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La Verduguería

Por Alejandra Eme Vázquez:

Primero desapareció un pantalón. Así tan de repente, que me tardé en notar su ausencia porque cuando recogí mi ropa estaba toda ordenada impecablemente, como si nada hubiera pasado. Cuando al fin lo extrañé comencé a buscarlo por todos lados pero nada, ni rastro suyo, pero cómo era posible. Seguro la culpa había sido mía. Pero luego pasó lo mismo con una bolsa de tela que uso (usaba) para cargar mis compras y tiempo después, con una blusa. Era demasiado, no podía ser ni un error mío ni una mera coincidencia: me encontraba ante un clásico caso de robo a tendederos.

Como el índice delictivo era completamente inédito en los años que llevo viviendo aquí, sospeché inmediatamente de las dos nuevas vecinas; en mi edificio de pocos departamentos con pocas habitantes, rápidamente nos identificamos las mañas. Pero nunca pude comprobarles nada y por el contrario, comencé a ver con horror como además de los crímenes anteriores iban desapareciendo mis productos de lavandería, que siempre había dejado en la azotea un poco por comodidad y otro poco por descuido. Robo hormiga y a veces ni tan hormiga: de pronto mi envase de jabón tenía solo la mitad, el suavizante se había terminado completamente y una vez, desaparecieron mis pinzas. Por si quedaba alguna duda, las pruebas volvían a gritar que había en mi edificio una amante de lo ajeno. “Una”, así en femenino, porque no hay hombres que vivan en esta comunidad otrora armoniosa.

Yo seguí dejando mis cosas en el mismo lugar, un poco para ver si cazaba a la culpable y otro poco por el morbo de comprobar lo que ya se sabe, pero los otros no saben que sabemos. Y siguió pasando, por supuesto, cada vez más y con más confianza de parte de una ladrona-hormiga que seguramente pensaba o que era yo una completa distraída o una completa idiota. Hasta que llegó el momento de la revancha.

Un día que yo necesitaba con urgencia lavar mi ropa, había olvidado el asunto de los robos y subí a la azotea para poner en acción mi lavadora: cuál no sería mi sorpresa al ver que ya no tenía detergente líquido, ni suavizante. Ni siquiera me di tiempo de enfurecerme. Bajé a mi casa, tomé dinero, cambié mis chanclas por tenis, bajé las escaleras, abrí la puerta del edificio y salí, con dirección a la tienda. Compré dos bolsas de detergente líquido, un jabón de barra y un suavizante. Regresé al edificio, abrí la puerta, subí las escaleras y entré a mi casa: corté por el extremo una de las bolsas de detergente líquido y como si lo tuviera todo planeado, puse sobre la mesa cloro, insecticida y aceite.

Comencé a seguir la receta que mi mente me ordenaba de no sé dónde, con toda calma y paso por paso. Puedo decir que lo disfruté. Vacié la bolsa de jabón hasta que quedó a la mitad y le agregué tres cuartos de botella de cloro, casi media botella de aceite y como diez rociadas de insecticida. Pronto me emocioné y traje conmigo las salsas de habanero y soya, sal, le agregué el café que sobraba en la cafetera, un poco de vinagre y hasta restos del guisado que había comido el día anterior. Pensé incluso que me podía haber aprendido el hechizo de la Celestina o de las brujas de Macbeth para darle más emoción, pero me conformé con terminar el preparado y subirlo al lugar de siempre, con una sonrisa que hubiera podido enmarcar de haberla visto.

Una semana después subí a lavar, y la bolsa de detergente especial ya había sido vaciada. Me dio un vuelco el corazón: estaba hecho. De inmediato empecé a pensar coartadas por si la responsable se atrevía siquiera a reclamarme, porque en mi imaginario era capaz de todo la muy sinvergüenza. Y claro, yo le diría que ése era un preparado especial para lavar algo y podría voltearle la acusación para hacerla confesar y ganar el caso. Quizá hasta sabría el paradero de mis prendas caídas en batalla. Tenía todas las de ganar y mis respuestas estaban cargadas de antemano del lado de la razón, porque claro, yo era la víctima y no la victimaria.

Me gustaría decir que confío plenamente en el karma y que he visto casos que sólo pueden explicarse de esa manera. Quisiera argumentar que hay una convicción bien formada en mí respecto a que cada quien emite una cierta vibra que atrae ciertas consecuencias, generalmente consideradas adecuadas o coherentes a sus comportamientos. Pero por mucho que este caso de asalto en despoblado tuviera todos los ingredientes para una moraleja de aquéllas, no hubo manera de que así fuera, no esta vez. A menos, desde luego, que sea yo quien esté pagando un karma anterior con mi déficit de prendas y artículos de lavandería.

Esperé una, dos, tres semanas, hasta que me olvidé del asunto. Otro día por descuido dejé mi detergente líquido en la azotea y, ay, volvió a suceder: cuando fui por él, ya no había nada. Repetí la venganza, maldición de bruja incluida. Se repitió la historia. Mi ladrona usaba el detergente hackeado y no daba ni signos de arrepentimiento, preocupación o alteración. Lo volví a olvidar pero no por mucho tiempo: la curiosidad se me había alborotado y hace una semana, compré una bolsa de detergente exclusivamente para ponerla de anzuelo. Ocurrió lo mismo de las otras veces, con exactitud pasmosa. A este paso, podría terminar contratando un detective privado o poniendo una cámara en la azotea, pero lo cierto es que lo único que he aprendido es a perderle apego a todo lo que pueda caber en el rubro mis cosas. Porque en algún momento decidí desechar la alternativa de encerrar todo bajo llave y aunque seguramente me volverá a pasar que olvide o deje algo en el desamparo del territorio común, desconfiar no me representa una opción legítima. No aquí, no ahora.

Quizá inventé sin querer el detergente más poderoso de la historia y nunca las prendas de la criminal se habían visto tan deslumbrantes. Quizá ni se da cuenta de que su ropa huele a aceite o a chile habanero. Quizá le gusta que el insecticida sobre la tela tenga efecto repelente. Quizá soy víctima de un retorcido juego psicológico y estoy a punto de sucumbir a la locura. Quizá soy sonámbula y cometo los delitos mientras duermo, incluido deshacerme del menjurje que me he preparado a mí misma. No lo sé. Sólo sé que por más que me esforcé, no pude contar una historia donde los buenos vencen a los malos. Y ya ni le quiero pensar más, porque en una de ésas llego a la conclusión de que ni me molesta compartir el detergente y que quién sabe, tal vez los incidentes del tendedero sean el primer síntoma de que en este edificio se ha cumplido la utopía anticapitalista de abolir la propiedad privada. Aunque sea la mía.

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