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Las estrellas brillan

Por Deniss Villalobos:

Para llegar a la playa solo había que atravesar una calle. El hotel está en una zona privada y por la noche el único ruido que se escucha fuera es el de las pláticas de los grillos. Salía de la habitación a las nueve o diez y siempre me tomaba por sorpresa el cambio en el clima, pasar de la fresca sensación que se sentía en la habitación a la humedad de los pasillos, a la sal que se comenzaba a pegar a mi cuerpo desde que atravesaba el puente que conectaba la parte trasera del hotel con los jardines principales y la piscina. Me gustaba caminar lento, en especial en el puente. Sentía las piedras con las que estaba hecho a pesar de llevar tenis y constantemente me caía, cualquier tipo de suelo que no sea plano es un peligro para la gente como yo.

Cuando llegaba a la recepción sonreía a las señoritas que estaban en sus sillas, con sus camisas blancas y sus caras amables. A veces me sentaba un rato en la sala, otras solo seguía caminando, volteaba varias veces para ver las luces del restaurante mientras atravesaba la calle. Había muchas palmeras a lo largo de la avenida, y también mucha oscuridad, era como si además de ese hotel no hubiera ninguna otra cosa alrededor. Del otro lado podía ver un módulo en el que de día una persona entrega toallas a los huéspedes. Pasaba junto a otra piscina y luego llegaba a unas escaleras que bajaban hacia la playa para, por fin, sentir la arena en los pies y escuchar las olas.

Después de un rato de estar sentada frente al mar, me acercaba, sin tenis, a la orilla. Es lo que más amo de la playa, esas cosquillas que se sienten cuando una ola se lleva la arena bajo tus pies. Caminaba un poco de un lado a otro, y cuando me sentía muy aventurera daba algunos pasos hacia dentro, pero el miedo irracional a que un tiburón me mordiera los pies me hacía volver antes de que el agua llegara a mis rodillas. Me sentaba en la orilla y veía al frente. Había agua, una luna redonda y pequeña rodeada de estrellas que reflejaban su luz en las olas. Esa era mi parte preferida; podía ver desde la seguridad de la tierra varias de mis cosas favoritas: el mar nocturno, la luna moviéndose en el agua y las estrellas. Tantas estrellas.

Hice lo mismo durante años, pues solo cuando no hay sol soy capaz de salir de un cuarto de hotel durante el verano, hasta que tuve edad para decir “no, vayan ustedes, yo me quedo”. Me parecía que las cosas nunca cambiaban en ese hotel; ni las camas blancas, ni la tienda con sus computadoras lentas, tampoco las sonrientes recepcionistas, ni el puente con las piedras que se sienten a través de los zapatos y menos la humedad de los pasillos. En varias ocasiones nos encontramos a los mismos huéspedes; mi papá se hizo amigo de un japonés y había un grupo de niñas que siempre querían hablar conmigo y a las que les parecía muy extraño que yo no fuera alumna del mismo colegio privado al que ellas iban en la Ciudad de México.

Hace un año regresé. Casi todo seguía igual, como si ese hotel fuera una fotografía de algo que pasó hace mucho tiempo, pero el mar y las estrellas, aunque siguen ahí, me parecieron totalmente distintos. El reflejo de la luna todavía bailaba sobre la superficie del agua, el viento seguía moviéndome el pelo y el océano, negro y misterioso, continuó invitándome a saludarlo con los pies. Y las estrellas, todas las estrellas brillaban como si me recordaran y estuvieran contentas de verme. Fue entonces cuando noté que, aunque parezca que todo sigue igual, que estoy atrapada corriendo en círculos, he cambiado. Que la tristeza cada vez es más ligera y que las sonrisas son cada vez más sinceras.

Que las estrellas brillan. Y es grandioso.

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