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Lecciones que he aprendido en la televisión

Por Nerea Barón:

Me gusta ver series. Ni siquiera tienen que ser demasiado buenas para atraparme. Me han atrapado dramas televisivos bastante sosos, aunque en el fondo una parte de mí se esté aburriendo mientras los ve. A veces es el mismo aburrimiento el que me atrapa, la espera permanente de que por fin las piezas caigan en su lugar, de que haya una catarsis que nunca llega del todo.

Me gusta ver series porque, a diferencia de las películas, dependen de la continuidad, de que cada conflicto o cada solución sea provisional, para que puedan dar pie al siguiente conflicto o a la siguiente solución. Me gusta cómo en la mayoría de ellas los personajes están atrapados en un contexto determinado: viven en el mismo edificio, trabajan en el mismo hospital o en la misma oficina, comparten por azares del destino la misma casa o están en la misma prisión, y eso les obliga a permanecer. A quedarse después del conflicto. A convivir con el enemigo, con el ex, con la amiga con la que están peleados.

En ese contexto –y borrando todas las hipérboles narrativas propias del entretenimiento–, las series suelen contener grandes lecciones vitales, como por ejemplo:

  1. Todos los roles son intercambiables. Eso ya lo había reflexionado leyendo a Hegel, pero en un buen drama televisivo es muy bonito de ver: cada personaje tiene sus motivos y todos son a su manera entrañables. Es probable que quieras que el protagonista triunfe en el amor –por ejemplo–, porque es al que has seguido de cerca en todas sus desdichas, pero en el fondo si su gran amor acabara con otra persona, también tendría sentido. Ser el bueno o ser el malo es sólo una cuestión de perspectivas. En el fondo, lo trágico es que sólo somos personas siendo personas, los encuentros y desencuentros poco tienen que ver con moralidad.
  2. El ser querido (amigo o amante) no necesita complacerte para quererlo. Los personajes de las series –como las personas– suelen ser neuróticos, torpes, mujeriegos, mentirosos, desordenados o impulsivos. Pero resulta que son amigos entre sí. O colegas o vecinos o familiares. Están involucrados los unos con los otros y eso los obliga a lidiar con la frustración que les provoca el otro y abrir espacio para la diferencia. Al final, aprenden a quererse pese a los vicios de cada uno.
  3. El conflicto es una oportunidad para la dialéctica. Tal vez hablo desde mi posición de urbanita millenial, pero en mi contexto todos corremos ante el conflicto, nos mudamos cuando no congeniamos con el roomie, bloqueamos a quien no nos simpatiza, pero en las series, por cuestiones circunstanciales (y narrativas), no pueden hacer eso. Entonces se da la dialéctica: los adversarios acaban hablando entre sí, los amigos acaban perdonando los abusos, los exes aprender a llevar la fiesta en paz. Hay vida después de la guerra; a veces ahí es cuando comienza realmente, no antes.

Seguramente lo que digo está lleno de excepciones, pero no importa. Las series son el pretexto, un espejo que –exagerado o no– nos devuelve nuestro reflejo.

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