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La vida de las hormigas

Por Deniss Villalobos:

Ella era incompetente. Incompetente para la vida. Le faltaba la maña para darse maña. Sólo vagamente tenía conocimiento de la especie de ausencia que tenía de sí en si misma. Si fuese una criatura que se expresase diría: el mundo está fuera de mí, yo estoy fuera de mí.

Clarice Lispector, La hora de la estrella

Cuando era niña mi mejor amiga y yo jugábamos en un terreno que su papá tenía en la esquina de la calle donde vivíamos. Pasábamos tardes enteras corriendo de un lado a otro, inventando palabras que escribíamos en la tierra con una vara y, mientras yo hacía cualquier otra cosa, mi amiga observaba hormigas. Prestaba mucha más atención que yo: se imaginaba la vida de cada hormiga, les ponía un nombre, armaba familias y le otorgaba a cada una un pedazo de historia inventada. Creo que, de alguna manera, ella les daba vida y que les prestara tanta atención era la razón por la que las hormigas de aquel baldío existían. A mí me daban más bien igual y me irritaba que la mirada de mi amiga estuviera sobre ellas en lugar de jugar conmigo.

En eso pensé el otro día cuando, camino a la escuela, leí La hora de la estrella, el último libro que Clarice Lispector publicó antes de morir y que en cien páginas cuenta la historia de Macabea, una muchacha con la existencia del tamaño de una hormiga, una estrella pequeñísima que si alguna vez brilló, nunca nadie, excepto el narrador, se detuvo a observar. Macabea no recuerda a sus padres, creció con una tía a la que le gustaba castigarla dejándola sin postre (dulce de guayaba, que era la única alegría en el mundo de la muchacha) y cuando se mudó a Río de Janeiro consiguió un trabajo como mecanógrafa en el que nunca fue buena y del que pronto sería despedida.

Este libro cuenta una historia conocida. La historia de una chica de provincia que llega a la ciudad, de una muchacha pobre para la que la vida no tiene nada excepto tragedias. Pero Clarice le pone atención a esa vida-hormiga y, a través de un narrador que se gana la vida escribiendo (narrador que tiene un papel casi tan importante como el de la chica, pues si ella sufría por no saber nada de la vida, el narrador sufre por saber demasiado), nos cuenta cada detalle sobre los últimos dos años en la vida de Macabea: el lugar en el que vive, las cosas que aprende escuchando un programa de radio, la única canción que la ha hecho llorar, el placer de un café frío cada noche, la acidez de la mañana, el marchito cuerpo que posee y el diente de oro que reluce en la sonrisa de su primer novio.

Este libro es una fotografía, dice Clarice. Y lo que podemos ver es su pájaro herido, uno que nunca voló y quizá nunca supo que tenía alas. Tal vez es también la imagen de una hormiga que, con el peso de una hoja sobre ella, nunca supo que las patas le servían para moverse y librarse de ella. La narración va de lo crudo y gris a la luminosidad de la comedia, y las reflexiones en torno al pan dulce o a Dios son igual de importantes para conocer a esa muchacha que, al final de su vida, se imaginaba que ésta cambiaría por completo. La hora de la estrella es una fotografía hecha de letras.

Y después de leer esta novela creo que hace falta gente que observe. Hace falta que, como hacía mi amiga con las hormigas de nuestra infancia, alguien preste atención. El mundo que ignoró a Macabea me recuerda a mí yo de diez años, demasiado ocupada para darle mi tiempo a seres pequeños que, por montones, inundaban un mundo que realmente no era mío pero en el que yo las consideraba invasoras. No se trata de salvar, las vidas minúsculas no necesitan que alguien las rescate (no podemos estar seguros de que nuestra propia existencia no sea una de ellas), pero lo justo es que no desaparezcan sin que nadie las haya notado.

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