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La soledad de los adultos

Por Nerea Barón:

En menos de 10 días cumplo treinta años y siento que en cualquier momento me va a detonar la crisis. Es raro porque no creo tener demasiadas cuentas pendientes conmigo misma, el tiempo ha sido dadivoso y me ha tratado con justicia, es sólo que a veces me da la sensación de que la vida adulta es demasiado solitaria.

Como si la adultez fuera ante todo guardarse para sí. La gente empieza a acumular secretos y las expresiones faciales se van volviendo, lentamente, más neutrales: mostrarse poco garantiza menos daño. No sólo eso: expresar demasiado habla de un carácter infantil y el drama es una rebaba adolescente que deja mal parado a quien lo ejerce. A la adultez se vino a ser supuesto saber, supuesto deber.

No conformes con guardarse de los ojos para adentro, los adultos también van guardándose cada vez más en sus casas. Son demasiados sus asuntos y deben atenderlos; su trabajo, su matrimonio, sus deudas, sus hijos. Entonces compran agendas para anotar que dentro de tres semanas y media tomarán un café –breve– con su compañero de prepa, café que al final uno de los dos cancelará.

Me recuerda esa canción que cantaba con tanto sentimiento de niña:

When I was young / I never needed anyone

And makin’ love was just for fun/ Those days are gone

Livin’ alone/ I think of all the friends I’ve known

But when I dial the telephone/ nobody’s home

Adultos cargando sobre la espalda su pequeña autosuficiencia, su prisa, su ocupación, su lugar en el mundo. Entonces un día uno sueña que se le aparece su madre muerta con cuerpo de calamar y cuando se despierta, agitado, se da cuenta de que no tiene a quién contárselo; más aún, de que no tendría por qué tener interés en contarlo. Y algo se muere dentro.

Aunque el otro día un amigo más bien lejano me escribió para ver si podía inyectarlo, aprovechando que éramos vecinos. Vino y como agradecimiento me cantó una canción con su guitalele. Me quedé pensando en toda la gente viajera que he hospedado este año, toda la gente que ha cuidado a mi perra y a las que les he dado llaves de mi casa, toda la gente en quien confío y con quienes construyo cotidianidad.

Con suerte uno puede seguir eligiendo su vida.

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