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La rebelión de las tinieblas

Por Oscar E. Gastélum:

“Even from the abyss of horror in which we try to feel our way today, half-blind, our hearts distraught and shattered, I look up again and again to the ancient constellations that shone on my childhood, comforting myself with the inherited confidence that, some day, this relapse will appear only an interval in the eternal rhythm of progress onward and upward.”

Stefan Zweig, The World of Yesterday

“Everybody knows the war is over

Everybody knows the good guys lost

Everybody knows the fight was fixed

The poor stay poor, the rich get rich.”

Leonard Cohen

“The electoral college is a disaster for a democracy.”

Donald Trump, 2012

A una semana del insólito ascenso de un demagogo fascista a la presidencia de EEUU, acontecimiento tan catastrófico que podría marcar el principio del fin de la civilización occidental como la conocemos, quisiera hablar de un hecho que se menciona poco pero que me parece importantísimo: Hillary Clinton ganó el voto popular y lo hizo con una amplísima ventaja. Y es que cuando finalmente acabe el lentísimo conteo de los votos en los estados de la costa oeste, la ex Secretaria de Estado terminará superando cómodamente a Trump por más de DOS MILLONES de sufragios. Sí, gracias a la existencia del decrépito y nocivo “Colegio Electoral”, el “ganador” de esta elección recibió DOS MILLONES de votos menos que la candidata “derrotada”. Ya sé que esas son las arcaicas reglas del juego y que Hillary las aceptó tácitamente al participar en la contienda y al aceptar su “derrota”, pero eso no significa que no podamos denunciar una vez más la profunda y absurda injusticia de un sistema capaz de adulterar de manera tan descarada la auténtica voz de la ciudadanía.

Lo más paradójico y trágico del asunto, es que dicho sistema fue diseñado por los lúcidos padres fundadores de la nación, y el Colegio Electoral no fue un capricho descabellado, sino que fue creado para fungir como un candado institucional capaz de salvaguardar la presidencia e impedir el ascenso de un demagogo atrabiliario apoyado por la credulidad de las masas. Nada más y nada menos. Así pues, el arrogante pero perspicaz razonamiento con el que los fundadores justificaron la creación del “Colegio Electoral” podría resumirse más o menos así: “La principal amenaza para nuestra República es el surgimiento de un charlatán autoritario capaz de seducir, manipular y convencer a las masas ignorantes de que le entreguen el poder democráticamente. Es por eso que debemos formar un consejo de notables que representen a cada uno de los estados y tengan la responsabilidad de vigilar el voto popular y el deber de proteger al pueblo de sí mismo y del carisma de potenciales tiranos.”

Sí, detrás de ese argumento hay mucha condescendencia y un temor inocultable a los votantes, pero también mucho colmillo histórico. El problema para nosotros en esta delicada y desdichada coyuntura es que la esencia original del Colegio Electoral, elitista y antipática pero a pesar de todo razonable, se desvirtuó hace mucho tiempo, pues en los hechos dejó de ser un consejo de notables capaz de echar atrás una mala decisión de las mayorías para transformarse en un comité pasivo y ornamental, que se limita a asignar ciegamente los votos que le corresponden a cada estado. Votos arbitrarios y capaces de pervertir la voluntad popular a favor de quien sea, y que en este caso terminaron ungiendo a uno de esos peligrosos y destructivos demagogos a los que tanto le temían los fundadores. Es por eso que si la democracia norteamericana llegara a salir viva de la tenebrosa era que se aproxima, debe deshacerse de inmediato de ese estorbo que ha profundizado su debilidad y anquilosamiento, y que en esta ocasión puso a la república y a la constitución en peligro mortal.

Pero a pesar de lo desalentador e indignante que puede resultar este monstruoso, aunque “legal”, robo electoral, el hecho de que Hillary Clinton haya obtenido MILLONES de votos más que Trump debe ser un bálsamo para las fuerzas de la democracia y la decencia en esta hora infausta, pues nos permite encontrar consuelo y motivación en el hecho de que la inmensa mayoría de los norteamericanos rechazaron el fascismo racista encarnado por Trump (a los votos a favor de Hillary sumémosle decenas de millones de abstenciones y otro par de millones de los necios que votaron por partidos marginales e irrelevantes). Desde luego que no deja de ser preocupante y desolador que sesenta millones de personas hayan decidido confiarle el destino de la humanidad a una botarga ridícula y cruel que sustentó su campaña en el odio, el miedo y la ignorancia. Sí, algunos son pobres diablos desesperados, ingenuos e ignorantes, que se dejaron contagiar por el meme del cambio radical e irresponsable.

Pero muchos otros (MUCHOS, hay estadísticas que lo demuestran, no se deje engañar por análisis frívolos y complacientes) lo hicieron porque ellos mismos son racistas y misóginos ignorantes y despreciables, perdedores resentidos que añoran los buenos tiempos en que el hombre blanco era todopoderoso, y los negros, los mexicanos, las mujeres y los homosexuales aceptaban sin chistar su condición de seres inferiores. Trogloditas nostálgicos que sueñan con acabar con esa civilización ilustrada, plural y liberal a la que tanto detestan. No es casual que un billonario petulante que habita su propio rascacielos y vive entre paredes forradas de oro y mármoles preciosos pueda despotricar contra las “élites” frente a esta gentuza deplorable sin quedar en ridículo. Pues la élite a la que Trump y su turba detestan no está conformada por los bandidos de Wall Street u otros archibillonarios tramposos como el propio Trump, sino por intelectuales, economistas, periodistas, artistas y científicos de clase media. Su odio es contra la aristocracia del espíritu, no contra la plutocracia que los ha hundido en la miseria. Pues su revolución es reaccionaria, oscurantista y antiintelectual. Una auténtica rebelión de las tinieblas.

Pero volvamos a quienes rechazaron esa involución, pues además de que es reconfortante saber que la aplastante mayoría del pueblo norteamericano no se dejó seducir por las promesas huecas y la venenosa retórica de un bufón desalmado, el hecho de que Hillary haya ganado tan contundentemente el voto popular significa que Trump y la pandilla de maleantes inescrupulosos y corruptos que lo rodean no tienen un mandato claro para ejecutar su radical y destructiva agenda, y tanto la sociedad civil como los medios de comunicación honorables que quedan deben recordárselo constantemente. La mayoría de los ciudadanos norteamericanos votó en contra de deportar a más de diez millones de personas que trabajan y pagan sus impuestos honorablemente, aportándole mucho más al país que les ofreció una vida digna, que el evasor fiscal billonario que prometió perseguirlos. En contra de destruir el ambiente y heredarle un páramo yermo a las generaciones futuras cancelando el Acuerdo de París y desmantelando la Agencia de Protección Ambiental. En contra de traicionar a los aliados históricos de EEUU y los valores más sagrados de Occidente tejiendo una alianza fascista y antidemocrática con un personaje vil e irredimible como Vladimir Putin.

También votaron en contra de devastar la economía global incumpliendo con la deuda externa, o declarándole una guerra comercial a China. Y fueron lo suficientemente sensatos, y esencialmente decentes, como para no confiarle los códigos nucleares a un depredador sexual misógino y patán, a  un demente que, en más de una ocasión, instigó a sus seguidores a asesinar a Hillary Clinton, a un mitómano patológico que, según cálculos de Politifact, miente el 75% de las veces que abre la boca (en contraste, solo el 27% de las declaraciones de Hillary contenía mentiras o inexactitudes y en el caso de Bernie Sanders el 28%). Es en manos de esos millones de ciudadanos norteamericanos que rechazaron a Trump que está el futuro del mundo. Y es que el bochornoso hecho de que un simio fascista haya logrado colarse a la oficina oval demostró que la democracia norteamericana está muy enferma. Sí, el “Colegio Electoral” es una reliquia contraproducente, pero muchas otras instituciones indispensables para el buen funcionamiento democrático (el caso de los medios de comunicación es particularmente preocupante) demostraron estar completamente podridas y ser incapaces de cumplir con su deber en una crisis.

Sólo lo mejor de EEUU puede hacerle frente a lo peor de ese entrañable y complejo país, impidiendo que lo que queda de la República desaparezca por completo y apoyando desde dentro a la resistencia internacional que deberá enfrentarse al eje fascista global que Trump y Putin planean impulsar y fortalecer (mucho ojo con las elecciones en Francia el año que entra). Es obvio que no se puede esperar mucho de un congreso controlado por el pusilánime Partido Republicano, ni de unos medios masivos que ya han empezado a trabajar en la normalización y legitimación del mal. Sólo la sociedad civil norteamericana organizada y apoyada por los representantes que aún le quedan en posiciones de poder y por los pocos medios de comunicación que aún cumplen con su deber informativo serán capaces de limitar el daño. Pero de una cosa podemos estar seguros, y debemos afrontarlo con aplomo: Nos esperan tiempos muy difíciles y nuestra cultura no saldrá indemne de esta catástrofe. En el mejor de los casos, la presidencia de Trump acarreará un retroceso civilizatorio de un par de generaciones, en el peor, el fin de la civilización occidental y de la democracia moderna.

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