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Las playas de la espigadora

Por Deniss Villalobos:

Yo vivo, por lo tanto, recuerdo.
Agnès Varda

Tengo suficiente espuma de mar en mis venas
como para entender el lenguaje de las olas.
Jean Cocteau

“El cine es mi casa”, dice Agnès Varda casi al final de Les plages d’Agnès, documental autobiográfico que vio la luz en 2008. La Agnès que vemos en pantalla, de casi ochenta años, decide contarnos sobre las playas de su vida, la playa que podríamos encontrar dentro de ella.

“If we opened people up, we’d find landscapes. If we opened me up, we’d find beaches… Memory is like sand in my hand. I keep some and some is going. The beaches are the thread, and it’s true that I’ve been on beaches all my life. I know that if I need the ideal place, it’s the perfect one for me. This has nothing to do with swimming or surfing or sailing. It’s the pleasure of watching the beach, which means watching the sky and the sea, and if you go at a different time, it can be different light and weather, it can be white or it can be flat. I love it when it’s almost flat. It’s so pure that it’s like the beginning of the world. And it allows me, as a metaphor, to believe that I was always on the beach in my mind.”

En estas playas podemos ver a Agnès hablando sobre fotografía y el escultor Alexander Calder (hay una foto maravillosa tomada por Varda en la que Calder sonríe mientras sostiene una de sus pinturas dimensionales); sobre Alain Resnais y  Godard; sobre las Panteras Negras y feminismo; sobre su amor por los gatos y Chris Marker, quien interviene en forma de felino animado. Agnès sonríe y baila junto a sus hijos, juega como una niña y nos cuenta cómo se siente interpretar el papel de una mujer mayor, nos revela tanto como calla mientras anda por un museo disfrazada de papa.

Las playas de Agnès son un ensayo surrealista que a través de espejos, trapecistas, fotografías, música, pinturas y palabras, todo con restos de arena, nos deja ver recuerdos y fragmentos de memoria que ayudan a ir armando el adorable rompecabezas que es el corazón de Agnès Varda. La historia de su nombre-ciudad y cuándo decidió cambiarlo, los veranos en Bélgica y la guerra, su fascinación por el circo, sus películas… Varda usa estas playas para contarnos su historia, para compartirnos las razones por las que el cine es su hogar, y para explicar por qué amar el cine es amar a Jacques Demy (con quien lamenta no haber podido envejecer) hasta el final.

Viendo a Agnès en este documental me cuesta reconocerla en sus fotos de su juventud, no porque se vea distinta (de hecho conserva el peinado con el que todos podemos identificarla), sino porque hablándome desde la playa me parece más joven y viva que nunca. Pareciera que en ella la historia no cansa sino que refuerza. Incluso ahora, casi diez años después de estas playas, la Agnès que podemos ver en instagram luce todavía más alegre y jovial. Supongo que es una de las ventajas de llevar en las venas espuma de mar.

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