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La risa al final del túnel

Por Alejandra Eme Vázquez:

«la bruja golosa amarilla y flaca

con su ji ji ji

y su je je je

y su ja ja jaula»

Tomás Segovia, Anagnórisis

«Que me haga reír» es uno de los puntos infaltables cuando se trata de hacer listas para nuestra pareja ideal y en general para la compañía que preferimos, para el contenido que elegimos, para la circunstancia que atravesamos. Agradecemos la risa, válvula de escape de músculo y mente, aunque a veces sea tan fácil que se acerque peligrosamente al automatismo. Porque ya con ganas, todo puede causarnos desde discretas sonrisas hasta explosivas carcajadas; todo, sin excepción, puede conectarse con los referentes que se nos han presentado (¿impuesto?) como alternativas a la seriedad que se exige para estar «a la altura» de una frágil realidad que apenas puede contener sus propias grietas. Porque basta salirnos un poquito de la estructura para ver claramente que nada hay en lo humano que no sea inventado y que estamos siempre en situación de pez fuera del agua, como aquellas que los comediantes se encargan de explotar hasta el hartazgo o la genialidad.

Se fuga Joaquín «El Chapo» Guzmán por segunda vez de un penal que presume ser de máxima seguridad. La primera vez huyó escondido en un carrito de lavandería; ahora, atravesando un túnel de kilómetro y medio cavado en no sabemos cuánto tiempo y con no sabemos cuáles herramientas que usaban no sabemos cuántos. Sabemos, en cambio, que el túnel «contaba con iluminación y ventilación»; pero resulta que mientras fue construido, nadie lo notó hasta que Guzmán fue a ducharse y desapareció frente a las narices de los, digámosles por decirles de algún modo, «guardianes». El acto y todos sus recovecos nos recuerdan, simultáneamente, dos cosas: que estamos en un país de corrupción y que estamos en un país de chistes. Entonces, las primeras reacciones oscilan entre la indignación y la carcajada.

Y no es contradicción: aunque parezcan enemigos, la verdad es que el sentido común y el del humor son hermanos siameses. De la existencia de uno depende el otro, porque mientras el sentido común registra lo que un colectivo conviene normal, el sentido del humor es la contracorriente necesaria para que la comunidad no vulnere la preciada individualidad: la risa es uno de nuestros actos más íntimos y en más de un sentido, es también es una elección de postura frente al mundo. Qué recordatorio hay más preciado de estar vivos que una carcajada, ya sea puesta en la voz o en un párrafo de Ibargüengoitia, vista en un sketch de Monty Python, escuchada en un monólogo de Cantinflas o viralizada en un meme que muestra la expresión más torpe de un presidente que no por hacernos reír deja de hacernos rabiar. Probablemente por eso se llama sentido del humor, no porque dé significado sino dirección a todos los demás.

Sí, nos reímos del Chapo. A los dos minutos de su escape ya circulaban memes y chistes que muy probablemente se sincronizaron con la alegría que debe haber dado a este hombre poner en evidencia la ineptitud de tantos. Sí, nos carcajeamos con, contra, a pesar del Chapo, sin detenernos a pensar si estamos trivializando o desenfocando el punto importante porque la risa, pública o privada, llega ya sin aviso, quizá incluso programada por ese poder hegemónico que sabe que no resistiremos hacer un chiste y de ahí nos iremos, como hilo de media. Y de ahí nos vamos, cada quien con su mueca. A veces risa de mera cosquilla, desganada y automática; a veces risa de hiena, punzante y dolorosa; a veces risa conciliadora, la que nos salva del impulso regañador y del totalitarismo para permitirnos conectar de distinta manera con lo que está fuera de nosotros.

¿Cómo vamos a aprender de estas risas si no las dejamos salir, si no las escuchamos de otros y a partir de ellas convenimos, antes que juzgarlas? Si el sentido del humor es hermano siamés del sentido común y hace falta cultivar uno para que el otro florezca, entonces es en este diálogo donde podemos detonar mecanismos que nos impidan alejarnos unos de otros y acartonarnos. Nadie quiere terminar como el político que ha entregado hasta la sonrisa a un guion ajeno y poco estimulante; o como el censor que se cree con derecho a decir cuándo, dónde y de qué deben los demás reírse. Como si eso fuera posible, como si pudiera yo detenerme a pensar si esto que me hace desternillarme te parece a ti correcto, estúpido o grotesco. Lo que sí puedo es aprender a conectarme con tu punto de vista y disfrutar contigo una risa inteligente, edificar un humor que sea también resistencia; pero eso no se logra con censura.

Muy probablemente se logre invirtiéndole al humor, lo que significaría dejarnos ser, escucharnos para darnos la oportunidad reconocer nuestros propios referentes, lo que es decir también nuestros propios límites. Qué nos provoca la euforia y qué nos parece absolutamente fuera de lugar; cómo reaccionamos ante un humor distinto al nuestro y qué podemos hacer para que no nos afecte negativamente. Y no hay de otra más que darnos cuenta de que necesitamos lo ajeno para afirmar lo propio. «No hay de otra» si aceptamos por un momento esta hipótesis: que si el sentido del humor nos da ruta individual, de ahí puede surgir también el sentido que más honestamente nos sea común: no el que nos impongan ni el que nos resigne, sino uno que nos (re)construya. No es una hipótesis tan descabellada si consideramos que la asombrosa ingeniería del pensamiento humano lo ha diseñado capaz de fugarse hasta de sí mismo, en túneles ventilados e iluminados que salen a distintos sitios de este mundo tan absurdo, fuente inagotable de risa. Nuestra pareja ideal.

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