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Los grillos que nos dieron patria

Por Alejandra Eme Vázquez:

En 1992, el músico estadounidense Jim Wilson grabó a los grillos que por las noches escuchaba afuera de su casa y se le ocurrió bajar la velocidad al reproducir la muestra. El resultado fue editado, publicado y conocido como el “Coro celestial de grillos”, ya que el sonido emanado de estos insectos y reproducido a una velocidad menor asemeja a un coro humano como los de las iglesias, resultando en una verdadera maravilla sonora que se acentúa al conocer su origen.

Es decir que tras el ruido de cada grillo hay una voz. Es decir que los grillos juntos hacen armonía cuando se les escucha con mayor atención. Y cómo resistirse a trasladar la metáfora a ese otro uso que damos al término “grillos”: los que se unen para organizarse fuera de los márgenes institucionales, los que hablan de aquello que incomoda justo en el momento en que más incomoda: los conspiradores. ¿Será que tras esta otra grilla también se esconde una melodía digna de apreciarse?

Pienso en todo esto porque estamos a punto de celebrar las Fiestas Patrias. Habrá, como todos los años, gobernantes ondeando la bandera en imitación de aquel cura Miguel Hidalgo de la madrugada del 16 de septiembre, pero evitando gritar “¡Muera el mal gobierno!” como, dicen que, sí se gritó en 1810. Pero si regresamos a lo que sucedió antes de las campanadas que convocaron a una lucha cuyo desenlace ya conocemos, no tendremos más que aceptar que toda la historia independiente de este país tuvo su origen en un coro de grillos.

Se reunían primero, o eso nos han dicho, en Valladolid-hoy-Morelia y luego en la casa del “corregidor” Miguel Domínguez y su esposa Josefa, en Querétaro. Al mando de los intrigosos estaban Ignacio Allende, Ignacio Aldama y el popular sacerdote Miguel Hidalgo fungiendo como una especie de relacionista público. El objetivo era tomar las armas en diciembre y destituir a ciertos españoles de ciertos cargos que creían hechos para los criollos como ellos. Todo indica que el objetivo no era independizarse de la Corona española en un primer momento; la historia de después ya nos la sabemos.

Pero entonces, ¿a qué se le llamaba “conspiración”?, ¿qué hacían los conspiradores en sus reuniones? Pues la única forma que encontraron fue la misma que los grillos de Wilson, pero consciente: esconder, tras la fiesta, el coro humano. Con la pantalla de bailes y diversión vacua de criollos conformes, tuvieron que hacerle al agente secreto y reunirse a ratos en los sótanos de la casa en turno, y entonces discutir las estrategias, tomar acuerdos y volver al baile a procurarse una máscara que al final no les resultó como esperaban. Terminaron por descubrirlos.

Es curioso que lo popular de la Independencia sea más la revuelta que la conspiración. En los libros de Historia de educación básica, por ejemplo, se menciona la “conjura” de estos personajes variopintos como un mero trámite para lo que “de verdad importa”: el Grito de Dolores y sus consecuencias, la épica del pueblo que lucha, los héroes que nos dieron patria aunque no lo buscaran. La conspiración se reduce a la anécdota cuya narrativa se pone buena hasta que la descubren. Pero reproduciéndola a menor velocidad es fascinante: esos grillos también dan un concierto.

La fama de la grilla, sin embargo, es justamente que se acuerda mucho, se habla mucho, pero a la hora de la acción, si es que termina en acción, pocas cosas de ese discurso se recuperan. Hay desorden y conflicto entre los líderes, como lo hubo entre el solemne Allende y el exhibicionista Hidalgo cuando supieron que, cual thriller policiaco, los habían descubierto y un traidor abrumado y miedoso había ido a confesarlo todo. Pero lo cierto es que para entonces ya tenían cierta dotación de armas y cierta dotación de ideas que hicieron que la improvisación encontrara un camino favorable. No necesariamente para ellos como individuos, pero sí para la colectividad.

No se duda que en la mente de los conspiradores había más orden que el que resultó, y que lo que deseaban realmente era tomar los puestos que creían que les correspondían antes de que los actores de verdad marginados, quienes estaban incluso imposibilitados para conspirar, pusieran esperanzas mucho más altas en esas fisuras que sus pensamientos y acuerdos provocaron. Porque detrás de la pelea había ideas y detrás de las ideas hubo lecturas, impulsos, planes.

El concepto de patria tal como lo conocemos, con la historia que nos hemos contado y las circunstancias que hemos convenido ciertas, está entonces sustentado en un concierto de grillos. Y sin excepción, cada movimiento social tiene detrás una armonía de voces que lo respaldan aunque no necesariamente la armonía signifique absoluta consonancia ni un orden predeterminado. El orden viene después y se revela a la escucha atenta. Lo que me queda claro del experimento de Wilson es que habría que escuchar los aparentes escándalos con más detenimiento; y de la conspiración, que no por nada se le da más foco a la lucha armada que a la operación intelectual y colaborativa que la precedió.

Incluso el término “conspiración” ha adquirido a lo largo del tiempo una connotación negativa, casi siempre refiriéndose a un grupo que desea dominar o perjudicar a otro a través de acuerdos malignos; de ahí la “conspiranoia” de sospechar de todo aquello que pudiera tener más de una cara o de todo aquel que parezca saber algo que el resto no sabe. Pero escuchemos con más calma: quizá encontremos detrás del ruido grillero un coro. Y para que haya coro tiene que haber voces, y las voces significan diversidad, y diversidad quiere decir opciones. Pero hay que saber reconocerlo.

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