías inolvidables. Unos agentes franquistas intentaron extorsionar a Walter Benjamín y solo lograron que se suicidara.

Fragmento tomado de su Obra Reunida, publicada por el Fondo de Cultura Económica.

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