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Las pequeñas hazañas

Por Alejandra Eme Vázquez:

Aquí estamos el uno frente al otro, dándonoslas de orgullosos y mientras tanto, la vida sin preocuparse de nosotros… Por mi parte, cuando llevo mucho tiempo trabajando incansablemente, el pensamiento se me hace más ligero y me figuro que ya sé para qué existo. ¡Cuánta gente, sin embargo, hay que no sabe para qué existe! Bueno, es igual: para remontar el curso de la vida no hay que saberlo.

Antón Chéjov, El jardín de los cerezos

Por todos lados se oye que los humanos en general, y muy en particular los humanos mexicanos, no sabemos trabajar en equipo. Y es comprensible, pues soltar el control en el que parece moverse nuestra individualidad para ceder el espacio a otros resulta realmente complicado. Por eso es que cada vez que surge un esfuerzo exitoso por crear una comunidad de trabajo y pensamiento, es urgente celebrarlo, construirle una reserva natural y también registrar cómo le hace, qué necesita, cuáles son sus proyectos. Y por eso es que me fui a entrevistar al colectivo teatral Eutheria, cuyo trabajo es, como ellos mismos señalan, inspirador “en el sentido original de la palabra, de respirar y saber tomar paz con el mundo”, pero también en el sentido de devolvernos la confianza en establecer vínculos con los demás porque así como es conflictivo tratar de llegar a acuerdos, también es sumamente satisfactorio poder ver que los pasos en conjunto pesan distinto, más entrañablemente.

Eutheria, cuyo nombre tiene su origen en la clasificación que se da a los mamíferos y tiene que ver con la búsqueda de sentido desde lo más instintivo y con la conciencia distinta que da la vida en manada, está conformado por: Jorge Viñas, Héctor Sandoval, Carolina Berrocal, Nareni Gamboa, Yael Carranza, Luis Ángel Gómez y Jesús Giles, todos ellos egresados del Colegio de Literatura Dramática y Teatro de la UNAM, y yo todavía conservo la muy agradable sensación que me dejó haber conocido su proyecto de viva voz, puesto que todos ellos son jóvenes sumamente brillantes y talentosos.

colectivo

Un viaje de todos

El colectivo surgió hace aproximadamente tres años y medio con una obra titulada Martes líquido… corazón en la que participaban Yael y Jesús, pero que al final fue uniendo orgánicamente al resto de los integrantes. Y después de participar en un seminario en el que revisaron la obra de Antón Chéjov, comenzaron a desarrollar un proyecto en el que se narra la historia de un grupo de personas que mientras queman libros para calentarse, encuentran una cita que presuntamente es del dramaturgo y narrador ruso, y eso les resulta tan significativo que deciden iniciar una búsqueda que los lleva hasta el otro lado del mundo.

El título de esta obra en construcción es Vine a Rusia porque me dijeron que acá vivía un tal Antón Chéjov y ya con el objetivo claro de lograr la puesta en escena, respondieron a convocatorias para conseguir apoyos que resultó en ser beneficiarios de una incubadora de proyectos; sin embargo, los recursos necesarios para montar una obra de teatro de alta calidad son monumentales en todos los sentidos, y por ello es que hay muchos otros esfuerzos trabajando por parte de este colectivo: desde vender comida y conseguir alianzas, hasta organizar un exitoso curso de improvisación con el actor Ricardo Esquerra y por supuesto, abrir la convocatoria al público en general en la plataforma Fondeadora, sobre la que Luis Ángel, director de la compañía, explica:

“Queremos decir a la gente que se puede sumar al viaje y que esa ayuda tendrá recompensas propias de esa plataforma que es muy padre porque es un intercambio: los que apoyan reciben cosas que hacen que se acerquen más al proceso y eso a nosotros nos termina ayudando a poder realizar el producto artístico con una mayor calidad. Ese dinero se invierte en trabajo y nos da la posibilidad de seguir trabajando. La invitación es que si les parece interesante pueden sumarse y nosotros estaríamos encantados de que se sumen al viaje y al grupo hasta donde se pueda, hasta donde decidan ayudarnos”.

Y agrega Jorge: “Nosotros creemos en el teatro como comunidad, en que al final esta experiencia colectiva no sólo es para nosotros: queremos incluir a la gente, que esté con nosotros en este viaje, que comparta esa experiencia, se identifique y por un momento permita que lo de afuera no importe tanto como lo que vamos a vivir juntos. Y por lo menos a mí me recuerda a cada momento que el teatro no se hace solo, ni siquiera nosotros solos como colectivo. Necesitamos de los demás, y tal vez ésa sea la mejor manera de recordarle al mundo: la mejor manera es hacer juntos”.

El fondeo, que ofrece diversos esquemas de apoyo y atractivas recompensas, puede realizarse aquí.

Compañías elegidas

Formar un colectivo, y mucho más cuando involucra a siete personas, es suficiente motivo para buscar los testimonios que den fe de que sí es posible. A pregunta expresa de qué es lo que aporta en lo grupal y en lo individual ser parte de Eutheria, los puntos de vista son distintos pero terminan dando una perspectiva muy enriquecedora, como todo lo que se hace en equipo. Yael, por ejemplo, comenta: “Saberte parte de un grupo abre la posibilidad de autogestionar. A mí eso me motiva para pensar en formas distintas de convivencia, no nada más en el teatro sino en la vida, y me da esperanza en que sí hay cosas más grandes de lo que a veces uno piensa. Eso lo siento porque estoy acompañada y creo que a mí en lo particular lo que me ha dado es humildad, una herramienta poderosa que como creador no se te puede olvidar nunca. Porque la vida es fuerte y te puede tumbar en cualquier momento, entonces la humildad es lo que te puede hacer estar presente para ti y para el otro”.

Jorge, por su parte, habla de cómo manejar el fracaso: “Mucho de lo que ahora me resuena es dejar que el error pase y aprender de eso. Como todos, hemos fracasado en muchas cosas y de ahí también aprendemos a aceptar las ideas, a decir que sí, no negar al otro, no juzgar, no desaprobar: a veces uno necesita recordar cosas que supone que tiene muy arraigadas. Juntar voluntades siempre va a ser una explosión, pero tenemos que encabalgar una energía a una sola cosa y ése es el reto”. Y en este mismo sentido, aporta Luis Ángel: “Uno tiene un ideal de cómo debe ser un trabajo, y de repente sucede que te frustra no poder llegar a la idea que detone todo, que sea la más original, que haga que todo el mundo se embelese. Pero creo que es importante el momento en que logramos conectar con una necesidad personal y reconocer que no sólo me pasa a mí sino que le pasa a nuestra generación: hay unas grandes ganas de ir a comerse el mundo y al mismo tiempo un terrible miedo de no saber cómo hacerlo”.

Y es cierto que es una época difícil para ser joven con proyectos, por eso es que todos ellos coinciden en que hacerlo en conjunto es una forma de resistencia, como lo dice Héctor: “Vivimos en un mundo donde hay muchas presiones para que uno se desempeñe de manera individual, pero al mismo tiempo hay muchas condiciones para que eso no suceda; entonces creo que hacer comunidad es la clave para seguir, continuar, estar en la vida y con las cosas. Y necesitas hacerlo con el otro, y llega un momento en el que uno se da cuenta de que tiene que, como con los músculos, romper para que empiece a crecer y abrir los canales de comunicación”. Y agrega Jesús: “Es importante cuando logras que un nombre individual no sea el que represente sino el que está representado, y así es nuestro colectivo. Entonces es importante que en un mundo tan visual, en un mundo en el que ya no se sale de la pantalla, necesitamos formarnos una imagen clara y ésa creo que también es nuestra apuesta: calidad en nuestro proceso y en nuestra puesta en escena”.

Al respecto, apunta Carolina: “Últimamente he valorado mucho lo que hemos hecho durante estos últimos años de estar trabajando, esos caminos que hemos seguido en que hemos hecho contacto con gente que no esperábamos. Para mí son muy valiosas esas alianzas y esas búsquedas que han sido difíciles, porque nos hemos topado con que es nuestro primer enfrentamiento con el mundo real: te encuentras con lo que pensabas que funcionaba y que no era así, o lo que no creías que fuera a funcionar y funcionó mejor que otras cosas”. Y Nareni, por su parte, reflexiona sobre cómo la identidad se resignifica al ser parte de algo más grande que uno mismo: “Otra cosa es conocerse a través de trabajar con los demás, me parece muy valioso porque al final creo que nos va a hacer crecer muchísimo no sólo como colectivo, sino también individualmente. Y hay que trabajar mucho con la idea del fracaso, porque el miedo no debe verse como lo que se interpone en tu camino, sino como lo que te acompaña a pesar de todo y aun así haces las cosas, como cuando te lanzas de la montaña rusa”.

Montaña rusa

El work in progress de Vine a Rusia porque me dijeron que acá vivía un tal Antón Chéjov promete bastante, y es una maravilla que podamos acceder a él de mano de sus creadores. Todos están tan involucrados y comprometidos, que se entiende perfectamente cuando platican cómo el ir trabajando desde el texto hasta el montaje les ha dado un sentido de pertenencia distinto, pues cada uno reconoce algo de sí mismo en este proceso de colaboración, que no ha estado exento de conflicto pero que hasta en eso representa una experiencia enriquecedora, reconoce Yael: “No es fácil salir a quebrarte en el mundo o salir a explotar, no encuentras los espacios y por eso a veces uno vive en una neurosis completa todo el tiempo, porque no encuentras con quién abrirlo, con quién sacarlo, pero cuando lo encuentras te cambia el universo”. Y Carolina da la clave de cómo es que se pueden sobreponer a estos momento de tensión: “Lo que nos alimenta en este tipo de quiebres es el trabajo, ver que ya está tomando forma, y sobre todo saber que Vine a Rusia… es nuestra prueba de fuego: eso es lo más motivante”.

No es casualidad que en esta travesía los acompañe justamente Antón Chéjov, pues como Héctor señala: “Chéjov es un gran estudioso de la condición humana, de cómo no siempre somos personas de grandes hazañas o de grandes retos; al contrario, la mayor parte del tiempo vivimos acoplándonos y siendo funcionales con lo que nos duele de la vida. Nuestra obra toca ese tema, cómo aun en un mundo que se puede pensar de puertas cerradas, uno tiene que buscar abrirlas. Es una lucha y es el reto de estar en la vida, y lo relaciono con nuestro proceso: hay dificultades pero hay formas de buscar apoyo como Fondeadora y afortunadamente ahí estamos, llegando a la comunidad y teniendo medios para compartir nuestro trabajo. Queremos resonar así, con Chéjov, con el optimismo de que hay manera de encontrarle sentido a todas las cosas”. Y termina Yael: “Ésas son nuestras hazañas: hacer teatro, y tal vez no cambiemos todo el mundo, pero estamos cambiando nosotros y eso puede hacer que después cambie más mundo”. Y eso, bien visto, no es una cosa para nada pequeña.

Sumémonos, pues, al viaje de Eutheria: un viaje esencialmente honesto y comprometido que tiene un espacio para todos nosotros.

eutheria

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