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La verdad histórica

Por Frank Lozano

La triste historia de subida

 

Si existe algo que está lleno de mentiras, mitos y leyendas es la historia. En México, la historia se reduce a la nostalgia sumaria de hechos. Los libros de historia suelen ser una suerte de baúles atiborrados de nombres y fechas debidamente ordenados cronológicamente.

Los espacios públicos de cada ciudad, son una especie de galería teratológica en la que, estatuas, bustos y todo tipo de monumentos, compiten por la atención de las palomas.

En el sistema educativo nacional, aprender historia es volverse un autómata que recita efemérides, no un ciudadano. La identidad se fomenta a golpe de repeticiones bajo un enfoque romántico y maniqueo.

En el panteón de los héroes mexicanos, cohabitan villanos con ladrones y traidores. A veces, pareciera que la muerte es el cernedor único que determina la trascendencia de alguien.

En nuestro país, la historia es una construcción política, más que una construcción social. Más que un proceso crítico de formación de identidad, es un proceso acrítico de formación de masas. Más que ciudadanos, crea clientelas. Más que ideas, produce pasmo. Más que capacidad de diferenciación respecto a otras culturas, produce fobias y resentimientos.

No obstante, conforme avanza el tiempo se mueve la historia. Esta aparente paradoja es la resultante del crecimiento cultural de un pueblo. Deja de ser un objeto inmóvil y un culto para volverse un sujeto con sentido y significado. Ya no es más lo sagrado y, aunque tampoco se convierta en lo profano, adquiere secularidad.

A mayor criterio y mayor capacidad de crítica y autocrítica, es mejor la forma en la que gestionamos nuestro pasado. De ahí que “la verdad histórica” del procurador general de la república, Jesús Murillo Karam, tendrá que pasar la aduana del tiempo, de la crítica y de la reflexión fría.

Las lecciones que nos ha dado nuestra historia no son alentadoras. Por una parte está el olvido y por la otra el desinterés. En el olvido llevamos la penitencia. México es un país en el que sus habitantes no han podido reconciliarse con su pasado. Para muestra bastan los rencores derivados de la conquista, nuestro eterno resentimiento con Estados Unidos y un complejo de inferioridad que no se nos quitará hasta que ganemos un mundial de fútbol.

Lo sucedido la noche del 26 de Septiembre en el municipio de Iguala, va a formar parte de las heridas abiertas del México actual. Tal y como lo son Aguas Blancas, Acteal, Tlatlaya y el 68.  

Lo lamentable para el país es que estas heridas no van a sanar. Se trata de heridas sobre la herida. Se trata del dedo que se puso en la llaga. Se trata de un hecho que suma a la injusticia histórica, más injusticia. Se trata de ver cómo llovió sobre mojado. Aquí Peña Nieto y su gobierno son lo de menos. Hablamos de una porción de mexicanos que hoy tiene la claridad de que nada los ancla a su tierra más que el dolor y la exclusión.

El crimen de Ayotzinapa va a formar una generación del resentimiento y esa verdad histórica, sin duda, todos la vamos a lamentar.

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