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Lo que crece

Por Deniss Villalobos:

Florecerán los besos
sobre las almohadas.

Miguel Hernández

I

Cuando era niña pensaba que mi abuela era bruja. Primero porque Roald Dahl me dijo que debía sospechar de todas las mujeres a mi alrededor; hasta la dulce maestra Lupita, que me ayudaba a hacer bolitas de papel en el kinder, podía ser una. Y qué miedo aunque también qué emoción porque después, gracias a no sé qué película, me hice una idea menos terrorífica de las brujas: no eran criaturas aterradoras que querían comer niños, sino mujeres viviendo en los bosques, amigas de los animales y que llevaban sombreros adornados de hojas color otoño y moras. Mi abuela era una mezcla de esas dos versiones; la mujer cercana a mí, que parecía una persona normal, pero en realidad se dedicaba a curar y hacer crecer cosas en su cocina. Me quitaba la tos con un té de flores y el dolor en los dientes con la corteza de algún árbol; si me ardía la piel porque había pasado mucho tiempo bajo el sol, mi abuela salía a su jardín, cortaba un pedazo de sábila y santo remedio.

Pero, de entre toda la magia que mi abue sabe hacer, mi favorita de niña era el ver cómo las hojas o tallos que se convertían en plantas. A veces encontraba hojas o ramas que se habían caído de alguna maceta, y yo corría a dárselas a mi abuela para que ella las pusiera en un vaso. Creo que eso era todo lo que hacía, poner una hoja en un vaso con agua. Y todos los días me gustaba ver cómo la raíz iba creciendo y con el paso del tiempo a la hojita le salían más hojitas hasta convertirse en una planta como aquella de la que había caído.

Ahora creo que mi abuelita es tan bruja que no solo ha multiplicado plantas y flores, sino también personas; de ella salieron mi mamá y mis tías, y de ellas crecimos mi hermana, mi primo y yo, y de mi hermana vino mi sobrina y si un día deja de multiplicarse la carne siempre nos quedarán raíces en vasos de agua.

II

Sospecho que todo crece de manera más sorprendente cuando somos niños porque mis recuerdos de cosas floreciendo vienen de tiempos en los que mi papá me pelaba mandarinas. La temporada empezaba en octubre y noviembre, cuando me robaba las que poníamos en el altar para los muertos, pero en especial durante las vacaciones de fin de año cuando me pasaba el día entero en pijama y mi papá compraba kilos para que mi hermana y yo comiéramos fruta en lugar de dulces mientras veíamos la tele o leíamos o jugábamos.

Me gustaba ver a mi papá pelando mandarinas. Era más divertido que comer naranjas porque no las partía por la mitad con un cuchillo; tenía que quitar toda la cáscara y el olor que ésta dejaba en la casa era delicioso, encima duraban más tiempo porque en lugar de exprimirlas con rapidez las comíamos gajo por gajo. Lo único que siempre odié era ver las semillas en el plato después de comer. Me ponía triste porque significaba dos cosas; una, ya no había mandarinas, y dos; tenía que levantarme, ir al bote de basura, y tirarlas.

Qué fácil suena ahora, pero juro que cuando era niña sonaba a tortura. ¿Dejar la comodidad del sillón para ir a hacer algo tan horrible como tirar semillas de mandarina? No gracias. Tomaba todas las semillas y las escondía dentro de los espacios que quedaban entre cada asiento del sofá. Claro que, no mucho tiempo después, mi mamá las encontraba y me regañaba y yo siempre decía “símamáperdóntejuroquenolovuelvoahacer”, pero siempre lo volvía a hacer y estoy segura de que aún hay semillas en ese sillón de la vieja casa. A lo mejor, como a veces imaginaba, crecieron nuevas mandarinas y ahora la sala de mi infancia es un campo lleno de árboles esperando por mí, mi papá y las vacaciones de fin de año.

III

Quizá Dahl tenía razón y todas las mujeres somos brujas, pero mi tía es especial porque es una bruja blanca. Ella no controla las plantas en los vasos, pero le habla quedito a los árboles y les pide por favor que crezcan un poquito, también se pone vestidos largos y le cuenta cosas a la luna o habla con los gatos. Muchas veces he pensado que está loca, pero al final bailo con ella o canto o le cuento secretos no a las personas sino a animales. Tenemos varias cosas en común pero mi favorita es ésta: cuando a veces me quedaba a dormir en su cuarto la cortina en la ventana me daba terror porque veía en ella caras que se movían y parecían retorcerse de dolor. Las caras no estaban de día pero durante la noche, cuando intentaba dormir, se asomaban para pedirme ayuda, atrapadas entre enredaderas con espinas que las hacían sangrar. Mi abuelita decía que era mi imaginación y mi mamá se reía; mi tía, desde luego, siempre me creyó porque ella también las veía, igual que los duendes o los fantasmas que yo juraba ver cuando ardía en fiebre o las brujas, malvadas de verdad y no buenas como las que vivían conmigo, que danzaban en el cerro por las noches. Supongo que las dos llevamos en el corazón la misma quimera en forma de semilla.

IV

Hace años mis vecinos tenían un jardín y un árbol gigante, tan grande que tuvieron que cortarlo porque sus raíces levantaban el pavimento no solo en su casa sino también en la mía y la casa siguiente. No extraño tanto al árbol pero lo recuerdo porque el talarlo fue el principio del fin: sin árbol que combinara con el jardín creo que los papás de mis vecinos se pusieron tristes y decidieron deshacerse de ese pedazo de tierra que, si no tenía tantas plantas, llevaba dentro de él algo más importante: todas nuestras mascotas. Mi hermana, los dos vecinos de nuestra edad y yo, habíamos enterrado ahí cada animal que tuvimos en la infancia. A algunos incluso les celebramos un funeral. Había pájaros, gatos, ratones y cuando ya no éramos tan chicos incluso enterramos un perro. Pensábamos que si permanecían ahí el tiempo suficiente alguna noche con muchos rayos y truenos terminarían por despertar, y qué haríamos con un montón de animales zombie era algo que no nos preocupaba porque lo importante era que regresaran.

Ahora ese jardín está cubierto de cemento y sobre él se construyeron habitaciones, nuestras mascotas no despertaron y de ellas tampoco crecieron ramas de las que brotarían ratones y perritos bebé. Tal vez decidieron quedarse muertos, o tal vez, con un poco de suerte, cuando abrieron los ojos y se dieron cuenta de que estaban atrapados decidieron construir una ciudad subterránea y ahora viven felices debajo de nosotros. Las cosas también pueden florecer hacia dentro.

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