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Lo bello, ¿decae?

Por Alejandra Eme Vázquez:

En el cuento “La zarpa”, José Emilio Pacheco presenta a dos amigas que siempre estuvieron separadas por la línea entre la fealdad y la belleza: Rosalba tiene un destino específico por ser hermosa y Zenobia, quien es la voz narrativa de la historia, basa su trayectoria y actitud en su fealdad. Ambas podrían calificarse como “buenas personas” (o al menos, no intencionalmente malas), pero el físico es lo que las determina a ellas y a su relación. Zenobia asegura que la sociedad hace que alguien físicamente feo se vuelva también una persona horrible y desprecia a su bella y generosa amiga, quien por cierto también tiene sus propias desgracias debidas al rostro y al cuerpo que no eligió. La única reconciliación posible se da cuando ambas se liberan del estereotipo, aunque no de la manera más tranquilizadora: la amiga fea se encuentra a la amiga bonita en la última etapa de su vida y ve con placer que los rasgos mantenidos por tanto tiempo han desaparecido; es decir, ambas son ya físicamente horribles en términos de la convención social. “Me apresuré a besarla y abrazarla. Había acabado lo que nos separó. No importaba lo de antes. Ya nunca más seríamos una la fea y otra la bonita. Ahora Rosalba y yo somos iguales. Ahora la vejez nos ha hecho iguales”, dice Zenobia al final de su narración, dejando un sabor dulceamargo en los lectores. Porque sabemos que de entre todas las dicotomías creadas por las sociedades, la de la belleza y la fealdad es una de las más acendradas y estereotípicas.

El concepto de belleza es un monstruo de múltiples cabezas, es cierto, pero podríamos convenir en que de inicio crece asociado con la juventud como idea de plenitud, es decir, bajo el entendido de que en una etapa de nuestra vida, nuestros rasgos faciales y nuestro cuerpo se encuentran en su estado óptimo para desarrollar las actividades que hacen al humano un ser productivo, social y funcional. Además, sus criterios difieren según el género pero sin duda afectan directamente a hombres y mujeres, al punto de generar clasificaciones basadas en el solo acontecimiento de la apariencia; y más específicamente, de la apariencia reflejada en criterios de juventud convenidos también de acuerdo con la época y el lugar. Lo cierto es que como en “La zarpa” y como en los poemas barrocos de rosas que irremediablemente se marchitan, podríamos decir más o menos convencidos que conforme avanza la edad, el cuerpo se deteriora sin excepción y por lo tanto, la edad avanzada suele democratizar los conceptos de belleza. O sea que el juicio de valor sobre el físico de los otros, que implica una apropiación de los valores de belleza vigentes, se modifica e incluso se olvida con el paso del tiempo. En su Historia de la fealdad Umberto Eco rescata el pasaje del Crepúsculo de los ídolos donde Nietzsche asegura: “Todo indicio de agotamiento, de pesadez, de senilidad, de fatiga (…) Todo esto provoca una reacción idéntica, el juicio de valor ‘feo’… ¿A quién odia aquí el hombre? No hay duda, odia la decadencia de su tipo”.

Hasta ahí quedaría el asunto si no fuera porque justamente en respuesta a esta decadencia, se ha ido construyendo el afán por vencer al destino irremediable de la fealdad totalitaria y hemos desarrollado una cultura en que el ideal común es encontrar fuentes de eterna juventud, lo que es decir de juventud aparente. Desde cremas milagrosas hasta remedios naturales “contra” la vejez, pasando por supuesto por las cirugías estéticas, se han creado métodos para “combatir el paso del tiempo” o “envejecer con gracia”, curiosos términos para referirse a mantener una apariencia lo más cercana a una juventud en la que las convenciones sociales nos asignaron una dosis de belleza que no deseamos perder o bien, que buscamos potenciar. Y ya que hemos construido también la cultura de los ídolos en constante exposición a públicos cada vez mayores, que pueden memorizar sus rostros y fundar sobre ellos cánones de belleza y actitud, resulta que ahora podemos hacer juicios respecto a apariencias físicas ajenas y, siguiendo otra vez a Umberto Eco, aunque ni conozcamos al sujeto en cuestión ni nos afecte la manera en que luce, “nos sentimos autorizados a manifestar desapasionadamente que aquel rostro (o cuerpo) es feo”. Así ha sucedido con personas cuya presencia en los medios masivos es constante, como muy recientemente Renée Zellweger, que apareció ostentando un rostro que ya no reconocemos suyo; Luis Miguel, actuando en sus recientes conciertos con un sobrepeso que no le conocíamos; o Uma Thurman, luciendo rasgos que comienzan a alejarse de La Novia enterrada viva o de esa intensa mirada fija en Travolta mientras bailan.

Y entonces, casi en automático aparece el discurso que condena estos intentos presuntamente fallidos por conservar la juventud y peor aún si han echado mano de procedimientos “no naturales”, como si un lujoso tratamiento de spa, el maquillaje, la iluminación manipulada o una crema carísima fueran producto del curso natural de la especie. Y no falta quien hace la lista comparativa de estrellas que sí han envejecido “bonito” como Audrey Hepburn, Marcello Mastroianni, Sean Connery, Sophia Loren o Monica Bellucci en contraposición a Meg Ryan, Cameron Diaz, Marlon Brando, Mickey Rourke y los ya mencionados, más los que se nos acumulen esta semana. Como sus rostros y cuerpos han estado expuestos al escrutinio público y como pertenecemos al público que tiene la posibilidad de pagar por verlos, parece muy fácil y hasta válido juzgar qué tanto han conservado la belleza estandarizada que tuvieron en su plenitud, cuando todos resaltábamos su hermosura o galanura; pero además, los implacables estándares exigen fidelidad a la naturaleza, pues la conservación de belleza suele descalificarse cuando procede de una fuente de la juventud “forzada”, especialmente de cirugías. En este concepto conservador y reducido, la hermosura suele descalificarse cuando lo hermoso “hace trampa” para serlo o para seguir siéndolo. Y en lugar de sentir el alivio de Zenobia, que una vez puesta de lado la belleza se olvida de la envidia y al fin puede apreciar a su amiga, parece que la decadencia en el cuerpo ajeno nos activa una saña especialmente destructiva. Casi una venganza.

No creo que haya quien escape a este banquillo de los acusados, en mayor o menor medida, y siempre será todo un tema porque en las críticas a la apariencia va de por medio lo que nos es más personal: nuestro rostro y nuestro cuerpo, que es decir nuestro envase, lo que en principio nos hace reconocibles e individuales. Tampoco creo que sea posible parar de tajo el juicio hacia la apariencia ajena, tan acostumbrados como estamos a poner en juego los cánones aprendidos durante tanto tiempo; pero quizá sería un buen ejercicio procurar pensar de otras formas cada vez que nos sintamos movidos a lapidar verbalmente a alguien porque no posee (o ha perdido) la forma de belleza que nos parece “reglamentaria”, ¿según quién? Qué peligroso es el imperio del canon cuando olvidamos que sólo es un invento y que finalmente nos llegará el momento de vernos unos a otros sin distinciones, todos iguales ante un tiempo destinado a transcurrir.

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