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La primera impresión no es la que cuenta

Por Deniss Villalobos:

Hoy estuve pensando en un amigo al que tiene un par de años que no veo. Su nombre es Fernando, un señor inteligentísimo al que conocí cuando ambos trabajábamos en una librería. Aunque es una persona fantástica, era muy difícil que la gente se acercara a él, y confieso que cuando lo conocí me daba un poco de miedo, pues su carácter y expresión daban a entender que siempre estaba enojado y que no quería que nadie le dirigiera la palabra.

Decidí poner más atención en él, ver más allá del ceño fruncido y atreverme a comprobar si realmente no le agradaba ningún ser vivo o si solo era una persona muy seria y reservada. Con el tiempo, Fernando y yo, a pesar de la enorme diferencia de edad, nos hicimos muy buenos amigos. Compartíamos opiniones sobre nuestras lecturas y varias veces, al salir de trabajar, fuimos a comprar un helado y caminábamos juntos hasta llegar al metro. Esos momentos son importantes para mí, y siempre los voy a recordar con mucho cariño. Aprendí muchas cosas gracias a él, pero la enseñanza de más valor que me dejó Fernando es ésta: la primera impresión no es la que cuenta.

Pienso en todas las personas que están solas ahora mismo porque la primera vez que las vimos no nos parecieron muy amistosas o interesantes. El vecino que no saluda a nadie, la señora que vive con diez gatos y parece no estar interesada en los humanos, el niño del salón al que nadie le habla porque está obsesionado con la astronomía o el chico de lentes que es un poco presumido por siempre sacar buenas notas. Todos tenemos malos momentos, todos hemos estado de mal humor y tenemos problemas. Todos somos, en algún momento, presumidos u hostiles; hay miles de razones para no estar siempre con una sonrisa en la boca y la mano estirada para dársela a todos los que vayamos conociendo. Ser amable es importante, pero no serlo en algún momento no significa que seamos las peores personas del mundo.

El amigo del que hablé al principio me regaló una vez un gran libro: Los cretinos, de Roald Dahl. En él, una pareja horripilante vive haciéndose las cosas más terribles, y en sus páginas hay una gran lección que todos deberíamos aprender: si una persona tiene malos pensamientos, y continúa teniéndolos cada día, cada semana, durante mucho tiempo, entonces se volverá una persona fea. Su rostro nos resultará difícil de mirar, pero no por sus atributos físicos, sino porque tener malos sentimientos durante mucho tiempo harán que el resto del mundo note que no son buenas personas. En cambio, si una persona tiene buenos pensamientos, a pesar de los inevitables malos días, siempre lucirán bellos. No importa una nariz torcida o un ojo bizco, serán personas agradables de ver porque piensan y sienten cosas buenas.

Yo no he olvidado esas palabras, así que las aplico también a las personas que no me dieron una buena primera impresión. Intento una vez más. Me permito saber si la persona a la que saludé ayer al entrar al salón, y que no respondió, es en verdad mal educada o solo no estaba de humor. Intento ver los rostros varias veces, poner atención. Porque en un mal día podemos lucir de la forma en la que describe Dahl cuando tenemos malos pensamientos: estamos cansados, aburridos de todo, enojados con alguien o con nosotros mismos. Pero quizá, al día siguiente, o en una semana, o en un mes, las cosas hayan mejorado, y podamos ofrecer una duodécima impresión que valga la pena.

Yareli, una amiga, decía el otro día que hay personas que son un tesoro por desenterrar. ¿No de niños soñábamos con ser piratas? Ahí están todas esas personas a las que no les hemos dado la oportunidad de, si así lo desean, mostrarnos lo que atesoran en su interior. Seguramente nosotros mismos hemos dado una mala primera impresión, y desearíamos poder demostrar que solo era un mal día, que nos equivocamos, que las cosas cambian y que tenemos muchas cosas para compartir. No seamos unos cretinos, ni teniendo malos pensamientos constantemente ni rechazando por completo a quienes nos dieron una mala impresión la primera vez que los vimos: hay que dar segundas y terceras y quintas oportunidades, porque algún día nosotros también vamos a necesitar que alguien haga lo mismo por nosotros. 

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