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Las mejores lecturas de 2016

La dificultad para configurar una lista de los mejores libros publicados en 2016 radica en los criterios que el lector ha de emplear para discernir, ante el influjo de la novedad, qué considera valioso y qué no. Por ende, la pregunta que planteamos a nuestros amigos y colaboradores fue: ¿Cuáles fueron los mejores libros que leíste durante el año?

Ángel Gilberto Adame: Historia mínima del neoliberalismo, de Fernando Escalante Gonzalbo; Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño; y Los idilios salvajes: Ensayos sobre la vida de Octavio Paz 3, de Guillermo Sheridan. Estupendos los tres.

Alberto Chimal (Escritor mexicano): Jerusalem, de Alan Moore: el último estertor de la novela total del siglo XX. Una narración fatalista sobre la Historia que no se cuenta –la de los pobres–, la experiencia cotidiana que se toca con lo trascendente y la apropiación del arte más allá de las élites (el idioma compuesto de “Finnegans Wake” se convierte en el habla de Los Ángeles).

Christopher Domínguez Michael (Crítico literario mexicano): Historia mínima del neoliberalismo, de Fernando Escalante Gonzalbo, El puño invisible, de Carlos Grandes y El volcán y el sosiego, la biografía de Gonzalo Rojas que escribió Fabienne Bradu. Los Sertones, de Euclides da Cunha, fue quizás el que más me impresionó, pues no conocía al autor.

Evodio Escalante (Crítico literario mexicano): Había mucha neblina o humo o no sé qué, de Cristina Rivera Garza, libro pasmoso y original, pero también muy autocomplaciente.

Oscar E. Gastélum: Salafi-Jihadism: The History of an Idea, de Shiraz Maher: Un libro fascinante y exhaustivo que traza la evolución del extremismo islámico con erudición y elegancia. Una obra indispensable para entender la más ominosa de las amenazas que enfrenta el mundo moderno. Últimos testigos, de Svetlana Alexievich: La Premio Nobel bielorrusa nos transporta a la convulsa Rusia postsoviética y nos sumerge en la martirizada y humillada psique colectiva de su pueblo, exponiendo con implacable pero afectuosa crudeza la frustración y desesperanza que hizo posible el ascenso de Vladimir Putin.

El ruido del tiempo, de Julian Barnes: Una auténtica obra maestra en la que el gran autor británico explora los límites de la integridad y las relaciones entre el arte y el poder, a través de la martirizada existencia de un genio originalísimo como Dimitri Shostakóvich y la tortura espiritual a la que lo sometió durante décadas el totalitarismo soviético.

Barbarian Days: A Surfing Life, de William Finnegan: La poética plasticidad del surf y el aura de deslumbrante belleza y heroísmo romántico que rodea a quienes lo practican siempre me ha fascinado, pero esta embriagante autobiografía (ganadora del Pulitzer), a la vez épica y profundamente íntima, me reveló, ¿tardíamente?, mi verdadera vocación.

Mención especial: The Invention of Russia de Arkady Ostrovsky y Nothing is True and Everything is Possible de Peter Pomerantsev, dos documentos invaluables que narran y analizan el ascenso y la consolidación en el poder de la cleptocracia putinista. Desgracia histórica que guarda perturbadoras semejanzas con lo que atestiguamos este año en EEUU. Si los contrapesos de la democracia norteamericana siguen fallando y el trumpismo logra enquistarse en sus entrañas, este par de libros podrían ser una deprimente ventana al futuro de Occidente.

Rodrigo García Galindo: Gratitud, de Oliver Sacks: Leí este libro en la primera mañana del año 2016, mientras la ciudad aún dormía la fiesta del año nuevo. Recomiendo leer este libro el primer día de cada año para recordar hacia donde debemos apuntar nuestras prioridades espirituales en el nuevo ciclo solar.

Los interesantes, de Meg Wolitzer: Una novela en toda la extensión clásica de la palabra. Una gran historia acerca de qué sucede cuando se cotejan los sueños y la arrogancia de la juventud con la vida real. Puesto de otra manera: un libro que habla de lo que la vida le hace a nuestros sueños.

Porfirio Díaz, su vida y su tiempo. La Guerra, 1850-1867, de Carlos Tello Díaz: Un libro fundamental sobre un personaje fundamental. La biografía que estaba esperando el propio Porfirio Díaz.

La muerte del padre, Mi lucha, Libro 1, de Karl Ove Knausgaard: El Proyecto de Knausgaard es un ejercicio fascinante de escribir acerca de las minucias de uno mismo. Leer el libro es comprender que todos tenemos algo que contar, que hay una historia de la mejor literatura en cada uno de nosotros por más insignificante que pensemos nuestra vida.

Destiny and Power: The American Odyssey of George Herbert Walker Bush, de Jon Meacham: El Presidente George H.W. Bush es quizá el último republicano, un espécimen que casi no existe más en el Grand Old Party, un hombre que entendió y ejerció el poder con decencia y una profunda empatía. Un gran libro sobre la sociedad y la política estadounidense del siglo XX.

Había mucha neblina o humo o no sé qué, de Cristina Rivera Garza: Otra forma de leer a Rulfo, caminar por donde caminó, tomar nuevas fotografías de los paisajes que el fotografío, escribir sobre sus líneas, pensarlo desde su mundo. Asomarnos a la carta de amor que Cristina Rivera Garza le escribió a Juan Rulfo.

Fernando García Ramírez (Crítico literario): Escritos esenciales, de Etty Hillesum. Me impresionó vivamente, me conmovió en lo más hondo. Etty Hillesum, judía, es enviada a un campo de concentración. Ahí se niega a pagar con mal el mal que a ella y a su familia le provocan sus guardianes. Su propuesta radical es amar incluso a sus peores enemigos, impedir que a su corazón entre el mal. A todos sirve con generosidad y diligencia en el campo, a los suyos y a los nazis. Una existencia en el límite.

Julián Herbert (Escritor mexicano): El asesinato de Paulina Lee, de Hugo Valdez y Lecciones de cine, una serie de entrevistas a cargo de Laurent Tirard.

Bruno H. Piché (Crítico literario mexicano): Buena pregunta y gracias por ella, es un buen ejercicio; leí varios sin los cuales 2016 no habría sido 2016, cero novedades: Fundamentos de la vía media, de Nagarjuna; La vida amarga, de Josep Pla; Ahí está mi casa, de Hans Keilson; Dormir al sol, de Adolfo Bioy Casares; Epicuro, de don Carlos García Gual; Los libros y la libertad, de Emilio Lledó; El pentateuco de Isaac, de Angel Wagenstein; y Castigar a los pobres. El gobierno neoliberal de la inseguridad social, de Loic Wacquant.

Julio Hubard (Escritor mexicano): Como vivo de mi oficio de quiropráctico, soy un pésimo lector de novedades. Eso, y que me estoy volviendo viejito.

Tengo ya dos semanas interrumpida la lectura de Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano. No es la primera vez que me meto en esa salvajada de obra, pero nunca lo había leído como ahora: desde el principio hasta el final (espero). Gibbon es una de mis admiraciones patológicas.

Y lo junté con S.P.Q.R., de Mary Beard. Resultó una cruza afortunada. La obra de Gibbon es gigante, pero pocas veces me ha sucedido que un historiador se transforme en mi narrador favorito. Gibbon llega hasta el siglo XV, Beard termina con los emperadores. Apenas se cruzan en unos años, pero, como dicen los que saben de vinos (yo no sé) resultó un estupendo maridaje.

Eduardo Huchín Sosa (Escritor mexicano): El destino del artista, de Eddie Campbell y Fun Home: Una familia tragicómica, de Alison Bechdel, porque son dos obras autobiográficas poco convencionales (por principio de cuentas, son cómics), además de que exploran los modos en que vida y obra se contaminan mutuamente. (Si puedo añadir alguno más diría que el ensayo Música de mierda, de Carl Wilson, porque muestra a un crítico poniendo a prueba sus propios prejuicios a fin de entender el arte que no le gusta).

Daniel Krauze (Escritor mexicano): Todo arrasado, todo quemado, de Wells Tower, es la mejor colección de cuentos que he leído en años. Slade House, de David Mitchell. Extra Lives, de Tom Bissell. Y, sobre todo, Entre los vándalos, de Bill Buford, para entender el Brexit (en serio).

Gerardo Laveaga (Escritor mexicano): Keynes vs Hayek. El choque que definió la economía moderna, de Nicholas Wapshott, porque mezcla la erudición con un estilo ágil y muy ameno.

Alejandra Eme Vázquez: El grito de Antígona, de Judith Butler, realmente abre una alternativa a posicionarse frente al sistema y me cambió absolutamente el filtro. Teoría King Kong, de Virginie Despentes, es brillantísima y reveladora, me voló la cabeza y me terminó de asentar montón de cosas; no podía dejarlo, literalmente.

La primavera del mars, de José Antonio Sánchez Cetina, es una novela impresionante porque aborda para los jóvenes un tema espinosísimo como las drogas pero qué barbaridad el punto de vista que elige: nada moralino, explosivo, agudo, una chingonería.

El uso de la palabra, de Rosario Castellanos, bueno, es que no hay palabra que sobre ni falte en esos ensayos. Ella me llevó a La condición obrera, de Simone Weil, que todavía no termino pero es una literatura de la experiencia que jamás habría creído que existía y ya la amo.

Y bueno, ahora que revisité a Elena Garro todo me reencantó pero me enamoré a primera vista del teatro, que nunca lo había leído y me fascinó lo poderoso que es, qué impresión cómo crea universos increíbles y los hace implotar.

Isaí Moreno (Escritor mexicano): En camino De Santiago, de Patricia Laurent Kullick; e Intimidad, de Hanif Kureishi.

Rodolfo Naró (Poeta mexicano): Mi mejor libro de 2016 es Sabines. Apuntes biográficos, de Pilar Jiménez Trejo. Escrito en primera persona, el mismo Sabines nos cuenta su vida, cómo concibió cada uno de sus libros, sus miedos y derrotas. Sus “apuntes biográficos” tienen la misma sencillez y profundidad de sus versos. Es un mapa de emociones. Leerlo es hacer un pacto de sangre con Sabines.

Carlos Olivares Baró (Escritor y periodista cultural cubano): me quedo con la novela Si me vieras con tus ojos, de Carlos Franz, que ganó el premio Vargas Llosa. También con El volcán y el sosiego,  la biografía de Gonzalo Rojas de Fabienne Bradu, que es un librazo.

Antonio Ortuño (Escritor mexicano): Los Antimodernos, de Antoine Compagnon. SPQR, de Mary Beard. Árboles de largo invierno, de Luis Muñoz Oliveira. Un diccionario sin palabras, de Jesús Ramírez-Bermúdez. La caída de cobra, de J.M. Tomasena. Los primeros cuatro, ensayos muy inteligentes sobre diferentes temas de mi interés (letras, historia, ética, la mente humana) y la última es una novela muy poderosa.

Arturo Pérez Reverte (Escritor español): Los años sabandijas, de Xavier Velasco.

Elena Poniatowska (Escritora mexicana): Mi libro favorito de este año fue El hombre que amaba a los perros, de Leonardo Padura. Me pareció extraordinariamente bien construido, investigado, escrito con soltura y sin ninguna complacencia. Esta excelente novela sitúa a Padura, que antes había escrito textos más bien tipo libro de detective, como un excelente autor latinoamericano, uno de los mejores, a la altura de Carlos Fuentes, Guillermo Cabrera Infante y Alejo Carpentier. Leer El hombre que amaba a los perros es aprender no sólo cómo escribir sino historia, literatura y poesía. Es una enorme felicidad haberlo leído a pesar del tema frío y difícil.

Patricio Prón (Escritor argentino): Creo que fueron tres: Manual para mujeres de la limpieza, de Lucia Berlin; El peregrino, de J.A. Baker; y La muerte de mi hermano Abel, de Gregor von Rezzori.

Sergio Ramírez (Escritor nicaragüense): Estoy releyendo Los miserables, de Victor Hugo, y estoy dándome a mí mismo una cátedra al analizar la estructura de la obra.

Luis Reséndiz (Ensayista mexicano): se me ocurren al menos dos, ninguno del 2016: Teoría King Kong, de Virginie Despentes, por su condición de ensayo punk, cáustico, capaz de desmontar los machismos más arraigados; y De animales a hombres, de Yuval Noah Harari, por su inteligencia tan filosa y de largo alcance.  Si me dejan elegir tres, añadiría Mal de escuela, de Daniel Pennac, un ensayo que, como ningún otro que yo haya leído, captura la frustración del profesor que fue un pésimo alumno.

Cristina Rivera Garza (Escritora mexicana): Stoner, de John Williams: una novela que fue publicada hace ya tiempo y que ha sido “rescatada” para el presente. De lenguaje directo y estructura aparentemente simple, la novela ofrece una exploración emocional del personaje a la vez cuidadosa y cruel. Ayuda a entender la mentalidad de esa clase media cuyos orígenes son el mundo rural del medio oeste norteamericano.

Un diccionario sin palabras, de Jesús Ramírez-Bermúdez: una estupenda pieza de escritura clínica que contrapone los casos de afasia de dos mujeres disímiles. Al humanizar el padecimiento y la relación entre el paciente y el médico, el libro ofrece una visión de un país y momento tenso con desigualdades de género, raza y clase. Este neurocientífico es un escritor que es un neurocientífico.

Antonio Rivero Taravillo (Escritor español): Patria, de Fernando Aramburu. Aquí mi opinión.

Karla Iberia Sánchez (Periodista mexicana): Farándula, de Marta Sanz; y White Trash, de Nancy Isenberg, un ensayo sobre la lucha de clases en Estados Unidos.

Ignacio Sánchez Prado (Crítico literario mexicano): Tierra Roja, de Pedro Ángel Palou; Nuestro mundo muerto, de Liliana Colanzi; Había mucha neblina o humo o no sé qué, de Cristina Rivera Garza;  Los afectos, de Rodrigo Hasbún; y Miguel de Cervantes: los años en Argel, de Isabel Soler. Todo notabilísimo.

Javier Tello Díaz (Periodista mexicano): Un espía entre amigos: la gran traición de Kim Philby, de Ben Macintyre; me divirtió muchísimo.

Deniss Villalobos: Stoner, de John Williams: En Stoner no pasa mucho. Un hombre va a la universidad, crece, da clases por muchos años y muere. William no ganó ningún premio en especial, no fue el profesor más querido entre sus alumnos y no murió en un accidente aparatoso. Pero su historia causa remolinos dentro del lector, pues es la historia de alguien que amó la literatura por encima de todo, un hombre que vivió intensamente dentro de sí mismo mientras dejaba que el mundo avanzara sin formar parte de él. Un hombre sin igual y como muchos al mismo tiempo.

Mendel el de los libros, de Stefan Zweig: Una historia triste que en lugar de apachurrar mi corazón me hizo sentir calidez. Tan cortita que apenas dura una taza de café, pero Viena, los libros y Mendel permanecen se instalan en tu memoria para siempre. Uno de esos libros que te hacen correr a la librería porque necesitas más de ese autor.

Lunática, de Martha Riva Palacio: Este libro habla sobre la imaginación y la tristeza; sobre preguntas y descubrimientos dolorosos; sobre vivir en tu cabeza y sobre la naturaleza; sobre ser fuerte y sonreír con media luna en la cara, pero en especial sobre aullar y estar vivo. Sin duda el libro para niños (y niños interiores) más bonito que leí este año.

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