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Los enemigos de Monet

Por Deniss Villalobos:

“I must have flowers, always, and always.”
Claude Monet

Hay ciertas personas que me recuerdan a los campesinos que talaban sus árboles para que Monet no pudiera pintarlos. Creían que si él hacía un cuadro donde aparecía una carreta, por ejemplo, entonces Monet debía pagarle al dueño de esa carreta. Y si pintaba flores, debía pagarle al dueño del campo. Supongo que, de haber podido, también habrían pedido dinero para Dios por pintar el mar o la luz del sol.

Los nuevos enemigos de Monet no piden dinero pero se enojan. Se enojan si alguien fotografía una flor o su plato de comida. Se ofenden si un día una ciudad gris amanece llena de color por un arcoíris y las redes sociales se llenan de imágenes con diferentes ángulos del mismo. Pegan el grito en el cielo si alguien se emociona porque cae nieve o porque existen las jacarandas, porque los papás toman mil fotos de sus hijos o porque muchos, alguna vez, han subido a instagram una imagen del atardecer con el hashtag #sinfiltro.

Ayer Sofía Téllez lo explicó mejor que yo:

“Otras cosas que le molestan a la gente enojada por las fotos del arcoíris incluyen pero no se limitan a: los niños sonrientes, los cachorros bebés, el abrazo de un amigo y el atardecer junto a un ser amado.”

Y aunque entiendo que algunos clichés nos hacen voltear los ojos, no entiendo esas ganas de vivir enojado por lo que los demás hacen. Casi todos los clichés pueden disfrutarse en algún momento: se puede saber que todo mundo le toma una foto al mar pero aún así tomar una más, y al mismo tiempo cerrar los ojos y escuchar las olas. Se puede dar like a las fotos de bebés aunque ya no sepamos de quién es hijo o no nos parezca tan bonito. Se puede agregar un video más de un perrito persiguiéndose la cola aunque sepamos que internet no necesita otro.

Entre tantas malas noticias, todos los días, se agradecen los momentos que tenemos para ver el cielo, las calles llenas de hojas moradas o los gifs de gatos bebés quedándose dormidos. Qué fortuna poder sonreír con poquito sin dejar de esperar cosas enormes. Compartir tonterías con nuestros amigos. Tomar un respiro. Qué desgastante que todo moleste o parezca ridículo, que los buenos ratos ajenos se conviertan en dolor de cabeza.

Qué terror, en resumen, talar árboles para que nadie pueda pintarlos.

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