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Lo imborrable

Por Alejandra Eme Vázquez:

¿Eliminar a ________ de tu lista de amigos?

¿Dejar de seguir las publicaciones de ________?

Al bloquear a ________ no podrá ver tus publicaciones ni tú las suyas, ¿deseas continuar? 

¿Segura de que quieres silenciar a ________?

Ayúdanos a entender el problema con ________, ¿cuál es el problema a reportar con esta cuenta?

La gran tentación de las redes sociales es creer que de verdad puede desaparecer aquello que nos disgusta, nos afrenta o nos critica. Un clic y el extraño enemigo es eliminado, bloqueado, silenciado, reportado, ocultado. Un clic y no vuelves a preocuparte por cualquier incomodidad que nos haya hecho sentir rechazados, lastimados o molestados. Un clic, un movimiento mínimo del dedo y se esfuman las preocupaciones. Un clic y las encuadradas preferencias se imponen a las incontrolables posibilidades. Al menos en apariencia.

Bloquear, eliminar, reportar, silenciar, dejar, borrar: hay una carga importante de agresión en las palabras que se usan para los actos virtuales de desaprobación y control de daños. Cortar de tajo la existencia de lo incómodo parece ser ingrediente categórico de la tranquilidad propia; si no somos así de definitivos, podríamos pasarla mal pensando que muy a pesar nuestro, eso ajeno que nos es tan ingrato todavía existe. Por supuesto, en esta simulación de la autocomplacencia dejamos de lado el hecho irrefutable de que al negar la existencia de algo, la verdad es que lo estamos reafirmando; y entre más tajantemente la neguemos, más se nos hace tangible.

La otra cara de la moneda es que también nosotros podemos desaparecer a conveniencia. En Facebook, por ejemplo, elegimos quién puede ver lo que publicamos y a quién le pasará desapercibido aquello que no queremos compartirle; también es fácil borrar o privatizar nuestras cuentas en cualquier red, aunque las plataformas estén diseñadas para que volvamos a lo público en cuanto se nos pase el mal rato y hasta el trámite de autoeliminarnos consume en todos los casos un tiempo considerable, como si la consigna fuera desactivar cuanto antes el impulso por buscar la existencia en otros sitios, incluso en aquella otra plataforma donde somos de carne y hueso, donde por más que lo deseemos no podemos evitar toparnos de frente con lo que nos disgusta.

Tampoco es fácil aceptar que el mundo del perfil creado a modo para la virtualidad se nos contamine con lo que no queremos en nuestra vida. ¿Qué no el pacto es, justamente, elegir con qué nos quedamos? ¿No el trato de tener un espacio exclusivo incluía el privilegio de suprimir todo lo que no soportamos? Sí, pero también parece cada vez más una responsabilidad el no dejarnos hacer oídos sordos ni ojos ciegos al resto de la realidad. Porque lo que termina pasando con ese aparente bienestar es que nos deja en un punto tan cómodo, tan sin estorbos, que termina activando nuestro lado indolente, indiferente, inmóvil. Eso también, como todo, hay que cuestionarlo.

Y la verdad es que lo bloqueado, lo eliminado, lo dejado de seguir, lo reportado y lo oculto es demasiado importante. El precio de ser tajante en la superficie es que el olvido se vuelve imposible en lo profundo, y entonces tenemos dinámicas tan disparatadas como estar demasiado al pendiente de aquello que según nuestro discurso oficial queríamos ignorar, o crear otros medios para tener acceso a lo que nosotros mismos nos prohibimos y estar constantemente revisando lo que se supone que ya no queríamos ni ver. Y si por alguna razón conquistamos algo parecido al olvido, éste se revierte en cuanto accedemos a un mínimo indicio de lo que continúa estando latente porque lo único que hicimos fue enterrarlo vivo.

Es cierto que vamos a seguir desamigando personas, como también seguiremos renunciando a algunos aspectos de la inabarcable realidad y aceptaremos que hay cosas que se escapan a nuestras manos o a nuestro entendimiento, porque así es la vida y porque si algo ha probado la existencia virtual es su capacidad para rebasarnos. Pero no nos vayamos con la finta de que tomar estas decisiones equivale a desaparecer por completo a alguien o a algo, porque es radicalmente distinto pensar en una verdadera eliminación a asumir solamente, sin culpas pero sin afanes de censura absoluta, que no fuimos capaces de diversificar nuestras relaciones con la alteridad.

No está mal elegir las compañías que preferimos y la información con la que estamos dispuestos o capacitados para lidiar, pero el lenguaje de la virtualidad se parece bastante a un pacto con el diablo en el que nos prometen las perlas de la virgen, ¿y a cambio de qué? De nuestro consumo, nuestra información personal y nuestro tiempo, que no es poco precio. Hacerle el juego completo a eso es una decisión que está en nuestras manos, y hay que encargarse de meditarla; creernos con el poder de desaparecer lo non grato de un plumazo no nos hace distintos del Estado tiránico que intolera cualquier manifestación contraria a sus intereses. Pero se puede hacer distinto: que dejar de ser amigos de alguien no se convierta en un acto violento ni aplastante, que lo que ha caído de nuestra gracia no se vuelva leña de escarnio insensible y que evitar ver noticias sobre algo en particular no mute en una vacuna contra la empatía. Tampoco se trata de ser mártires ni de soportar gratuitamente, pero no está de más procurarnos un poco de incomodidad voluntaria para no olvidarnos nunca de que lo humano se cimienta también, y en gran medida, en aquello que nos revuelve el estómago.

Feedback

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  • Lorena Robles

    Buena lectura, conisidero que hace falta extender la reflexión en cuánto a la violencia que mencionas en la palabras de borrar, bloquear y otras. Sobre todo
    por el consumo masivo que hacemos de las redes sociales. Me recordaste el texto de Amor Líquido con autoría de Bauman en el que pone sobre la mesa la reciente fragilidad de las relaciones humanas hablando sobre la generación que se enfrenta al cambio efímero, donde no nos tomamos el tiempo para permitir que una relación cuaje y se fortalezca.

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