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Lejos de las luces

Por Deniss Villalobos:

Hace apenas unos días leí un libro famosísimo de Ernest Hemingway. Ni idea de por qué no lo había leído antes si llevaba años en mi librero (no me sorprendería, de hecho, haberlo leído y no recordar nada de la trama), pero el chiste es que lo leí y me gustó muchísimo pero también odié a todos los personajes excepto uno. The Sun Also Rises va sobre gente que hace unos años me habría parecido genial y ahora me dieron flojera. Personajes que se quejan de todo cuando no tienen ningún problema real, que viven de café en café, de bar en bar, de fiesta en fiesta, siempre pasándola bien, sin trabajar, pero por alguna razón siempre son miserables.

Creo que la razón por la que los personajes me parecieron tan odiosos es que, de alguna forma, y aunque lejos de París, he sido así de insoportable muchas veces. Me he quejado por tonterías pensando que es el fin del mundo y he pasado mucho tiempo pensando que tristear en un café te hace cool. También me he enamorado de personajes principales en libros donde, pensándolo bien, lo mejor estaba realmente en unas pocas páginas con personajes más pequeños. En esta novela, Hemingway nos dio a uno de esos personajes: Bill Gorton. Bill aparece en la mitad de la novela, pero es solo en dos capítulos que tiene algo de protagonismo. Al lado de Jake Barnes, Bill pasa unos días en Burguete, España, antes de que todos los personajes se dirijan a Pamplona para asistir a la famosa fiesta que durará siete días.

Bill es gracioso y bromista, de una forma casi infantil, como si Jake estuviera al lado de su hermano pequeño, pero también es mucho más maduro y centrado que el resto del grupo. Aunque también es escritor, y viaja y convive de vez en cuando con los demás personajes, no está atrapado por eso que él llama “falsos valores”, ni se obsesiona con pasarla bien todo el tiempo, los cafés o las mujeres. Aunque suene gracioso, me recuerda a Snufkin. El mejor amigo de Moomin que, en las historias de Tove Jansson, solo aparece cuando se le da la gana y el resto del tiempo prefiere estar solo y seguir su propio camino. Esos dos capítulos con Bill y Jake pasando el tiempo en una posada, yendo a pescar, quedándose dormidos bajo un árbol y haciéndose amigos de un inglés, son la mejor parte de The Sun Also Rises.

Esos personajes son los que, desde hace algún tiempo, me gustan más. Personajes que parecen pequeños pero te hacen sentir una calidez que muchos protagonistas nunca logran. Me gustan los Luna Lovegood de las historias, los niños como Phoebe Caulfield que, aunque no aparezcan por muchas páginas, están siempre presentes como una especie de guía o Pepe Grillo que acompaña a alguien más, los que ni siquiera tienen nombre pero con pocas páginas te hacen pasarla como muchas sagas con protagonistas que viven aventuras peligrosísimas que nunca lograrán, los chicos que, como en Tres rosas amarillas, solo tienen que ser amables y entregar un recado para que nunca los olvidemos, los Boris Pavlikovsky que aparecen tan poco y aún así se vuelven entrañables.

Lo mejor no está siempre siguiendo al atormentado poeta, o con el príncipe que se enfrentará al dragón, el muchacho que siempre está a punto de morir ni la chica que no sabe con cuál de los dos guapísimos pretendientes quedarse; también hay que ponerle atención a lo que pasa cuando un amigo que solo tiene unos pocos diálogos le da una clave importantísima al héroe, o cuando simplemente alguien ofrece un momento de paz en medio del caos: un día junto al río, un paseo por el bosque, una cena con pasteles que nadie toca pero huelen delicioso o una noche de cervezas en la que solo se habla y se habla hasta quedarse dormidos.

No estar bajo los reflectores, apartarnos del ruido y de la vista del mundo suena mucho mejor que tener toda la atención. Si mi vida fuera una novela o una película, definitivamente me gustaría ser solo un personaje secundario. Qué flojera ser el protagonista todo el tiempo, hacer y decir tonterías teniendo muchos ojos atentos frente a nosotros, o peor aún: decir y hacer esas tonterías justo para buscar atención. Qué pérdida de tiempo cuando bien puedes ser un payaso o un rey con el polvo y tu gato como testigos. Lo importante, creo, no es que seamos vistos y escuchados todo el tiempo, sino que cuando eso suceda alguien en el mundo sienta esa calidez que algunos personajes de ficción, o esos amigos que solo vemos de vez en cuando, nos causan a nosotros. Vivir lejos de las luces para, de vez en cuando, brillar en un cielo muy oscuro.

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