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Las leyes de la coherencia

Por Alejandra Eme Vázquez:

Por cada sí existe un no,

por cada contra hay un pro:

es lo que al mundo da sabor. 

Merlín

Sí, también yo he me he autoproclamado varias veces árbitra de la coherencia ajena, y no de servidores públicos sino de semejantes cuya posición no les obliga a rendirme cuentas de nada, y he logrado incluso que más de un alguien se sienta apenado por mis señalamientos hacia las contradicciones, para mí más que evidentes, entre lo que ha dicho y lo que ha hecho. Esas varias veces me he sentido orgullosa de “desenmascarar” a personas tan volubles, tan poco merecedoras de escucha, tan oportunistas, tan indignas de ostentar un discurso que no pueden venerar al pie de la letra porque se sabe que los discursos no pueden salirse nunca de su molde aunque nunca hayamos visto ese molde. Y porque es increíble la de inconsistencias que se encuentran cuando uno quiere verlas. Ahí están, casi podría decirse que esperando por nuestro ojo despiadado y claro está, siempre que las detectemos vamos a jaquear al acusado en cuestión: al parecer, el chip de la humanidad está ergonómicamente diseñado para no poder ver a cabalidad las propias incoherencias. Lo sabemos, por supuesto, cuando nos toca a nosotros estar en el banquillo.

¿De qué nos estamos poniendo a salvo o de qué estamos protegiendo al mundo cuando fiscalizamos implacablemente a los otros? ¿Cómo llegamos a consumir tanta energía en acechar hasta encontrar justo el momento de debilidad, el defecto, el punto difuso, la te-rri-ble-con-tra-dic-ción? Terrible, porque si se ve sólo desde los extremos es imposible entender cómo una persona cualquiera puede irse del sí al no sin despeinarse ni un poco, aunque la verdad es que detrás del fingido asombro nos guardamos la certeza de que el salto no es tan dramático y de que no estamos viendo los múltiples matices del asunto. Porque lo sabemos antes, durante y después de señalar con dedo acusador a quien no logra pasar una pequeña o gran prueba de consistencia que le imponemos, pero la certeza se diluye en una estructura que nos ha educado para ver solamente dos caras de la moneda. O se es o no se es. O estás conmigo o estás contra mí. O todo o nada. Los puntos medios son de cobardes. La renuencia a tomar partido es de pusilánimes. Los matices no son contundentes. Todo es oposición: los significados, las personalidades, los géneros, los números, los afectos: todo agrupado en bandos predeterminados y ni cómo librarse. Estamos hechos para ser enemigos sobre bases que niegan, de origen, su armonía. Si el amor no es posible, si la belleza no es posible, si la paz no es posible, basta con mirar las raíces para entender que sus conceptos están sembrados sobre un campo de minas.

Por eso es que en realidad, si hasta Alicia tiene a Wonderland y hasta las matemáticas tuvieron que proponer una lógica difusa para todo aquello que no puede resolverse con fórmulas dicotómicas, al habitar este mundo hemos tenido que acostumbrarnos a pasar por alto muchísimos puntos de fuga de la tan anhelada y abanderada coherencia. Nuestros amigos, nuestras parejas, nuestros cariños tienen deslices pero son justificados porque errar es de humanos y que tire la piedra el que esté libre de pecado. En cambio, bienvenida la inclemencia cuando se trata de juzgar la rectitud de quienes previamente se han encargado de sernos antipáticos o de incomodarnos a tal punto, que deseamos dejarles de apreciar. La mejor manera de echar en reversa un afecto positivo es subrayar los desperfectos de aquello que ya no queremos querer, cambiar el filtro para que lo que antes era permisible deje de serlo inmediatamente. Así, y sólo así, podemos llegar a la conclusión de que ni era para tanto y de que cómo pudimos fijarnos en aquello, valorar esto otro, encariñarnos con lo de más allá, ¿estábamos ciegos o locos o mensos o qué? Y fundamentamos el desprecio o desamor en la falta ajena, tal vez porque sólo así podemos solventar cualquier conflicto cuya ramificación nos rebasa y que muy probablemente de otro modo nos dejaría “mal” parados ante nuestros propios ojos.

No diría jamás que estoy en contra de la coherencia y de su imperio, tan sólo porque la gran contradicción de la crítica al binarismo es que corre el riesgo de terminar siendo binaria en sí misma y entonces se nos vienen abajo dos terceras partes del argumento. Lo que sé es que en nombre de lo consecuente se han cometido tantos actos reparadores como vergonzosos y que no viene mal tenerlo en cuenta, por cualquier cosa. Sé también que, al menos en este universo, hay mucho de placentero en buscar estar de acuerdo con uno mismo porque nada se equipara al alivio de poder explicarnos cuando estamos a solas (lo que nos resuelve bastante esa presión de ser indisociables a quienes somos en vida) y dar cuenta de nosotros mismos con esa narrativa propia que conocemos como nadie; ésa, cuyos puntos más entrañables serán irremediablemente descalificados por quienes se erijan en nuestros jueces, que siempre los habrá así como nosotros seguiremos pasando por nuestros filtros elegidos lo que nos parezca imperdonable, sin concesiones. Es decir que somos la suma de todos nuestros matices, lo que sea que eso signifique para cada perspectiva posible, y que ante un panorama que es tantos panoramas al mismo tiempo, bien vale darnos permiso de calzarnos una coherencia a la medida mientras haya caminos, múltiples y entrecruzados, en los que podamos transitarla bajo la luz de la autonomía y de las simpatías que milagrosamente logremos conservar.

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