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Lo que callamos las docentes

Por Alejandra Eme Vázquez:

Día del maestro. Día de honrar, congratular y encumbrar una de las actividades más estereotípicas de cualquier sociedad, de ésas que aún hoy se creerían indispensables si hiciéramos esa dinámica de elegir 10 profesiones para iniciar una nueva civilización. Pero por más que los comerciales de la Reforma Educativa pinten un ambiente de aula maravilloso por el que nunca pasa el tiempo y que se transforma con el rayo reformizador, la verdad es que esto de la docencia no siempre es miel sobre hojuelas y casi nadie habla de eso; a cambio, se idealiza el trabajo frente a grupo y se sataniza a quienes cuestionan o protestan, estigmatizándolos como lacras del profesorado.

Porque lo que conviene es, como en todo, ni moverle; más ahora que la Reforma Educativa está pidiendo ambientes esterilizados y asépticos en los que los docentes cumplamos un estándar de “calidad” no muy distinto al de las máquinas en una cadena de producción. Y con mayor vigilancia. Así que por todo esto, y como después de 18 años de ejercerla me he dado cuenta de que dar clases se trata más de salir mucho más embarrada que limpia, en este día del maestro les voy a contar en exclusiva siete secretos del lado oscuro de la docencia (pero no le vayan a decir a nadie):

  1. No se trata de mí

En estos tiempos que corren, saber hacerse a un lado es crucial porque implica desplazar la atención, sobre todo la propia, en intereses y circunstancias ajenos. Es muy fácil, especialmente si se le tiene un poquito de aprecio a la docencia, dejarse seducir por el reflector que nos regala. No importa qué, estamos al centro de la escena cuando damos clase y la tentación mayor es convertirlo en asunto nuestro: que qué bien lo hacemos, que cómo nos quieren, que cuántos hilos negros descubrimos, que qué bárbaras y qué bárbaros. Pero no se trata de nosotros, o al menos no de esa manera. Lo verdaderamente difícil de dar clases es poner el foco en donde debe estar, que es en que cada estudiante tome su lugar como protagonista de su propio proceso de aprendizaje y que encontremos plena satisfacción en ser observadores, narradores y acompañantes, sin afanes de martirización ni heroísmos.

  1. El papeleo, Wazowski

La verdad es que ser profe se trata en buena medida de encontrar maneras honrosas y significativas de estandarizar todo lo que sucede en el aula. Como hay que justificar un número al final de un periodo cuyo tiempo nunca es suficiente, es necesario tener todos los instrumentos a la mano para respaldar la credibilidad porque “calificar” a ojo de buen cubero no es confiable y mucho menos ético. Cada estudiante debe producir al menos unas veinte páginas por periodo, entre rúbricas, listas de asistencia, exámenes, trabajos entregados y todas las evidencias posibles para defender el caso si es preciso. Cuando se dice que ser profesor es un papel inmenso, seguro se refiere a la cantidad de hojas y tinta que se emplea en llenar formatos, entregar documentos y vaciar resultados en plataformas que nunca, nunca, NUNCA se acaban.

  1. Normar sobre cuerpos ajenos

“¡Siéntate!”, decimos; “y guarda silencio”, agregamos, con un tono más o menos amenazante, cuando una de las ovejitas a nuestro cargo parece querer salirse del carril. Y nos obedecen porque hay que obedecernos, porque lo dicen los padres, los directores y el superyó. Pero el asunto de tener control sobre sus cuerpos, sus voces y sus silencios es una locura. El grado máximo, especialmente en educación básica, es que tenemos el poder de decidir cuándo los alumnos van al baño y cuándo no, cuándo “realmente tienen necesidad” y cuándo “están fingiendo sólo para salirse de clase”. ¿Y yo cómo voy a saberlo, realmente saberlo? Aunque hay que hacerlo y las escuelas ponen reglas al respecto, no deja de ser un asunto delicado que al menos a mí me va a incomodar mientras me dedique a esto.

  1. Erre con erre, regaño

Regañar es un arte que requiere precisión de equilibrista. Se cae en la crueldad o en el ridículo con una facilidad tan pasmosa, que hay que respirar profundo y considerar las circunstancias antes de dar rienda suelta al modo Tronchatoro. Primero habría que ver si tenemos de verdad la atención del sujeto, porque a veces nos arrancamos contra el absoluto vacío; después habría que considerar que el regaño está diseñado para recuperar lazos y “llamar la atención”, no para destruir vidas ni para cosechar triunfos. Si no tenemos un objetivo, no regañemos. Si queremos acabar con el prójimo, no regañemos. Y si después de hacer una reflexión sincera descubrimos que nuestro enojo viene de un berrinche propio porque queremos que todo sea a nuestro gusto, regañémonos a nosotros mismos. Sobre todo, hay que recordar la máxima que se podría aplicar en muchos otros contextos: se sanciona siempre a la conducta, no al individuo.

  1. Inocentes angelitos

Si la docencia está idealizada, ni se diga de las infancias y las juventudes. Pero en realidad, las alumnas y alumnos no la tienen fácil. Como la teoría Mean Girls lo ha demostrado, la escuela es una jungla y los adultos nos enteramos de un ínfimo porcentaje de las atrocidades que suceden ahí; sí, es cierto, también nosotros lo vivimos alguna vez, pero lo dejamos guardado en una conveniente cajita de Pandora que no tenemos intenciones de abrir. Por eso es que nos impacta tanto enteramos con qué lidia un niño, un adolescente o un joven cuando algún problema es tan grande que deja de ser subterráneo: acoso, violencia, manipulación, dudas existenciales de las buenas y otras joyas, todo ello en un contexto en el que están atados de manos para actuar porque todavía no son autónomos ni independientes. Y, ¿qué hacemos con esto en el aula? Quizá no podamos resolverlo, pero al menos podemos dejar de jugar a tratarlos como subnormales.

  1. Ser el sesgo

Nos encantaría decir que estamos salvando al mundo con nuestra labor, que abrimos la mente al conocimiento-con-ce-mayúscula y que somos el sustento de la sociedad. Tal es el simulacro del aula, pero lo cierto es que lo que llamamos educación formal es un mecanismo que prepara a los jóvenes para insertarse en un sistema que segmenta los saberes en asignaturas y reduce a diplomas la capacidad. El sistema educativo es un embudo que termina favoreciendo a unos cuantos y ahí está la docencia, en medio, facilitando el campo para que esto suceda. La única manera de que esto nos haga menos cómplices es explotar el lado comunitario de la labor educativa y que el compromiso vaya hacia allá, que se creen espacios en los que cada estudiante acceda a la maravilla de su individualidad y aprenda a resguardarla, porque eso es lo que hará más frecuentemente en su adultez. Que la pase bien, pues, que se sienta bien, que cuestione y discuta, que voltee a verse a sí y a los demás propósito de una clase. No sé si sea suficiente, pero ¿qué lo es?

  1. Pedestal o cadalso

La Reforma Educativa actual reproduce un discurso de amor-odio que ha estado en boga desde que el mundo es mundo. Por un lado, se ensalza la labor frente a grupo y en nuestras manos está el futuro y blablablá; y por otro, el esquema se está moviendo hacia cumplir estándares que distraen de lo más importante de esta profesión, que es el trato con personas. Lo peligroso es que se puede caer en tal despersonalización, que todos se sientan con derecho a cuestionar hasta cómo nos vestimos, por qué hicimos tal o cual ejercicio, vimos tal o cual película, leímos tal o cual libro, revisamos de tal o cual manera, aunque todo esté argumentado en la planeación y en el programa y hasta en la carta astral. Créanme, todas esas son cosas que me han pasado a mí. Porque constantemente somos vigilados y cuestionados, lo que no estaría mal si no fuera porque por otro lado nos pintan como un ejemplo a seguir cuando la verdad es que sólo somos parte de una comunidad que crea reductos para cobrar sentido y no necesita de miembros perfectos. Así que hagámonos un favor y no contribuyamos a la idealización ni de los docentes ni de nadie, ni hoy ni jamás.

¿Que por qué?, ¿cómo que por qué? Pues porque aquí yo soy la miss y se callan.

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Feedback

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  • Lorena

    Una vez más me sumergí en tu columna, en este texto dedicado al (lado oscuro)del docente me gustaría saber tu punto de vista sobre algo que sucedió hoy en la universidad, ligando un par de cosas que apuntaste.
    Estudio comunicación en UAM, esta mañana hubo algo que me produjo un mal sabor de boca, viene relacionado al punto número cuatro, el de los regaños; en breve te comento que el profesor rompió la nota seca que yo había redactado para la clase de hoy en periodismo, frente a todo el salón. No estuve presente del hecho ni supe las razones,.
    Llegando al punto cuatro, me pregunto si tomarlo como algo cruel o algo ridículo, quisiera saber si llegar a romper la nota era algo necesario. ¿Romperla tiene algún objetivo pedagógico que pasé por alto? ¿Es exagerado si llego a considerarlo un poco violento?
    Esto me lleva al punto siete, ese sentirse con el derecho de cuestionar al docente o sus prácticas en el aula puede no llegar a ninguna parte, aunque no encuentro tampoco muy grato ignorar lo que pasó.

    Espero saber tu opinión y gracias por tu columna.

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