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Las formas de la violencia

Por Alejandra Eme Vázquez:

Andrea Noel y Gaby Castillo son dos mujeres que vivieron lamentables episodios de violencia sexual la semana pasada. Andrea fue atacada mientras caminaba en la calle: un hombre corrió hacia ella y en un rápido movimiento bajó su ropa interior y se dio a la fuga; ella cayó al piso al perder el equilibrio y tuvo que recuperarse para buscar ayuda en los edificios cercanos hasta que consiguió el video de su agresión en la cámara de seguridad de un edificio cercano y enseguida compartió su historia en redes sociales, que se viralizó de inmediato y la puso en un foco de atención que se volvió en su contra. Gabriela fue atacada en el cine: llevó a su hija a ver una película y un hombre sentado junto a ellas comenzó a masturbarse; pidió auxilio y consiguió que se retuviera al agresor, pero las autoridades del cine y de la policía no supieron reaccionar y el hombre se libró de la sanción que le correspondía.

La denuncia ante las autoridades fue hecha en ambos casos con resultados poco satisfactorios, lo que pone en evidencia que tenemos un largo camino que recorrer para que se encuentren cauces eficientes en estos casos. Y aunque la denuncia en redes sociales ha probado ser efectiva para crear perspectiva de comunidad y además permite abrir espacios de solidaridad y discusión indispensables, cuando Andrea y Gabriela compartieron sus desagradables experiencias surgió un nuevo problema: las respuestas no se hicieron esperar y por supuesto que entre ellas había muestras de afecto y solidaridad, pero también aparecieron pronto las burlas, las agresiones desde cuentas anónimas y las descalificaciones en forma de consejos o correcciones de plana. Llegó un punto en el que un medio digital de comunicación llamado La silla rota publicó un texto en el que cuestiona irresponsablemente cada punto del caso de Andrea, hasta hacer parecer que todo ha sido un montaje para lucrar con su labor de periodista; mientras que Gabriela recibió algunos comentarios en redes sociales que también ponían en duda su testimonio, como si hubiera que convencer a jueces quisquillosos.

Cada caso de violencia sexual debe ser nombrado. Y si hemos creado redes personales y virtuales, poner en palabras lo que nos ha sucedido lo vuelve un asunto de comunidad y es muy distinto a enfrentarlo en soledad. Cuando somos violentadas, se vuelve indispensable recuperar los lazos con el mundo y recordar que esa violencia no es todo lo que existe, porque por un momento parece que lo es. Por eso las redes, incluso las virtuales, sirven también para sostenernos. Denunciar en estas comunidades es un gran paso: por un lado, genera un espacio para la identificación y la solidaridad; y por otro, conserva el carácter de individualidad necesario para entender las dimensiones de la violencia sexual. Es decir, sabemos que hay millones de mujeres violentadas todos los días y nos abruman los números cuando lo pensamos como totalidad, pero es preciso recordar que cada una de esas mujeres representa una ruptura de confianza con los otros y no podemos caer en privilegiar la estadística por sobre la experiencia, que en cada caso es única y deja sus propias huellas.

“Las mujeres” no andamos por la vida pensándonos a nosotras mismas en términos genéricos, sino individuales. Cuando alguien irrumpe para gritar un piropo, tocar deliberadamente, exhibir sus genitales o cualquier otra forma de abuso, recuerda abruptamente las etiquetas en las que estamos metidas y todos los riesgos que eso significa en términos de sociedad; en cualquier contexto, hay un grado de violencia si esto sucede. La reacción ante esas irrupciones puede ser distinta en cada caso, claro, eso no está a discusión. Habrá quien se ría, quien lo disfrute, quien se moleste, quien lo ignore, quien salga corriendo, quien enmudezca, quien se ponga a llorar: depende de tantos factores, que querer encerrarlos en una sola categoría es necio y absurdo. De eso a creer que es obligación de las víctimas reaccionar de un modo que complazca a la mayoría hay una distancia abismal.

Descalificar a quien ha sido objeto de violencia sexual, en cualquiera de sus formas, es una práctica pavorosamente común, comenzando por los hubieras que nunca faltan en respuesta cuando alguien comparte su experiencia: “te hubieras quedado a denunciar”, “hubieras gritado”, “no hubieras reaccionado violentamente”, “no hubieras salido sola / de noche / vestida así”, “te hubieras fijado bien en su rostro”, “te hubieras cambiado de acera”… Comentarios de esta clase, y peores, tuvieron que soportar Andrea y Gabriela desde la vulnerabilidad de haber visto amenazados sus lazos con el mundo, y no puede ser. No puede ser que haya quien crea que existe un modo correcto de comportarse después de ser acosadas o atacadas, como si hubiera que actuar según un manual. No puede ser que no nos demos cuenta de que al descalificar de esta manera a quien ha sido violentado, sólo porque no nos gustan sus formas, le estamos haciendo el juego a un sistema que insiste en estandarizarlo todo y dejar sin oportunidades a quien no se ajuste a los criterios impuestos arbitrariamente para el comportamiento en general. No podemos permitirnos añadir ese lujo de violencia sobre la violencia.

Confirmamos, cada día, que no se ha superado el peligro inminente al que se expone cualquier mujer en los espacios públicos porque sigue habiendo agresores, cada día. Mientras ese riesgo no desaparezca, es imperativo que se aprovechen todos los foros y todas las ocasiones para poner en palabras cada experiencia, que nunca es mínima; y cada temor, que nunca es infundado. Todavía no logramos entender ni prevenir los móviles de la agresión, que también son mecanismos complejos, pero sí podemos solidarizarnos y atender la voz de quienes han sido agredidos y sobre todo, está en nuestras manos evitar criminalizar a quien ha corrido con el infortunio de ser víctima de esta dinámica voraz. No estamos ayudando cuando ponemos todo en duda, ni cuando establecemos puntos de comparación con casos “más” o “menos” graves. Ayuda escuchar, leer, acompañar, abrazar si es posible con cuerpo y con palabras, proponer, pensar en conjunto e incluso reflexionar en silencio, pero no sumarnos de ninguna forma a la actitud de victimarios.

Una persona que ha sido violentada no necesita sospechas, regaños ni sobreprotección, sino tener espacios para organizar su experiencia en un lenguaje que le permita acceder a ella desde otros puntos de vista para asimilarla y darse cuenta de que la agresión no tuvo que ver con cómo iba vestida ni a qué hora caminaba, sino con una estructura social que le ha fallado. Precisamente por eso es tan importante que los episodios de violencia sexual sean compartidos, porque alteran la relación con el propio cuerpo y es muy difícil tomar distancia de ellos; verbalizarlos y visibilizarlos son las únicas maneras de volverlos manejables para quien los vive y para quienes le rodean. Así que asumirse jueces calificadores de la gravedad o relevancia de cada caso es tan innecesario como injusto, y también lo es censurar o descalificar las maneras que cada quien encuentra para reaccionar. Lo esencial es que detrás de cada denuncia, en cualquier medio, hay alguien que necesita recuperarse y busca hacerlo en comunidad, porque no hay otra forma. No nos convirtamos en policías de las reacciones cuando lo urgente es estar atentos, exigir cambios en el sistema fallido y proteger la  propia sensibilidad, tan amenazada en esta nuestra época. Reconocer que cada individuo nos importa. Saber que contar con los otros sí hace la diferencia.

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