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Las que te adornan

Por Alejandra Eme Vázquez:

“¿Cómo se dice?”, insisten padres, familiares lejanos, profesores y hasta personas desconocidas cuando alguien de corta edad recibe un favor, un regalo o una salvación. “¿Cómo se dice?”, y una que a esa corta edad no sabe bien qué es lo que esperan que diga porque además no tiene referentes suficientes para saber si eso que se le está otorgando es un privilegio fuera de serie o viene en el set básico de ser persona que nadie le ha explicado, porque tampoco nadie lo tiene muy claro. Y se queda una viendo a los mayores con ojos azorados, hasta que le dan una pista o un discretísimo pellizco que le hace recordar: “Gracias”. Así es como se dice.

Luego se aprende que las “gracias” quedan siempre muy cortas cuando somos nosotros quienes recibimos un favor, un regalo o una salvación, pero son absolutamente prescindibles cuando somos quienes lo dan. Es decir, de la educación emocional y pragmática se desprende que todo acto generoso merece que el destinatario se deshaga en agradecimientos excepto cuando lo ejecutamos nosotros, porque hay que ser humildes aunque eso conlleve una tremenda confusión y una tremenda culpa de sólo pensar que también nuestros actos se pueden responder con el mismo agradecimiento que ofrecemos y que nunca es suficiente. Pero no. ¿Cómo se dice, sin excepción, cuando te agradecen?: “De nada”: “No hay de qué”: “No agradezcas”: “No importa, de verdad no importa”: “A tus órdenes”: “Cuando se ofrezca”. Así es como se dice.

Lo que pasa con las palabras es que no se sabe si abren, cierran, atraviesan, parchan o sólo se deslizan sobre aquello que buscan nombrar. Siempre deletreamos igual un “g-r-a-c-i-a-s” pero no siempre pasa que corone realmente un cúmulo de sensaciones y reflexiones que nos han llevado a decirlo. Pronto aprendemos también que todas estas fórmulas pueden lanzarse sólo de dientes para afuera, porque lo que se espera es un mero sonido, un simulacro que sostenga el frágil hilo de la convivencia humana; al final, no hay tiempo ni espacio para que importe demasiado. Ya nadie externo tiene que insistirnos porque ya sabemos cómo es que se dice y sabemos, además, que no es obligatorio comprometer nada cuando lo decimos.

Lo que pasa, pues, con las palabras que nos enseñan desde antes de que podamos decidir sobre nuestras convicciones, esas palabras que se dicen por tradición, ésas que se activan en automático, ésas que nos hacen repetir hasta que se vuelven sonsonete, es que terminan perdiendo sentido a fuerza de repetición y se vuelven un vacío. Con suerte, uno que puede volver a llenarse. Articular “perdón”, “por favor”, “gracias” y todo aquello que respondíamos al “¿cómo se dice?” de la niñez puede convertirse en ese hueco fastidioso y con razón, pero luego resulta que cuando renunciamos a la palabra gastada pero no nos cerramos a la sensación, ésta vuelve a significar lo que se creía perdido.

Si bien nos va, podemos hacernos cargo. Desechar de una vez lo que nos han enseñado sobre la gratitud y decidir de qué se trata cuando sentimos que la sentimos porque como todo, al final es nuestra. Y entre más la miremos nuestra, más podemos organizarla, manejarla: nombrarla, pero nombrarla atravesándola. ¿Ves ese mariposeo en el estómago cuando una persona te regala su amistad?, ¿esa sonrisa que se te aparece sin pedir permiso tras una conversación placentera?, ¿ese alivio que sientes cada vez que te hacen reír?, ¿esa decepción que te permite poner en claro algo que se revela fundamental?, ¿esa sensación de reconocer que alguien a quien no estimas hizo por ti algo hermoso que no olvidarás, pero que tampoco te ata de ninguna manera? Puede ser que de eso se trate la gratitud, tu gratitud al menos, y entonces deja de ser lastre para ser motor. Porque agradecer es, también, ofrendar un profundo respeto a la autonomía y voluntad de los actos generosos.

Quizá en cada experiencia estimulante, en cada sorpresa, en cada esfuerzo y en cada aprendizaje esté burbujeando un diminuto o enorme “gracias” que puede o no tener destinatario concreto y que puedes o no decir, pero que al reconocerlo funda una pequeña parcela en la que se hace visible todo lo que hacen los demás por ti, voluntaria o involuntariamente, y viceversa. Porque también tú eres parte de una red, también haces, también te sonríes y te agradeces. Y (re)aprendes que la gratitud no se impone sino que se elige, que puede decirse o no de muchas maneras y que su función específica es renovar la fe en la humanidad porque activa este “tú a tú” que te hace sentir, ¿cómo se dice?: importante. Y a veces (muchas veces, casi siempre), eso es todo lo que necesitas para respirar, respirar de veras, y seguir en el mundo.

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