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Las Rotaciones Peligrosas

Por Oscar E. Gastélum:

“Nosotros no jugamos para darle gusto a la gente, al contrario.”

– Jesús Dueñas, futbolista y seleccionado nacional mexicano.

Hace un par de años publiqué un texto en el que relataba cómo fue que la desastrosa eliminatoria mundialista que casi dejó a México fuera de Brasil 2014 cambió mi vida para siempre. Y es que en aquellos días aciagos, mi desencanto con el futbol nacional alcanzó un punto sin retorno y finalmente logré lo que durante años creí imposible: deshacerme de la noche a la mañana del pesado fardo de mi afición por la selección mexicana, un equipo al que, hasta ese momento y desde la más tierna infancia, le había sido masoquistamente fiel a pesar de que a lo largo de los años me dio poquísimas satisfacciones y me abrumó con constantes fracasos y decepciones. Y es que hay pocos sentimientos más sólidos que el misterioso y ciego afecto que uno puede llegar a sentir por un equipo de futbol. No es raro que la gente se divorcie, cambie de amigos y hasta que se distancie de sus hijos o sus padres, pero difícilmente dejará de amar los colores de un equipo al que se aficionó desde niño.

Pero eso no quiere decir que sea imposible, es difícil pero puede llegar a suceder, lo digo por experiencia. Y es que mi gozosa liberación llegó cuando menos la esperaba, pues ya me había resignado a amar al equipo mexicano incondicionalmente y hasta el fin de los tiempos. Todo esto a pesar de que el popular “tri” siempre ha sido, y seguirá siendo, un fiel reflejo de los peores vicios del país, esos que tanto aborrezco, y de que sabía muy bien que nuestro futbol está irremediablemente condenado al fracaso y a la mediocridad perpetua, gracias a la miopía e insaciable voracidad económica de sus directivos y dueños, pero también a la amnesia y el conformismo de un público que ha hecho de la liga y de la selección un negocio insólitamente lucrativo pero jamás ha exigido calidad o respeto a cambio de su generosa pasión. Por todo esto es que me sentí tan liberado el día en que algo finalmente se rompió dentro de mí y el hartazgo terminó arrancando de tajo mi ingenua devoción infantil.

De eso hace ya cuatro años, y, para desgracia de millones de mexicanos que siguen amando al equipo a pesar de que este jamás ha correspondido su afecto, poco o nada ha cambiado desde entonces para bien del futbol nacional. Sí, es verdad que el impresentable (cerebro de) Piojo Herrera ya no funge como entrenador de la selección, pero para reemplazarlo, los brillantes directivos de la Femexfut, que se habían comprometido a contratar a un director técnico de renombre internacional, terminaron eligiendo a un perfecto desconocido de nacionalidad colombiana y de apellido Osorio, que resultó ser un charlatán delirante con ínfulas de genio incomprendido, y cuyo mayor logro, hasta ahora, ha sido sufrir la derrota más humillante en la historia del equipo en un torneo oficial, me refiero desde luego al infame y desastroso siete a cero en contra de Chile. Una goleada que en un país con amor propio le habría costado el trabajo instantáneamente al Director Técnico.

Pero Osorio además es un bufón necio y caricaturesco, un iluminado que parece ciegamente convencido de que el sentido común es una facultad indigna de intelectos excepcionales como el suyo. Y es que francamente no encuentro otra explicación para sus alucinantes y nocivos experimentos, como alinear constantemente a sus jugadores en posiciones que no dominan o insistir en hacer “rotaciones” de hasta ocho o diez futbolistas entre partido y partido. Confieso que las ridículas excentricidades de Osorio (ver los partidos en cuclillas, meterse la corbata en la camisa sin razón aparente, jamás separarse de su pizarroncito blanco y escribir sobre él con el gesto cinrcunspecto y reflexivo con el que un gran matemático resuelve la más compleja de las ecuaciones, etc.) me divierten y me hacen reír muchísimo, pero compadezco a los aficionados que aún aman al equipo y sueñan con verlo participar dignamente en los torneos importantes.

Pero el entrenador es solamente el eslabón más débil en una larguísima cadena de culpables. Aquí debo confesar con cierto pesar que cada día me siento más ajeno a los valores y los gustos de los aficionados mexicanos, una tribu a la que alguna vez pertenecí. Y es que en los últimos años la afición nacional ha aderezado su proverbial amnesia y su incurable conformismo con un repelente y bochornoso grito de guerra que no es más que un burdo desplante de homofobia cerril, y, por si eso fuera poco, a pesar de los constantes regaños y amenazas de la FIFA, se ha aferrado a esa bajeza soez como si el mismísimo orgullo nacional dependiera de ello. Pero ahí no para mi discordia con mis compatriotas aficionados al futbol, pues dudo mucho que sea una inocente casualidad que los dos futbolistas mexicanos a los que más admiro y respeto, Guillermo Ochoa y Javier Hernández, sean universalmente detestados por los seguidores de la selección, mientras que jugadores a los que yo jamás querría en un equipo mío, como Giovsni dos Santos y Carlos Vela, son unánimemente idolatrados.

Javier Hernández no necesita que nadie lo defienda, pues sus impresionantes números hablan por sí mismos, y pasarán muchos años antes de que otro jugador mexicano logre igualarlos. Le arda a quien le arda, ningún otro mexicano puede presumir de haber triunfado en la maravillosa y exigente Premier League, y de haberlo hecho enfundado en la playera del Manchester United y bajo las órdenes de Sir Alex Ferguson. Ochoa, por su parte, no sólo es un gran portero, además es un tipo con una mentalidad muy diferente a la del jugador mexicano promedio, pues siendo el máximo ídolo que ha tenido el América desde los tiempos de Cuauhtémoc Blanco, pudo haberse quedado cómodamente estancado en México, ganando muchísimo más dinero que en Europa, cobijado por el poder mediático de Televisa y rodeado de aduladores y grupies. Sin embargo, Memo prefirió abandonar su zona de confort y tratar de cumplir su sueño europeo enfrentando valientemente todos los obstáculos que ha encontrado en el camino. Y eso, a mí, me parece insólito y profundamente loable.

Pero no hay nada más opuesto a la admirable fortaleza mental de un Chicharito o de un Ochoa, que la antipática mediocridad e ínfima mentalidad de un “Gio” o un Vela. Y es que el primero estaba llamado a encabezar la malograda “generación dorada” del futbol mexicano, pero tras años de inconsistencia e indisciplina prefirió abandonar Europa y sacrificar sus años de plenitud a cambio de dólares fáciles y una glamorosa vida en Los Ángeles, y ahora languidece en la horrorosa MLS, convertido en un exfutbolista prematuro. Mientras que el segundo, un dechado de técnica y talento trágicamente lastrado por un cerebro de mosco, rechazó la oportunidad de jugar en el Arsenal, la escuadra que lo llevó a Europa originalmente, porque estaba muy cómodo en San Sebastián, mimado por un equipito de medio pelo. Además, en Londres hace frío, llueve mucho, la prensa y la afición son muy exigentes y qué flojera tener que aprender inglés. No es casual que ambas promesas fallidas hayan fracasado de manera tan rotunda en Inglaterra (lo único memorable que hizo Giovani en el Tottenham fue dejarse fotografiar cayéndose de borracho al salir de club nocturno londinense), mientras el “Chicharito” hacía historia en uno de los equipos más poderosos de la isla. Sí, el público mexicano los venera, pero yo jamás podría admirar a gente así.

Recapitulando: Sí, Osorio es un charlatán que debió ser despedido hace mucho tiempo y quienes piden su cabeza tienen razón, pero está lejos de ser el único o el principal responsable del injustificable atraso en que está sumido desde hace décadas el futbol nacional. Incluso me atrevería a afirmar que la mayor culpa tampoco recae en nuestros corruptos e ineptos directivos y ni siquiera en nuestros infladísimos jugadores. No, el verdadero culpable, desde mi punto de vista, es un público sin memoria ni dignidad que sigue pagando por ver un espectáculo de tercera categoría sin exigir calidad a cambio, y que encumbra a futbolistas mediocres y muy limitados intelectualmente, para luego perdonarles sus múltiples fracasos y hasta sus desplantes de vedettes sobrepagadas. Y es que aunque a muchos les duela reconocerlo, jamás tendremos un futbol de primera sin una afición exigente…

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