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Leer sin defensas

Por Alejandra M. Vázquez.

 

«¡Qué pedagogos éramos cuando no estábamos preocupados por la pedagogía!»
Daniel Pennac, Como una novela

 

Este año, como una celebración más por el aniversario 100 del natalicio de Octavio Paz, la Secretaría de Educación Pública editó una antología de sus textos a cargo de Danubio Torres Fierro que se envió a las escuelas públicas y privadas para repartirse entre los egresados de tercero de secundaria. Antes ya lo habían hecho con Las batallas en el desierto, de José Emilio Pacheco, que suele verse como garantía de lectura amable; pero en el caso de Paz, no sólo se trataba de un homenaje, sino de acercar a un autor que no suele asociarse con adolescentes. Y en esta empresa, la antología muestra claramente el discurso que suele construirse alrededor de la “promoción de la lectura”, con todo lo vago y espinoso que este término puede ser.

Tal vez la iniciativa sea “loable”, pero eso no la exime de crítica: difundir la literatura no es una obra de caridad, y aun las mejores intenciones pueden resultar contraproducentes. Interesa que los jóvenes lean con gusto a Paz, pero qué difícil es si durante 26 páginas el antologador se empeña en advertir que estamos ante un gigante de la literatura y cuando al fin llegan los textos, no tienen un criterio de selección claro: si el libro está hecho para un lector nuevo, como indican los preliminares, la antología en sí exige tanto que parece para ya iniciados. Me hizo pensar, valga la comparación, qué pasaría si intentáramos acercar a los niños al futbol explicándoles antes la historia de los grandes futbolistas a los que “nunca va a poder igualar”, detallándoles cada emoción que deben sentir al jugar y enfatizándoles que jugarán con una pelota ligera porque no pueden con un balón reglamentario.

Ser promotor es un ejercicio que involucra todos los sentidos, especialmente el tacto, y esta antología de la SEP es una muestra de las terribles confusiones que existen en el discurso oficial que pretende promover “la lectura”, comenzando justamente por el concepto de leer. «Puede ser éste el libro que te convierta en un lector para toda la vida, si no lo eres todavía», dice a modo de guiño el prólogo de Torres; es decir, lector-de-textos-literarios, pero eso no se aclara nunca. Entonces esa lectura que todos dicen que te hace mejor persona, pero que no es la de la práctica cotidiana (vemos palabras todo el tiempo), se vuelve algo incierto, borroso y en el peor de los casos, inalcanzable.

Vivimos en un país que según estadísticas “no lee lo suficiente” (textos literarios) y nos avergüenza; nos avergüenza también que el presidente tenga que hacer esfuerzos lastimeros para salir al paso cuando se le enfrenta con una pregunta sobre la literatura que prefiere y que hable de libros gente que a todas luces no lee por gusto. Entonces repetimos que en la educación está la clave de la superación y que leer (textos literarios) “abre mundos”, “te hace más humano”, “mejora la ortografía”, “te da cultura” y otras frases hechas, sin pensar que al decir esto segmentamos de más la realidad, pues como dice Daniel Pennac, hay gente que lee mucha literatura y es indeseable, mientras que muchos no lectores son entrañables seres humanos.

“A mí no me gusta leer”, dicen varios de mis alumnos cuando comenzamos clases de Español o Literatura en secundaria o prepa. Todos entendemos que se refieren a textos donde el autor ha construido un universo propio de lenguaje: “poesía, narrativa y teatro”, dicen los programas de estudio cuando se trata de definir qué es la Literatura así, en mayúsculas. Cosa que no queda muy clara. Pero tampoco los expertos en esos textos le han entrado al quite en la construcción de un significado accesible para el hecho de leer literatura, quizá porque creen que no les corresponde difundir o bien, que esas letras tan especiales no son para todos. ¿Será?

En la citada antología de la SEP parece, además, haber una actitud de derrotismo previo, como si se asumiera de antemano que los jóvenes no van a entender ni apreciar el libro. Al creer que los textos literarios “no pueden competir” con otras tecnologías recientes, se anticipa la conclusión pesimista de que ya no hay lugar para la literatura en la juventud; pero a la vez se sigue queriendo difundir por corrección política, y así pueden resultar discursos indigeribles que terminan llenando a los lectores potenciales de justificaciones y defensas previas que los textos no necesitan. La literatura no está compitiendo ni nos está pidiendo que la defendamos, mucho menos de los jóvenes: nos está pidiendo, en todo caso, que la compartamos.

Algunos dirán que los adolescentes adictos a Facebook, que escriben con kas y zetas y que no abren signos de admiración e interrogación no van a poder conectar con Paz de ninguna manera. No es así. Con lo que no van a conectar es con el discurso hipócrita de quienes defienden "La Lectura" desde la barrera ya sea porque piensan que leer literatura es elitista de por sí o porque ellos mismos no lo hacen. Y así se cae en criticar que “no la aprecien”… ¿Cómo hacerlo, si les pedimos tantos requisitos de ingreso y les decimos que sólo se vale apreciarla de cierta manera?

Se provoca interés real e irresistible sólo si aquello que difundimos es personal. No hay de otra. Así que lo primero en la lista para difundir la lectura de textos literarios es encontrar en nosotros por qué nos gusta leerlos; es casi seguro que las respuestas sean múltiples, incluso contradictorias, pero tenerlas presentes hace que el objetivo de la difusión sea claro o bien, que desistamos de ella a tiempo. Como la crítica del crítico, la difusión exige del difusor un ejercicio de autoevaluación y honestidad, lo que ya es ganancia.

Pero por favor, dejemos de prejuzgar a los jóvenes en función de estereotipos lejanos: no es verdad que la lectura y escritura literarias no sean ya atractivas para ellos, al contrario. Si yo puedo encontrar decenas de ejemplos en mi trabajo como profesora, en los más jóvenes de mi familia y hasta en conversaciones que escucho al pasar, imaginen cuántos podremos encontrar si buscamos con más detenimiento. Algunos no la preferirán y es su derecho, pero eso no justifica rodear a la literatura de murallas innecesarias como si la fueran a destruir; eso no sucederá. No es ni siquiera necesario idealizarla: ella está tan viva, dispuesta y atractiva como siempre, a pesar de sus defensores de oficio.

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  • Coppelia

    Pienso de pronto en una mujer guapísima, inteligente y divertida, muy simpática. Y en lo fácil que le sería hacer amigos y conseguir galanes si sus tías guardianas no fueran por el pueblo diciéndole a todos los muchachos que “no la van a dejar salir con cualquiera” y no le tiraran toda su ropa bonita, e insistieran en que se ponga los vestidos que heredó desde su tatarabuela. No sé de dónde me viene la imagen a la cabeza…

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