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Lo que me enseñó el anarquismo

Por Adriana Med:

“Creo que con el tiempo mereceremos no tener gobiernos”.

Jorge Luis Borges

 

El pasado 5 de noviembre un incidente opacó a la movilización pacífica en la Cd. de México por los 43 normalistas desaparecidos. A saber, mientras miles de personas marcharon hacia el Zócalo sin mayores percances, un grupo de aproximadamente 50 encapuchados que, según nos dicen, se autodenominan anarquistas, quemó un metrobús y su respectiva estación (Ciudad Universitaria). ¿Qué pretendían hacer con eso? ¿Protestar? ¿Desahogarse? ¿Desacreditar a la marcha? ¿Instaurar algo de caos? No lo sabemos. Lo que sí sabemos es que los afectados por ello resultaron ser el movimiento de acción global por Ayotzinapa (ante los medios de comunicación) y las personas que necesitan usar esa estación para dirigirse a su escuela, casa o trabajo. Sería injusto adjudicarle este suceso al movimiento, por un lado, como muchos han hecho, e irresponsable minimizarlo o justificarlo por el otro. Seamos francos, es un asunto delicado: no hubo heridos pero pudo haberlos habido.

No es la primera vez que supuestos anarquistas cometen actos de este tipo y por lo tanto es comprensible que el anarquismo se haya ganado una reputación tan mala. Si un orden sin Estado es posible, ha de darse naturalmente cuando la sociedad esté preparada. Forzarlo es caer en la opresión e imposición que se critica. Estos “anarquistas” que violentan, destruyen y ponen en peligro la vida de los demás, no hacen más que demostrar que la existencia del Estado todavía es necesaria. Perder la cabeza es perder la batalla.

Pero sería ingrato quedarme solamente con eso, con el anarquismo de bombas y camiones en llamas, cuando hay un anarquismo congruente que me ha enseñado algunas cuantas cosas valiosas, como el hecho de que no necesitas ser vigilado para hacer lo que debes hacer. Imaginen un mundo que no necesita gobernantes, policía ni ejército porque cada quién se gobierna a sí mismo. Un mundo en el que prevalece el respeto y el apoyo mutuo. Un mundo en el que nadie asesina, roba, viola, maltrata, manda o explota. Un mundo, en fin, en el que todos hacen lo correcto porque saben que es lo correcto, y no porque hacer lo contrario esté prohibido y sea penado. ¿Bonito, verdad? Bueno, pues ese es el ideal anarquista, la máxima expresión de la organización y la libertad. Quizá sea inalcanzable pero  podemos aplicar esta filosofía en el día a día, en cada decisión que tomamos. Entre más personas lo hagamos menos necesitaremos ser gobernados. Si hay utopías que te ayudan a caminar, ésta es una de ellas. Caminemos, entonces.

Son tiempos difíciles en los que tenemos que estar más unidos y activos que nunca, pero desgraciadamente nos hemos dividido, peleamos entre nosotros. Además de los apáticos para los que ya no hay nada que podamos hacer, he observado dos grandes vertientes en la opinión pública: quienes ven en la lucha violenta la única solución, y quienes creen que el cambio solo puede ser individual, predicando con el ejemplo y nada más. Ambos polos suelen descalificar a la protesta pacífica, que consideran inútil, y a veces pareciera que compiten por ver quien desmoraliza más a quienes la practican. No pueden comprender que un padre busque a su hijo, que miles de personas se solidaricen y alcen la voz. En lo personal me parece triste que en vez de motivar a los jóvenes a involucrarse más en lo que pasa de manera no violenta, les enseñemos a lavarse las manos y ensordecerse o a perder la mesura. Ninguna protesta social es mágica, es cierto, pero la historia nos ha enseñado que tampoco es estéril. Ser pacífico no significa ser pasivo.

El cambio individual y las manifestaciones no son mutuamente excluyentes y, en cuanto a la violencia, considero que es muy importante  no convertirnos en aquello que repudiamos. ¿Protestar o cambiar cada uno? Las dos cosas: exigirle al gobierno y, al mismo tiempo, autogobernarnos. 

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  • Rodrigo

    Estoy de acuerdo con el artículo, pero por mucho que le temamos a la idea de otra revolución violenta: esta también ha demostrado no ser “estéril” en muchas ocasiones aunque, como ha pasado multiples veces en nuestro país, no garantiza un “final feliz” sino que a veces es contraproducente (Ahí tienes lo que pasa en Egipto, por dar un ejemplo actual).

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