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Los cien años de Nicanor

Por: Alejandra Eme Vázquez

Yo no permito que nadie me diga

Que no comprende los antipoemas

Todos deben reír a carcajadas.

Por eso me rompo la cabeza

Para llegar al alma del lector (…)

Además una cosa;

Yo no tengo ningún inconveniente

En meterme en camisa de once varas.

Nicanor Parra

Como José Revueltas, Julio Cortázar, Octavio Paz, Efraín Huerta y Adolfo Bioy Casares, el poeta chileno Nicanor Parra celebra un centenario de nacido este 2014; el 5 de septiembre, para ser exactos. Ser el único de los seis canónicos escritores latinoamericanos que llega al siglo con vida le da un misticismo del que él mismo se burla, fiel a su trayectoria de antisolemne declarado que ha sustentado siempre en sus exploraciones de escritura y discurso. A pesar de ello, no me es posible dejar pasar la semana de su cumpleaños sin que esta columna le haga un homenaje… ¿O antihomenaje?

La discusión sobre lo que es y no poesía ha ido cambiando a lo largo del tiempo. Si bien ha habido, hay y habrá quien pretenda dictar reglas únicas para hacer literatura, especialmente en lo poético, tan comúnmente ligado a las “musas” y a lo “sublime”, no existe una armadura inamovible en la que los poetas deban entrar: hay muchos modos de ser poeta y de hacer poesía, modos conscientes y profesionales. Parra, nacido justamente el año en que estalló la Primera Guerra Mundial, que a su vez fue parteaguas en el auge de movimientos poéticos que rompían lo tradicional, aportó a esto su grano de arena en Latinoamérica primero con su Antipoesía y luego con ese modo tan suyo de ser y hacer.

En un país que ya había tenido la dicha de dos premios Nobel literarios y la tragedia atroz de la dictadura, Nicanor Parra (físico y matemático de formación) pensó y asumió que su compromiso como poeta era proponer una oposición a la solemnidad y el elitismo que él veía en la poesía en general. La llamó Antipoesía por renegar de esa forma grandilocuente, forzadamente culta y hasta vacía que quiere basar lo poético en lo incomprensible y en la idea de que sólo unos cuantos elegidos pueden producirla y entenderla: los antipoemas tomaban de las formas tradicionales sólo aquellas cosas que pudieran reinventar y las devolvían frescas, sin limitarse en las formas, por lo que podían llegar lo mismo en traje de anuncio publicitario que de soneto visual.

Con la Antipoesía, Parra exploró un genuino deseo de buscar en el lenguaje vivo el motor del poema, de establecer una conexión palpable con el entorno y de darle la espalda a toda forma de literatura que se asuma superior al mundo. En ese sentido es una gran ocurrencia y un gran enfoque, y aunque eso no la exenta de crítica, es más fácil que resulte entrañable porque en ella la colaboración declarada está, sobre todo, con quien lee. La poesía de Parra es un guiño cómplice a quien se le acerque. Y en todas sus entrevistas y discursos, el propio autor personifica los atributos de la Antipoesía con un desparpajo, una autocrítica y una lucidez que no pueden provocar sino sonrisas y admiración.

Por esa autenticidad, que es decir coherencia entre lo que expresa y lo que hace, es que Parra no ha caído en la temida contradicción. Para muestra, uno de muchos botones: En 1969 Mario Benedetti le hizo una entrevista para la revista Marcha y le preguntó si a poco tiempo de publicar su obra reunida y de ganar el Premio Iberoamericano de Poesía no sentía que se iba a “monumentalizar”, cosa de la que Parra siempre ha huido. El chileno respondió que justamente para evitarlo estaba tomando las medidas de rigor. “¿Nos puedes anunciar algunas de esas medidas?”, insistió, incisivo, Benedetti. “La primera: dormir mucho”, respondió Parra, mostrando que mientras uno se tome la propia persona con las reservas del humor, no hay forma de desconectarse de sí mismo. O cuando recientemente, al enterarse en 2012 de que había ganado el Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda, dijo: “No es la primera vez que me dan un premio que no merezco y espero que no sea la última”.

Parra me confirma también esa máxima en la que creo ciegamente sobre nunca hacerse esclavo de las propias ocurrencias. La Antipoesía le sirvió como inicio y luego la dejó atrás para ir hacia otras exploraciones, como los Artefactos y otros poemas que ya no necesitó poner a pelear con ningún discurso previo porque ya había encontrado ese mecanismo que le permitía acceder a visiones siempre actuales. En sus palabras, es una especie de “ecología del lenguaje” donde puede quitar lo que no sirva a la comunicación y sobre todo arriesgar, como le dijo a Ana María Foxley en 1989: “Cada texto yo quiero que quede y entonces me esfuerzo porque esto ocurra, o sea, me juego entero en un texto poético”. Por eso es que ha logrado un admirable equilibrio entre el reconocimiento crítico, el de sus colegas y el de su pueblo, que de verdad lo adora. Basta ver la de fiestas que se están preparando en Chile para celebrarlo y que lo encuentran tranquilo, con la mejor salud y ánimo que uno podría esperar de un siglo.

Homenajear a nuestros favoritos siempre hace que nos brillen los ojos y deseemos contagiar, motivar a otros a acercarse a lo que nos parece entrañable. Ésta no es la excepción. Creo firmemente que la poesía de Parra tiene superpoderes en el sentido de que llega con una fuerza siempre actual y fresca en muchos niveles: se divierte, juega consigo misma, logra éxitos lingüísticos asombrosos, transparenta, comunica ideas y sorprende. Hay convicción, cuidado, recursos y riesgo en cada texto, lo que se traduce en una gran experiencia de lectura. No es el único poeta que logra esto, pero sí es el único que este 5 de septiembre podrá cumplir cien años y contarlo.

Y si vives cien años, Nicanor, cien años pensamos en ti.

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